La toalla de 'Alcarràs' es de Las Pepitas
Las Pepitas acumula montañas de ropa y accesorios de todo tipo, épocas y estilos
De aquí cincuenta o cien años, si un figurinista o responsable de vestuario de una película necesita vestir a los actores como la gente se vestía en 2026, lo más probable es que tenga un problema serio. Bea Castelló lo tiene clarísimo: “Hoy nadie guarda la ropa. Casi todo es de mala calidad y de un solo uso. Es extraño que alguien se ponga la ropa que llevaba dos temporadas atrás”. Esto antes no era así. Sabe de qué habla. Su negocio, Las Pepitas, que heredó de su madre, lleva muchos años dando servicio en un terreno tan fascinante como es la ropa. La de vestir y la de la casa.
En su local de Gràcia casi no cabe. Montañas de ropa de todo tipo y estrechos pasillos por donde transitar. La Bea sabe dónde está todo. Sabe qué tiene y qué no tiene. Sabe qué puede ofrecer, qué épocas, qué estilos, qué tallas. Un archivador dentro de su cabeza. Hoy tiene la visita de una directora de teatro de Mallorca que busca vestuario para los actores del montaje que está preparando. Nos enseña la toalla blanca con manchas de colores que le alquilaron para Alcarràs y también una de las Maletas de Tulse-Luper del film de Peter Greenaway. Todo lo que tiene es ropa de calidad que mucha gente ha ido guardando en su casa –de aquí la diferencia con nuestros días– y que Las Pepitas han ido adquiriendo, inventariando y guardando.
Manteles, sábanas, cortinas, todo tipo de ropa del hogar, colchas, todo tipo de vestidos de hombre, mujer, niño, niña, bebé, ropa de bautizo y primera comunión, complementos de moda, sombreros, cinturones, monederos, gafas, botones, bisutería, tules, pañuelos, hilos, encajes... Desde el siglo XIX hasta los años noventa, un abanico temporal muy amplio que abarca tendencias, modas, tradiciones y todo tipo de imaginario tangible e intangible.
El iniciador del negocio fue su abuelo, Juan Sánchez, especialista en restauración de muebles y barnizado de pianos. También en cerámica antigua. Proveniente de Caravaca de la Cruz, a los catorce años ya estaba en Barcelona buscándose la vida. También supo cultivar una buena afición por el textil, pasión que le transmitió a su hija, Pepita Sánchez, la madre de Bea. Ella fue quien, en los años ochenta, decidió abrir una tienda en la calle Alfons XII, para dar cabida y salida a la ropa y las antigüedades que tanto llenaban su vida. Y Bea, desde muy pequeña, ya se sintió cautivada por una profesión tan magnética, tan adictiva. “Enseguida me gustó eso de ir a las casas y encontrar ropa antigua para darle una nueva vida”. A los quince años ya estaba metida de lleno.
No solo tienen ropa sino que dispone de una amplia selección de objetos del hogar, desde perfumería, peluquería, ocio, revistas, cristalería y ajuar diverso. La clientela de Las Pepitas —así les quedó el nombre de su madre como nombre genérico y entrañable del negocio— no son solo el cine y el teatro. También aquel cliente particular que desea vestir de una manera especial, con personalidad, con mirada vintage. “En Londres, por ejemplo, nos llevan mucha ventaja. Hace muchos años que allí hay gente a la que le gusta ir vestida de los años 40, 50 o 60”, reflexiona Bea. Aquí, en cambio, nos movemos más por modas, por una especie de postureo, porque toca. “Aquí bebemos mucho vino, ¿verdad?”, “Sí”, “¿Y conoces mucha gente que beba el vino con una copa antigua que suene como esta?”. Y me hace la demostración del driiiiing. “Pues ya está, con eso está todo dicho”.
En efecto, muchos no le dan importancia a beber el vino en un vaso de Ikea, uno de plástico, o una copa como Dios manda. Pues con la ropa pasa lo mismo. “Hay que saber valorar el objeto y la pieza de ropa antigua. Si lo sabes valorar seguramente le encontrarás el gusto, te gustará arreglártelo, lo disfrutarás como se merece”. La clientela extranjera, por norma general, es más fácil que lleve incorporado este sexto sentido. Es una cuestión de criterio, de buen gusto.