La vía canadiense... en la autodeterminación europea

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, en una intervención en el foro económico de Davos, Suiza.
14/02/2026
3 min

Clarity Act, aprobada por el Parlamento federal canadiense en el año 2000 y que otorgaba a Quebec una vía constitucional para la autodeterminación, fue repetidamente utilizada en el transcurso del Proceso catalán como una salida alternativa al impasse en la que nos encontrábamos. De forma similar, el discurso del primer ministro liberal canadiense, Mark Carney, en la reunión de Davos de hace un mes está abriendo una sólida vía de lo que debería ser la autodeterminación europea para independizarse del nuevo marco de desequilibrio multipolar que están estableciendo Estados Unidos y China, con la colaboración indispensable de Rusia.

En síntesis, Carney hacía a Davos un llamamiento a lo que él llama "potencias medias" –donde incluye claramente la Unión Europea con Canadá, India, América Latina, y quizás los tigres asiáticos–, a aceptar que el viejo orden internacional no volverá y que es necesario reafirmar la soberanía basándonos en resistir la abrumadora voluntad de dependencia de las grandes potencias. Propone restar fieles a nuestros principios –derechos humanos, pluralismo, paz, orden jurídico– pero con el pragmatismo de la colaboración y de acuerdos que nos hagan más fuertes y respetados.

Se trataría de poner en marcha "grandes políticas" para compensar el hecho de dejar de ser "grandes potencias", construyendo algo mejor y más justo que contrastará con la "voluntad de los fuertes" en la desaparición de las normas que conocíamos. Carney mencionaba la historia del frutero del ensayo de Václav Havel que colocaba cada mañana en su tienda el cartel "Trabajadores de todos los países, únase" para pasar desapercibido y evitar problemas con el gobierno comunista totalitario. Havel hablaba de "vivir de la mentira". El poder del régimen se basaba en actuar como si el lema fuera verdad. Cuando el frutero decide sacar el cartel, otros le siguen, la falsedad se desmorona y con ella el régimen. Ahora –sigue Carney–, debemos sacar los carteles que nos atan a un orden internacional que ya no existe.

Europa, quizás con la excepción de la respuesta a los planes americanos sobre Groenlandia, donde la postura europea –con el apoyo del secretario general de la OTAN–, fue clara y estratégicamente contundente, ha mantenido hasta ahora una desunión que ha oscilado entre la vergonzosa sumisión a Trump y un absoluto desconcierto.

Ha tenido que ser el jefe de gobierno canadiense –y no un líder europeo–, quien haga la llamada más concreta y estimulante hacia un cambio de actitud imprescindible para sobrevivir, fortalecernos y participar activamente en un nuevo orden que integre nuestros valores y puntos de vista. Una verdadera nueva vía canadiense para un resurgimiento europeo y para la autodeterminación del continente.

De hecho, la propuesta o llamada de Carney enlaza plenamente con las propuestas presentadas en los informes Letta, Draghi y Noyer, publicados en 2024, antes de la segunda toma de posesión de Trump, y que han sido implementadas de forma muy tímida e insuficiente. Como los firmantes de los informes europeos, Carney nos permite recordar que generar un pool recursos de inversión surgidos del abundante ahorro del continente se ha convertido en un objetivo imprescindible de autonomía estratégica.

Canadá, al contrario de Europa, dispone de un amplio superávit energético, de materiales críticos, algunos en explotación, y de unos fondos de pensiones, que generan un potencial de inversión tanto en el país como en todo el mundo y complementan la elevada capacidad financiera pública del solvente gobierno federal.

En Europa, todo está más por hacer, pero disponemos de otras ventajas, una economía muy grande aunque en cierto estancamiento, y sobre todo la fuerza potencial de los 450 millones de ciudadanos de la UE –o incluso los más de 350 millones de la Eurozona–. Los europeos disponemos de más de 10 billones de euros paralizados en cuentas y depósitos bancarios no remunerados y que podrían –al menos parcialmente, reconvertidos en inversión– relanzar la economía europea hacia la competitividad y una integración más estrecha, para situarnos en una posición de fortaleza en el nuevo orden internacional.

Europa necesita preservar su soberanía si se quiere autodeterminar, y eso requiere financiación. Sólo así, volviendo al argumento central de Carney, podremos mantener y fortalecer la llamada "capacidad de agencia". Es decir, la autonomía efectiva de decisión que implica capacidad de influencia y definición de políticas propias, sin quedar forzados a adaptarnos a las fuerzas globales que ahora serán dictadas por las grandes potencias, y no precisamente por acuerdos consensuados.

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