Estado del bienestar

¿Es sostenible el estado del bienestar?

El aumento de población y la inflación se comen el incremento de recursos para la sanidad, la educación y los servicios sociales

BarcelonaCuando era el máximo responsable de la diplomacia de la Unión Europea, Josep Borrell describió a Europa como "un jardín", en contraposición a la "jungla" que es buena parte del resto del mundo. Sobre el papel, este supuesto jardín se basa en una seguridad y capacidad de progresar económica y materialmente por parte de los ciudadanos garantizada por un estado fuerte que redistribuye la riqueza a través de los impuestos, pero sobre todo a través de servicios básicos. Es decir, el elemento diferencial del progreso europeo es el llamado estado del bienestar.

Pese a las buenas palabras de Borrell, en todo el continente la viabilidad de este estado del bienestar se encuentra en entredicho, unas dudas de las que no escapan Catalunya ni España. ¿Qué futuro tiene, pues, el sistema de estado del bienestar en el que se sustenta la economía catalana y del que dependen, en mayor o menor medida, millones de personas?

La pressió fiscal a la UE
Recaptació de les administracions públiques en impostos i cotitzacions socials sobre el producte interior brut (PIB). Dades del 2024
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La despesa social a Catalunya
Despesa anual per persona en polítiques i serveis de salut, educació i drets socials de la Generalitat de Catalunya. Dades ajustades per inflació en euros del 2024
Els subsidis d’atur a Catalunya
Evolució de la prestació d’atur mitjana i el subsidi assistencial d’atur mitjà a Catalunya. Dades mensuals per beneficiari ajustades a la inflació, en euros del 2024

El modelo productivo: problema y solución

"Sin decir que el estado del bienestar esté fallido, debe intentarse que en los próximos 25 años se pueda garantizar un crecimiento económico más sostenible que el actual", asegura Josep Reyner, presidente de la comisión de economía catalana del Colegio de Economistas de Catalunya. El quórum entre los economistas catalanes y españoles es casi absoluto: si se quiere mantener o ampliar el estado del bienestar actual, es necesario un viraje en el modelo productivo.

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Actualmente, tanto Cataluña como España tienen un modelo productivo muy basado en actividades de bajo valor añadido. El caso paradigmático y que se usa a menudo de ejemplo es el turismo: sueldos bajos, mucha mano de obra, fluctuaciones de la actividad (en Navidad y verano hay mucho trabajo, en octubre o febrero, muy poco) y, en general, productividades muy bajas. Pero existen más, desde ciertos sectores del comercio minorista hasta industrias como las cárnicas, que tienen un modelo productivo similar.

En este aspecto, la productividad es el elemento en el que la mayoría de economistas ponen más énfasis. En términos sencillos, se trata de la medida de la eficiencia de la economía. Es decir, cuánto trabajo (mano de obra) y cuánto capital (maquinaria, oficinas, fábricas, etc.) son necesarios para producir bienes o servicios.

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Una economía con altos sueldos y elevadas productividades permite al estado recaudar más dinero. Sobre el papel, la presión fiscal –es decir, el ratio entre recaudación de impuestos sobre el producto interior bruto (PIB, el indicador que mide el tamaño de una economía)– en España es notablemente inferior al de otros países del entorno europeo, como Italia, Francia, Alemania o Bélgica, pero también lo es la productividad. El PIB per cápita, medida que permite comparar la productividad entre países, de Cataluña y España nunca ha alcanzado los niveles de los países más avanzados del continente.

Los economistas piden que, si se quieren mantener los niveles actuales de bienestar, es necesario que la economía dé un salto adelante en productividad y, para conseguirlo, es necesario que pierdan peso los sectores que ahora tienen más, y se potencien industrias que requieren niveles altos de inversión tanto material (por ejemplo, telecomunicaciones, telecomunicaciones firmas legales). "La viabilidad del estado del bienestar se basa en esa transformación de la economía en un tiempo corto", dice Reyner. Así, la inversión empresarial, la inversión en infraestructuras y la mejora del sistema educativo deberían ser las prioridades para mantener un estado del bienestar robusto, junto con potenciar sectores claves de alto valor añadido.

¿Se puede ser optimista? Por el momento los datos no son concluyentes, pero desde los últimos dos años la Cámara de Comercio de Barcelona está detectando un cambio de patrón productivo en Catalunya hacia mayor inversión y en el que ganan peso sectores con salarios elevados, muy exportadores y con productividades altas. "No podemos certificar aunque haya un cambio en el modelo productivo, pero hay indicios que apuntan hacia el buen camino", dijo la semana pasada el director del gabinete de estudios de la Cámara, Joan Ramon Rovira, en la presentación de su informe trimestral sobre la economía catalana.

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Un paro crónico...

Otro de los pilares del estado de bienestar es la seguridad laboral. Un elemento distintivo de Europa respecto, por ejemplo, a Estados Unidos, es que los trabajadores que pierden el trabajo tienen una ayuda estatal mucho más generosa. Ajustada a la inflación, la prestación de paro media en Catalunya es más baja ahora que hace 35 años, pero también hay menos paro.

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Pese a la caída, el paro sigue siendo muy alto (un 8% en Catalunya, por encima del 10% en España, frente al 6% en la zona euro), aunque desde 1988 hasta 2024 la población catalana había crecido en dos millones de personas, hasta los 8,15 millones, gracias esencialmente a la llegada. Este incremento de la población se debe, precisamente, al modelo productivo actual, en el que tienen mucho peso sectores intensivos en mano de obra poco cualificada y con salarios bajos: muchos sectores productivos necesitan mano de obra que encuentran en el extranjero, mientras que a la vez otras partes de la población conviven con un paro casi permanente que cronifica la tasa a niveles superiores a los de niveles superiores a los de niveles.

"El 60% de los asalariados cobra entre una y una y media el salario mínimo interprofesional", una cifra que en el caso de los trabajadores inmigrantes sube hasta el 81%, recuerda Reyner. Es decir, seis de cada diez asalariados españoles ganó en 2025 menos de 24.900 euros brutos. Si se tiene en cuenta que el salario mínimo está exento de IRPF, el hecho de que –como ha ocurrido en los últimos dos años– suba el número de afiliados a la Seguridad Social no tiene un impacto tan grande sobre las arcas públicas como se podría prever inicialmente, pero, en cambio, el incremento de la población sí tiene un impacto en el gasto público en servicios esenciales como la sanidad o la educación.

... y casi un lustro de austeridad

Ahora bien, uno de los elementos que más explican la sensación generalizada de que los servicios públicos han empeorado es la simple razón de que, entre 2011 y 2014, se recortó su gasto por parte de la gran mayoría de administraciones públicas, fruto de las políticas de austeridad aplicadas a toda la Unión Europea. Estas políticas fueron particularmente claras en los estados de la periferia europea que, como España, recibieron un rescate financiero que les supuso tener las finanzas públicas intervenidas durante buena parte de la década de 2010. Así, según datos del departamento de Economía, en 2010 el gasto en sanidad, educación y derechos sociales de 0. 5.200 millones y 2.400 millones respectivamente. En 2024, la cifra había ascendido a 16.000 millones en salud, 7.700 millones en enseñanza y 3.700 millones en derechos sociales. Es decir, subidas del 55%, 48% y 54%, respectivamente.

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Ahora bien, hay dos elementos a tener en cuenta. El primero es que, en estos 14 años, la población catalana creció en más de 586.000 habitantes y los precios subieron un 30%. Y la segunda es que, en medio de este período, dichas políticas de austeridad derrumbaron el gasto por persona durante casi cuatro años y costó otros seis años recuperar los niveles reales de gasto por persona en estos servicios esenciales.

Si se ajusta por la inflación, en 2010 el gobierno catalán destinó el equivalente en euros de 2024 a 1.802 euros por persona en sanidad, una cifra que en 2013 había caído un 20%, hasta los 1.430 euros, mientras que en el mismo periodo el gasto en servicios sociales también cayó un 33%. caso de la educación, el gasto tocó fondo un año más tarde, en el 2014, con 677 euros por habitante, un 26% por debajo de los 921 euros por persona del 2010, cuando empezaron los recortes. Hay que tener en cuenta que en los tres casos existen elementos demográficos que pueden afectar al gasto –por ejemplo, el porcentaje de población en edad escolar varía anualmente o, en sanidad, puede haber una pandemia global–, sin embargo los datos por habitante ajustados a la variación de los precios dan una idea aproximada de la magnitud de los recortes.

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En los tres casos, y siempre ajustando los datos a la inflación, no se recuperaron las cifras de gasto por persona que se tenían en el 2010 hasta que estalló la pandemia. Aunque el esfuerzo de los sucesivos gobiernos de revertir la situación e incrementar las partidas de sanidad, educación y servicios sociales es evidente a partir de 2015, los recortes dejaron un boquete en el gasto que duró una década.

La financiación: el hecho diferencial (negativo) catalán

"O hay un acuerdo claro y significativo en el acuerdo de financiación o la Catalunya de los 8 millones no la podremos pagar", aseguró el pasado mayo el expresidente de la Generalitat, Pere Aragonès. Más allá del modelo productivo, del alto paro y de haber tardado años en revertir los recortes en servicios básicos, en el caso de Cataluña existe un elemento añadido que, según la mayoría de economistas del país, afecta negativamente al desarrollo futuro del estado del bienestar: el déficit fiscal y, más en concreto, la mala financiación del gobierno catalán.

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El déficit fiscal es la diferencia entre la cantidad de dinero que cada año Catalunya aporta en impuestos y los que se acaban gastando en Catalunya o en servicios que favorecen a los catalanes. La Generalitat calcula desde hace años cuánto dinero es y, según las últimas estimaciones del 2021, se trata de unos 20.000 millones de euros anuales que los catalanes pagan en impuestos y no vuelven a Catalunya.

Este dinero se concentra en gran medida en falta de inversiones, algo que ha quedado patente en las últimas semanas con el colapso de la red ferroviaria. El caso de las inversiones es especialmente delicado porque unas infraestructuras en mal estado reducen la productividad y la capacidad exportadora, pero también hay otros motivos, como el hecho de que los catalanes reciben menos dinero del Estado que otras comunidades autónomas en subsidios por desempleo, ya que el empleo es mayor en Catalunya que la media estatal.

Pero en lo que se refiere al estado del bienestar, el sistema de financiación autonómica es la clave de vuelta. Este sistema es el que garantiza que las administraciones autonómicas –la Generalitat en Catalunya– estén bien financiadas y en el caso de Catalunya también representa que, por habitante, Catalunya reciba mucho menos de lo que aporta y algunas autonomías que aportan menos acaben teniendo más fondos para gastar.

"La cuestión de la financiación es vital", dice Reyner. La razón es simple: tres de los pilares del estado del bienestar –sanidad, educación y dependencia– son servicios públicos que son competencia de la Generalitat. En 2024, los departamentos de Salut, Educació y Serveis Socials representaron casi 27.600 millones de euros de los 40.000 millones de gasto del ejecutivo catalán, casi un 69% del presupuesto final, según datos del departamento de Economía y Finanzas. A esto hay que añadir las competencias policiales, que aunque no son propiamente parte del estado del bienestar, sí juegan un papel importante en la calidad de vida y el día a día de los ciudadanos.

Una infrafinanciación de la Generalitat, pues, pone en riesgo la calidad y el alcance de estos servicios. El nuevo acuerdo de financiación presentado por el ministerio de Hacienda debe mejorar, a priori, la situación financiera de la Generalitat y, por tanto, quitar presión a unos servicios públicos tensionados. Ahora bien, si este nuevo modelo será suficiente –en especial a largo plazo– está por ver y no sólo lo pone en duda la oposición, sino también casi todas las entidades empresariales del país.