Inteligencia artificial

Sumergidos en la inteligencia artificial: "Tenemos 10 proyectos Manhattan"

La entrada a trompicones en la era de la IA hace prever tensiones sociales e impulsos reguladores sin precedentes

30/08/2026 - 06:35 h.

BarcelonaAl ir a consultar la bandeja de entrada del correo electrónico en Gmail, una estrella multicolor recuerda al usuario que tiene un nuevo compañero: "Pregunta a Gemini", sugiere Google, en prácticamente todos los rincones de su suite digital. El buscador de WhatsApp ya no es un buscador; es Meta AI, presente también en Instagram como generador de imágenes y textos. Como X, el antiguo Twitter, que ha colocado en el centro de su interfaz el acceso a Grok, el chatbot de Elon Musk. Fuera de las aplicaciones tradicionales, ChatGPT (OpenAI) y Claude (Anthropic) se han convertido en esenciales en teléfonos y ordenadores de todo el planeta. "La era de la IA", como la llama el cofundador de Microsoft Bill Gates, ha llegado; sin permiso, pero con entusiasmo popular: tanto ChatGPT como Gemini habrían superado los 1.000 millones de usuarios mensuales este verano; una cifra de uso que, como reconoce Ariadna Font, cofundadora de la emergente Alinia AI y creadora del área de ética algorítmica de Twitter, "da vértigo en términos humanos".

A pesar de las crecientes alertas de burbuja que acumulan las instituciones europeas, al boom financiero de la inteligencia artificial le queda todavía mucho camino por recorrer. O eso comunican las grandes tecnológicas norteamericanas, las principales beneficiarias de la expansión de la tecnología: los últimos resultados de Nvidia, presentados el pasado miércoles, ofrecían al mercado una previsión de crecimiento de ingresos del 70% para el próximo año fiscal; un indicador claro de que el gasto masivo en infraestructura para la IA durará todavía, como mínimo, unos cuantos meses más. Solo en 2026, los hiperescaladores tecnológicos norteamericanos –compañías como Alphabet (Google), Amazon, Meta y Microsoft– prevén dedicar entre 730.000 y 750.000 millones de dólares a centros de datos.

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Según una reciente investigación publicada por TheNew York Times, la capacidad de computación en uso para soluciones de inteligencia artificial se duplicará cada nueve meses durante los próximos años. Si actualmente, de acuerdo con el medio norteamericano, están en funcionamiento el equivalente a 20 millones de chips H100 –uno de los modelos de bandera de la empresa que dirige Jensen Huang–; se espera que a finales de 2028 estén funcionando alrededor de 200 millones de chips equivalentes. En un reciente ensayo en su sitio web, el cofundador de Microsoft, Bill Gates,, ya hablaba de la entrada en "la era de la IA"; un periodo que, a su parecer, será "uno de los más turbulentos de la historia humana". Sector, academia y empresas están de acuerdo: la expansión tecnológica de la IA generativa –las soluciones como ChatGPT o Claude, que crean contenidos nuevos a partir de patrones insertados por el usuario– es tan real como, a estas alturas, opaca; tanto por lo que respecta a sus principales motores empresariales como en cuanto a los efectos sociales que tiene y tendrá en su futuro. Un futuro que se vislumbra, más allá de valoraciones, exponencial.

Si quieres investigar el gráfico con más detalle, abre la versión en alta resolución en otra pestañaLa IA tal como la conoce la mayoría de la población irrumpió en el sentido común global en noviembre de 2022, con la publicación de ChatGPT, la herramienta que todavía domina –aunque cada vez menos– el mercado global de los chatbots. A pesar de ello, como recuerda Font, su historia se remonta décadas atrás. "La inteligencia artificial, como campo de estudio, tiene como mínimo 70 años", rememora, con las primeras exploraciones de expertos como Marvin Minsky y John McCarthy. Las técnicas y los algoritmos, pues, existían años atrás, "pero no existía el hardware apropiado para hacerlo funcionar, o no existía la red para transmitir los resultados, o la memoria para almacenarlos", comenta Carlos Castillo, que dirige el grupo de investigación en informática responsable de la Universitat Pompeu Fabra.

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La expansión de los últimos años, en buena medida, responde al hecho de que los astros tecnológicos se han alineado. Castillo sitúa diversos avances técnicos, a priori independientes a ChatGPT y sus derivados, como el origen de todo. "La IA generativa tal como existe le debemos, en buena medida, a los videojuegos": los avances en los procesadores gráficos para ordenadores y consolas, comandados precisamente por Nvidia, han fundamentado en buena parte sus usos actuales. "Cuando todos los factores confluyen, hay un salto en la tecnología", detalla, como el que se ha experimentado en menos de cuatro años.

Inversión masiva e integración

La capacidad tecnológica, sin embargo, no lo es todo. La "democratización" de la IA, en palabras de Font, también responde a un impulso empresarial sin precedentes. Según un recuento realizado por la entidad Morgan Stanley, solo en los próximos dos años, las empresas que se dedican a ello han comprometido tres billones de dólares en infraestructura de IA, unos niveles "que no habíamos visto nunca", detalla la experta.

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Héctor decir que parte de este crecimiento en usuarios responde a una integración masiva en aplicaciones digitales de uso regular: la filial de Alphabet inserta Gemini en su suite de productos de oficina, en torno a Gmail; mientras que los usuarios de WhatsApp o Instagram ya ven cómo Meta AI forma parte de su plataforma. "Es casi una instancia de FOMO" (miedo a perderse algo, por las siglas en inglés): como toca, lo incorporo", reflexiona Mariona Sanz, jefa de innovación y desarrollo de negocio del Barcelona Supercomputing Center (BSC). Con los beneficios que esto comporta para las empresas prestadoras de servicios digitales: licencias empresariales más caras y más datos de los usuarios para procesar y entrenar los modelos.

La velocidad inusitada de esta mancha de aceite tecnológica está en el centro de la tensión social que genera, según la directora de la cátedra SoReDI de Esade, Liliana Arroyo. La mayoría de las tecnologías disruptivas que ha desarrollado la humanidad han tenido un "decalaje social": han penetrado progresivamente entre los usuarios hasta aplicar "cambios de orden sociales" a lo largo de generaciones –la revolución industrial fue el fundamento de la aparición de la clase obrera, por ejemplo–. "Con la IA, este decalaje cultural colapsa, porque es una innovación rápida que afecta los valores de la sociedad", reflexiona Arroyo. Para la experta, estamos lejos todavía de captar la escala de los impactos: "Parece que tenemos entre manos 10 proyectos Manhattan –la iniciativa militar que desarrolló la bomba atómica–, pero la Hiroshima no es evidente".

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Beneficios y consecuencias

La capacidad de la IA está contrastada en ámbitos que superan con creces los chatbots comerciales. Según una reciente valoración del Foro Económico Mundial, la tecnología "podría ayudar a facilitar algunos de los pasos más difíciles en el desarrollo de fármacos", entre otras muchas cuestiones. No en vano, el actual jefe científico de Alphabet, Demis Hassabis, ganó el Premio Nobel de Química en el año 2024 por los avances que alcanzó en el estudio de proteínas con DeepMind.

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Sin embargo, los riesgos sociales también son evidentes, según los expertos consultados: desde la sustitución de la fuerza de trabajo humana –que, haciendo caso al artículo de Bill Gates, podría ser masiva– hasta la pérdida de capacidades cognitivas por hacer un uso excesivo de ella, lo que se conoce como "sedentarismo cognitivo". A ojos de Font, los beneficios y las consecuencias son, hoy por hoy, inseparables. "Tuvimos una época muy dulce a finales de la pasada década en la que se veían muy claros losAdvantages de la IA, pero aún no se había convertido en un arma. La nueva realidad, sin embargo, ya es otra", observa.

Son peligros, además, que acechan a cualquiera. En palabras del cofundador de Microsoft, "como ve, oye, habla y razona, no solo afectará a un sector de la economía". Además, los chatbots comerciales ofrecen una entrada muy sencilla a una tecnología compleja, gracias al uso del lenguaje natural. "No genera brecha digital, como otras tecnologías: para alguna gente que no sabe configurar un router, ChatGPT es su amigo", observa Arroyo. Un acceso masivo que también iguala el consumo cultural y de información hasta el punto de la "homogeneización del pensamiento". "El rango de diversidad cultural se reduce hasta lo que ofrece el modelo de IA", alerta la experta.

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Se añaden externalidades, avisa Castillo, que superan con creces el alcance de la tecnología. Destaca un impacto ambiental masivo: según un informe elaborado por expertos de Naciones Unidas, publicado el pasado mes de junio, el conjunto de los centros de datos del planeta podrían llegar a consumir más de 9,3 billones de litros de agua en el año 2030; y también unos 945 TWh de energía, el equivalente a todo Japón. Hay que decir que no toda esta computación va dedicada a la IA, pero la ratio podría escalar hasta el 40%, en términos de usos energéticos.

Estas externalidades, añadidas a los efectos destructivos sobre la fuerza de trabajo o la salud mental, informan el reciente impulso de estados y administraciones para poner ciertos límites. "Puede ser extremadamente costoso no poner regulaciones. Nadie quiere medicamentos que no hayan sido probados, pero la IA siempre ha tenido un grado de opacidad", observa Castillo.

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Ley y oportunidad

El avance de la IA, y las evidencias respecto de su cara oscura, han hecho que las voces favorables a una regulación efectiva sean cada vez más prominentes. El mismo Gates proponía en su ensayo nuevos impuestos a la inteligencia artificial y la robótica; o crear trabajos "reservados para humanos", donde la ley detuviera el acceso de la máquina. Font ve urgente una normativa que ponga barreras: "Este proceso, llevado al extremo, es el caos. ¿Podríamos automatizarlo todo? Quizás sí. Pero no querremos". En este sentido, contempla aplicar tasas a las empresas de IA por el impacto ecológico de sus modelos, por ejemplo. En este sentido, Castillo alaba el sentido de las normativas europeas, como el AI Act, que establece los diversos niveles de riesgo que suponen las prácticas tecnológicas y aplica límites y prohibiciones según la escala del peligro. "Es más que razonable. Constituye una relación de buenas prácticas: documentar, hacer pruebas, monitorizar...", enumera.

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Arroyo, si bien considera que la regulación de la tecnología es parte fundamental, también avisa que "es lenta y, una vez está, es difícil de aplicar". En este sentido, contempla normativas que limiten el poder de mercado de los gigantes del sector, para favorecer la concurrencia de iniciativas de código abierto, locales o más especializadas. "No debemos creernos que el mercado se autorregula, y debemos hacer valer las leyes antimonopolio", sentencia.

Todo ello, a ojos de Sanz, genera más ventajas económicas que riesgos. Según la experta del BSC, "las empresas que implementan la IA son muy prudentes", y desconfían de aproximaciones laissez faire que no limiten la actividad tecnológica. En este sentido, el mundo productivo "considera que la regulación es positiva". Contra el criterio de los gigantes del sector, la normativa europea puede ser una ventaja; tal como lo es su escala como mercado. "Solo por poder acceder a nuestros usuarios, ya aplicarán las reglas", concluye la jefa de innovación.