La amenaza para las ciudades de los fuegos que no se pueden apagar

Los turistas están huyendo de Burdeos y sus habitantes llevan días respirando el humo de los incendios que arden a solo 15 kilómetros de su conurbación urbana. De momento ya ha sido declarado el más grande que ha sufrido Francia en los últimos cincuenta años y ayer la noticia era que un alto cargo de bomberos declaraba en televisión que se pueden tardar "semanas o meses" en poder darlo por extinguido. Se han tenido que desalojar a más de 200.000 personas de diversas poblaciones de la Gironda, pero de momento no está previsto desalojar Burdeos. Quien puede, sin embargo, se va.

El incendio de Burdeos está estabilizado pero todavía incontrolado. Igual que los que hay en España. El de Ávila también es el más grande que se ha declarado hasta ahora en el Estado. 50.000 hectáreas quemadas, y con el peligro continuado de que se una con los que arden en Madrid y Toledo, también de grandes dimensiones. Y el de la sierra de Espadán, en Castellón, también continúa ardiendo. En todos los casos, los bomberos, que confían en la pequeña tregua de estos días antes de que el miércoles vuelva la ola de calor, apuntan a unas circunstancias similares: mucha masa forestal, calor extremo, viento que favorece la expansión y una gestión forestal entre pésima y mejorable. En Cataluña ha pasado igual, y aunque ahora hay tregua hemos tenido dos meses muy intensos y continúa la alerta máxima.

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En las imágenes que estamos viendo estos días, sobresalen sobre todo las de casas y coches quemados, afortunadamente por el momento sin víctimas mortales, como pasó en Almería. Los fuegos queman los bosques, pero cada vez más también los hábitats humanos. Hace años que se avisa que estos tipos de incendios de quinta y sexta generación no son como los de antes y por eso muchos son incontrolables. Según explican los expertos, si un incendio supera el umbral de radiación de 10.000 kilovatios por metro lineal de frente, el bombero que actúe tendrá quemaduras en la piel. Es el umbral de supervivencia, dicen.

Los profesionales que se enfrentan a ellos saben qué se debe hacer y es muy importante hacerles caso, pero lo que sí se puede pedir a la población, y a los políticos, es responsabilidad. La personal es, sobre todo, evitar cualquier práctica de riesgo, por mínima que sea. Como explicábamos hace poco, entre 1986 y 2026 solo el 15% de los fuegos registrados en Cataluña han sido provocados por causas naturales y uno de cada cuatro fueron intencionados. Pero también hay otra responsabilidad, y esta es de país. Está claro que con la crisis climática el peligro es cada vez mayor. Hay que prepararse para hacerle frente, pero se invierte muchísimo más en la extinción y en la regeneración posterior que en prevención. Claramente falta más presupuesto para todos los cuerpos encargados de la prevención, pero también necesitaremos repensar cómo tenemos organizado el territorio, con urbanizaciones diseminadas que dificultan el control y la extinción. Tendremos que mirar cómo debe cambiar su gestión y cómo minimizar los futuros daños probables. No solo en el bosque, sino también en los alrededores de núcleos de población que cada vez estarán más amenazados. No es hacer alarmismo abrir ya el debate sobre cómo se podría actuar y qué pasaría si un incendio de este tipo pasase en Collserola. Antes de que, como en Burdeos, sintamos el olor a chamusquina.