Hacia la Cataluña de los 10 millones
Primero, los datos: 8.233.788. Son los habitantes de Cataluña con fecha de este jueves. Hasta 72.150 personas más que hace un año y 32.000 más que hace seis meses. Seguimos creciendo por la llegada de personas de fuera. Si fuera por la natalidad de los autóctonos, perderíamos población. Ahora mismo hay 2,15 millones de ciudadanos nacidos fuera del Estado, un 26,2% del total. Es decir, uno de cada cuatro habitantes.
La Cataluña del siglo XXI es una sociedad mucho más densa y plural que la del siglo XX. La globalización nos ha llegado de lleno. Pero no nos es ajena: Cataluña hace siglos que es tierra de paso y de acogida. Cosa que no quiere decir que haya sido un proceso de rosas y claveles. Pero en medio de grandes dificultades y tensiones, se ha producido un evidente progreso colectivo. El reto es que el crecimiento siga siendo compatible con el progreso, y con el respeto a la cultura propia, empezando por la lengua. Ahora mismo todo esto es lo que está en juego.
Hoy se mantiene una presión demográfica fuerte. Son muchos los que quieren venir a vivir a Cataluña. Seguimos siendo una sociedad con gran capacidad de atracción. Y no solo de personas que vienen a establecerse en busca de oportunidades, atraídas por el dinamismo económico (la tasa de paro está en el 7,9%, más baja que en 2008, antes de la crisis). También aumenta, y mucho, la población flotante: a pesar de los intentos de frenarlo, el turismo –de playa, deportivo, de naturaleza, de congresos, de estudio, científico, cultural...– va igualmente hacia arriba: la llegada de visitantes extranjeros se disparó un 3,5% la primera mitad del año, hasta los 9,5 millones, de manera que todo apunta que este 2026 se batirá un nuevo récord.
¿Estamos muriendo de éxito? Pues en parte sí. Las tensiones en la vivienda, la sanidad, la educación o el transporte están a la orden del día. También las fricciones identitarias. ¿Se puede frenar la llegada de gente? Pues no es nada fácil. Europa está buscando fórmulas, con resultados muy relativos, para cerrar puertas a la inmigración, al mismo tiempo que intenta promover la natalidad, ya que, en realidad, sí que nos falta población para sostener el modelo económico y social: hay muchos sectores en los que falta mano de obra, en especial el de los cuidados.
La ultraderecha presiona en el sentido de hacer cierre de fronteras, y está condicionando un debate basado más en prejuicios que en hechos. El debate, sin duda, hay que hacerlo. Ahora bien, hay que hacerlo desde los datos y con respeto, sin olvidar los valores cívicos básicos: dejar morir a niños, mujeres y hombres en el mar no es una opción. Es una indignidad. Acoger a menores de edad no acompañados es un deber humanitario. Culpar de todos los males a los diferentes y a los que viven en la precariedad o la indigencia es demasiado fácil.
Dicho esto, ¿podemos ir acríticamente hacia la Cataluña de los 10 millones de habitantes? No. Podemos ir si nos preparamos ya desde ahora. Y debemos prepararnos porque será muy difícil evitar el crecimiento poblacional. Más vale hacerse a la idea. Es urgente repensar los servicios básicos y el modelo económico para sostenerlos, con una creación de riqueza menos dependiente del turismo (12% del PIB) y más enfocada a la industria de valor añadido. Toca hacer mucha vivienda, reformar el sistema educativo, reforzar la sanidad, mejorar de verdad la movilidad (trenes, carreteras) y apostar por políticas serias de integración (con derechos y deberes).