IA: toda actividad necesita normas y reglas

Todas las actividades de la vida están sometidas a unas normas o reglas. Es una de las características de las sociedades civilizadas. Es evidente que los avances, como pasó en su día con internet, comienzan rompiendo algunas maneras de hacer o de trabajar, pero con el tiempo se van normalizando, aunque siempre hay quien encuentra la manera de ir por el camino de la ilegalidad o sabe aprovechar la falta de normas. Hay que ser cuidadosos para reducir esta vertiente al máximo.

Cada avance se implanta exponencialmente más rápido que el anterior. La radio tardó más en ser masiva que la televisión y esta más que internet. Y todos han acabado regulados de una manera u otra. La inteligencia artificial (IA), que impregna todas las actividades e incluso el día a día de los ciudadanos, siguiendo el patrón, se ha generalizado todavía de manera más rápida. ChatGPT, de Open AI, se lanzó en 2022 y no ha parado de crecer desde entonces.

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Y los mismos que han puesto en marcha esta tecnología y han lanzado herramientas para usarla, desde OpenAI a Anthropic, han puesto el grito en el cielo y han pedido regulación, supervisión y reducir el ritmo de crecimiento de una tecnología con capacidad de acabar dominando a los humanos. Pero los mensajes tienen objetivos diversos, que van de los riesgos posibles a la pugna geopolítica o la economía. De peligros los hay, como en todos los ámbitos de la vida, pero en este caso, con un potencial destructivo mayor. Hoy, todo depende de la mano del hombre, pero sistemas que autoaprenden, si no son bien dirigidos, pueden acabar haciendo el mal en lugar del bien. Por otro lado, además, están los intereses.

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Por parte del presidente de los EE. UU., Donald Trump, la de superar a China en esta carrera, sin regulaciones ni trabas. Pekín, por su parte, quiere facilidades para expandir su tecnología y aprovechar la ocasión para reforzarse como potencia como hizo con el 5G a través de Huawei. Las grandes tecnológicas de los EE. UU. lo que quieren es que haya barreras de entrada (o incluso murallas) para nuevos competidores, para que les sea mucho más difícil romper su oligopolio a escala global.

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Y también hay intereses económicos. Con unas valoraciones estratosféricas basadas en unas grandes expectativas, las compañías especializadas han mirado hacia la bolsa. Pero el contexto ha forzado a OpenAI a aplazar su entrada al mercado. Además de reducirse su valoración porque hay competidores que la superan (cada pocos meses un modelo supera al otro y se imposibilitan las amortizaciones de las inversiones), existe el miedo a que potenciales malos usos de la tecnología provoquen un castigo bursátil desproporcionado. Estas compañías también son conscientes de la necesidad de recursos para los centros de datos, en competencia con la deuda de los estados, que se ven forzados a subir la rentabilidad de su deuda para hacerlo más atractivo.

El funcionamiento en sociedad requiere normas y reglas, y también una tecnología nueva como la IA, pero, además, estas normas deberían ser globales, positivas, y bloquear al máximo los malos usos, como ocurre (o se intenta que ocurra) con la energía nuclear o internet. No se puede permitir que la regulación de la IA la haga un oligopolio en los EE. UU., bajo la óptica de sus intereses; ni en China bajo los suyos. La Unión Europea (UE) ya ha hecho la suya. Ahora habría que negociar una global, como se ha intentado con la tributación de las multinacionales a través de la OCDE.