Meloni atiza el choque migratorio

La derecha extrema europea, incluida la española, está siendo muy rápida y contundente a la hora de aprovechar el propagandístico y dramático gesto de presión migratoria marroquí sobre España en Ceuta para marcar distancias con el gobierno de Pedro Sánchez, el gobierno de la regularización. Tanto monta que lo que Meloni, Abascal y compañía califican de "invasión", al final habrá sido un episodio de un día: la llegada masiva ha ido seguida de un retorno también masivo. Y tanto monta que haya habido más de medio centenar de jóvenes muertos en el mar: de este drama humanitario no han hablado los dirigentes de la ultraderecha. De lo que se trata por parte de Italia y Finlandia es de reforzar la idea de la necesidad de fortificar Europa, una idea que no cuadra con la demanda de mano de obra y que va a remolque del discurso xenófobo de la"América primero que también han abrazado los Estados Unidos de Trump.

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha sido rapidísima en marcar perfil escenificando una supuesta ruptura del Tratado de Schengen con España que, por imposible, después ha tenido que ir matizando. La crisis diplomática está servida. Pero más allá del choque Meloni-Sánchez o Italia-España, un gesto así aún abre una crisis general en la Unión Europea, donde la libre circulación de personas ha sido un pilar de la arquitectura continental desde 1995, hace más de tres décadas, tanto desde el punto de vista político como social y económico. Es verdad que la crisis de refugiados de 2015 sacudió la libre circulación sin peajes ni filtros en el centro de Europa, y que este pasado junio se ha endurecido la política común migratoria. Pero la decisión unilateral de Meloni, a pesar de los matices, es un precedente y un paso más en esta línea.

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Un paso, por otra parte, que no se corresponde con la realidad de los números y los hechos. Al margen de que la crisis de Ceuta se esté resolviendo con inusitada celeridad, los datos indican que los pasos fronterizos irregulares más importantes están situados en el Mediterráneo oriental (Grecia-Turquía), en el Mediterráneo italiano y el canal de la Mancha entre Francia e Inglaterra. La península Ibérica está muy por debajo en este ranking, y aún más atrás quedan las Canarias. De hecho, en 2025 Italia recibió 66.328 inmigrantes ilegales en comparación con los 36.775 de España. Además, en conjunto, de junio de 2025 a junio de 2026 se ha producido una clara frenada de las llegadas. Y, además, los datos también contradicen la idea, tan explotada discursivamente en los altavoces de la derecha europea, de que las regularizaciones españolas –por ejemplo la de 2005 del gobierno de Zapatero– supusieron un efecto llamada. No pasó.

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También resulta discutible que la avalancha repentina que se ha dado ahora en Ceuta tenga una relación de causa-efecto directa con la reciente regularización española: más bien se debe atribuir a una mezcla de fricciones internas dentro de Marruecos y a la geopolítica regional, con el papel de Argelia, la situación del Sáhara y las presiones de los EE. UU. sobre Rabat en relación a Israel. El análisis a estas alturas está muy abierto. Y el silencio de Marruecos deja un amplio margen a la especulación.

En todo caso, la ultraderecha europea está ganando la batalla del relato y está consiguiendo llevar a la UE cada vez hacia posiciones más antiinmigración. Meloni quiere ponerse al frente. Es la política del miedo que la derecha tradicional está haciendo suya, ni que sea por otro miedo: el de perder terreno electoral.