El naufragio de Trump en Irán

BarcelonaHace seis meses el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció una operación militar contra Irán que debía durar un máximo de seis semanas. El inicio fue espectacular, con el asesinato del líder supremo Ali Jamenei y su entorno familiar, y de varios de los máximos responsables de las fuerzas armadas iraníes y de sus servicios de inteligencia. Este comienzo hizo que Trump incluso pronosticara que no sería necesario agotar las seis semanas, que todo acabaría antes. Seis meses después, el panorama para Washington es desolador. La guerra no solo no ha terminado, sino que también se ha convertido en un quebradero de cabeza de grandes dimensiones, un laberinto diplomático, militar y económico del que no se vislumbra ninguna posible salida que no sea una humillante asunción de la derrota.

A Irán le ha bastado con resistir, contraatacar y, sobre todo, bloquear el estrecho de Ormuz para tener la sartén por el mango y obligar a los Estados Unidos a detener los bombardeos. Una vez se vio que la superioridad militar y tecnológica norteamericana no se traducía en una victoria sobre el terreno, Washington tuvo que cambiar de estrategia y optar por el ahogo económico. Pero tampoco está funcionando. El motivo es que para dañar de forma sensible la economía iraní se necesitaría la colaboración de China, que es el principal comprador de petróleo del país, y ahora mismo nadie quiere una guerra comercial entre las dos grandes superpotencias del planeta.

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Así, Trump ha visto cómo la guerra ha disparado los costes del petróleo y de los fertilizantes, lo que ha provocado un aumento de los precios en los Estados Unidos que está afectando especialmente a su base electoral, ya que su principal promesa de campaña fue precisamente que con él todo sería más barato. El problema es que esta espiral inflacionaria no solo afecta a los Estados Unidos, sino también a todo el planeta.

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A poco más de dos meses para las elecciones de medio mandato, el pánico se ha apoderado de las filas republicanas, que temen perder el control de la Cámara de Representantes y, atención, ahora también de un Senado donde la mayoría pro Trump parecía indestructible. Las encuestas muestran que los votantes republicanos están profundamente divididos en torno a la guerra y solo los más fanáticos miembros del movimiento MAGA siguen creyendo en su líder.

Ahora bien, más allá del resultado electoral concreto de noviembre, esta guerra está cambiando, quizás para siempre, el mapa de alianzas de la zona. Los países del Golfo han comprobado de primera mano que su teórico aliado, los Estados Unidos, no está en condiciones de protegerlos con un 100% de efectividad de los ataques iraníes con misiles, y ahora buscan alternativas, que implican acercarse a otras potencias regionales, como Turquía o Pakistán. La figura de Benjamin Netanyahu, el gran instigador de la guerra, también está quedando debilitada. Desgraciadamente, el fracaso de la guerra también ha reforzado el régimen teocrático de los ayatolás, ahora dirigido por el hijo de Jamenei, que ya ha comenzado a aumentar la represión interna. Todo ello ha derivado en un desastre geopolítico del que Trump fue advertido pero que prefirió ignorar.