¿Tendremos presupuestos en verano?

¿Tendremos presupuestos de la Generalitat a principios de verano? ¿Qué, cómo y a qué velocidad están negociando el PSC y ERC para aprobarlos? Deberíamos tenerlos. De hecho, es muy relevante tenerlos. Normalizar una política institucional sin las cuentas aprobadas es una anomalía en toda regla: se pierden recursos, se ralentizan procesos, se frenan iniciativas y proyectos, se perjudican los sectores de la sociedad civil –económicos, sociales y culturales– que dependen del compromiso público, que son la gran mayoría. Demasiadas cosas se resienten. Lo peor es instalarse en una dinámica de frustración presupuestaria.

Sí, claro: un país puede vivir sin presupuestos porque al final la maquinaria pública continúa funcionando. Y la sociedad sigue su curso. Pero todo se hace más difícil y engorroso. El motor público, que en una sociedad moderna tiene mucho peso, trabaja forzado, con el depósito a medias, mal engrasado, sufriendo. Esta es una situación que se está haciendo crónica. Es un problema. Cuantos más presupuestos prorrogados –ahora mismo la administración catalana trabaja con las cuentas de 2023–, más riesgos de estropear el engranaje administrativo, las políticas públicas y, en realidad, y lo que es más grave, la propia credibilidad de la institución. En un contexto de crecimiento de una ultraderecha anti sector público, todo lo que sea una administración coja es darle motivos y argumentos para la demagogia antipolítica.

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Ya fue un fracaso y una irresponsabilidad compartida que durante el último gobierno de ERC del president Aragonès Comuns no aprobara las cuentas. Entonces comportó un precipitado adelanto electoral. Después la situación se ha invertido: los republicanos no han aprobado los de Illa. En ambos casos ha pesado más la supuesta ganancia partidista que la mirada global sobre el país. Es evidente que aprobar unos presupuestos supone dar un aval político a quien gobierna. En este punto, nadie puede engañarse. Pero en tiempos de antipolítica y gesticulaciones en las redes, un gesto de responsabilidad crítica resulta casi revolucionario: se ha de tener la valentía de explicar que, a pesar de diferencias relevantes, y sin renunciar al programa propio, se da apoyo a unas cuentas para el bien común superior. Este sí que es patriotismo del bueno.

Esperamos y deseamos, pues, que entre ahora y principios de verano tanto socialistas como republicanos tengan la necesaria cintura para encontrar suficientes puntos en común, y suficientes argumentos, para sacar adelante los presupuestos de la Generalitat. Unos presupuestos de país. En tiempos de crisis global –guerras, energía, cambio climático, migraciones...– y de asedio a las democracias liberales, cuantas menos frivolidades mejor.

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Como que el PSC, que es quien ostenta la titularidad del Govern, es quien más tiene que ganar con la aprobación, también tendrá que ser quien ceda más: el problema, aquí, está en su capacidad para hacer mover al gobierno español del PSOE en cuestiones clave como la recaudación del IRPF o en carpetas pendientes como el traspaso de Rodalies, la nueva financiación, la gobernanza del aeropuerto de El Prat o el pago de la condonación de parte de la deuda del fondo de liquididad autonómico (FLA). Hay incumplimientos que, en efecto, pesan. Los próximos dos meses serán decisivos para el buen gobierno del país hasta las próximas elecciones.