Una ciudad cosmopolita

Cuando todavía pensábamos que el fenómeno del low cost y de Airbnb no transformaría el mundo a peor, la familia formada por Judith, Robert y los dos pequeños, Marc y Mateo, fueron hacia Cassà de la Selva para tomar, a primera hora, un vuelo con destino a Londres. Como el vuelo iba con retraso y tenían que hacer tiempo, decidieron pasar por Santa Coloma de Farners.

Era día de mercado y, entre los peatones y los vendedores, proliferaban muchos hombres con turbante y barbas largas, así como mujeres con túnica y los ojos perfilados de negro. Las ropas eran siempre de colores alegres y expresivos, tales como el naranja azafrán, el verde lima o el rojo encendido, que contrastaban fuertemente con su color de piel. Judith y Robert investigaron a qué se debía aquella presencia y descubrieron que se trataba de una concentración específica de población de origen indio, especialmente de la región del Panyab; un arraigo que empezó con la llegada de los primeros trabajadores y que, gracias al boca a boca, creó una comunidad estable de mujeres, hombres y niños completamente escolarizados en el pueblo.

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Aquel paseo por Santa Coloma dejó a Marc y a Mateo muy confundidos. Como había tanta diversidad, los niños se pensaron que ya habían llegado a Inglaterra antes de tiempo. Al final, el recuerdo de Santa Coloma quedó guardado como si fuera el primer barrio de Londres que visitaron.

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Hace un tiempo, cuando todos éramos blancos por fuera y grises de pensamiento, vivíamos en una realidad tan, tan, tan homogénea que cualquier pequeño detalle diferente nos llamaba la atención; alguien hablando con un acento diferente, vistiendo de otra manera, de otra raza... Entonces viajábamos para conocer mundo y para deslumbrarnos con la música, la arquitectura, la moda, el arte y las personas diferentes. Buscábamos aquella riqueza y presumíamos de vivir experiencias cosmopolitas: "Hoy podemos comer un falafel por la calle, aquí cerca de Notre-Dame, y por la noche ya nos sentamos en un bistró"; "La comida inglesa no vale mucho la pena, pero en Londres encontrarás todo tipo de cocinas de todo el mundo, la india es espectacular"; o "Hacen un pato lacado con arroz en Chinatown, tocando a Broadway. Los patos están colgados en el escaparate. Más a la derecha, por Nolita, hay un restaurante ruso brutal; pregunta por Ernesto, es un boliviano simpatiquísimo que te lo explicará todo".

Entonces volvíamos a casa fascinados, exclamando que aquello sí que eran ciudades de verdad, importantes y cosmopolitas, mientras mirábamos nuestra propia realidad con el menosprecio de quien la considera provinciana.

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¿Pero de qué ciudades estamos hablando? Pues bien, de las de siempre, de París, Londres y Nueva York, que son las capitales que mueven en gran parte el mundo. Ciudades donde, desde los artistas hasta los ejecutivos, todos se mueren por instalarse y trabajar allí. Ciudades a las que todo el mundo quiere ir porque son una fuente inagotable de inspiración para los museos, las galerías de arte independiente, los grandes estrenos teatrales y operísticos, los festivales de música, los espectáculos de danza contemporánea o la potencia de su moda y su street art. En definitiva, por la exultante energía que transmiten. Y nada, absolutamente nada de todo esto, no sería posible, en gran parte, sin la mezcla, el mestizaje, la diversidad y las culturas que conviven en ellas. Quizás ahora ya no queremos ser aquella capital que tanto deseábamos antes de los Juegos Olímpicos; quizás, simplemente, queremos vivir en un mundo más pequeño. Parece que todo no se puede tener.