‘Mail clubs’: la tendencia que hace revivir la correspondencia postal entre los más jóvenes
En un contexto marcado por la saturación digital, este formato recupera la experiencia tangible del correo postal, conectando artistas con usuarios mediante un modelo de suscripción mensual
Es un día cualquiera de primavera. Alguien, desde su casa, prepara una carta. El sobre contiene, además, una serie de ilustraciones. El ritual se repite, un gesto que nos transporta a un siglo pasado, cuando aún no existían los algoritmos. La que escribe podría ser Mercè Rodoreda; el que recibe la carta, Joan Sales. Pero no estamos en 1960 ni ante una correspondencia literaria clásica, sino de una tendencia surgida en las redes sociales, llamada mail club, que apunta a un tímido retorno del correo postal en un escenario de saturación digital y búsqueda de alternativas analógicas.A través de un modelo que ya conocemos, el de la suscripción mensual, artistas e ilustradores de todo el mundo envían cartas, pegatinas, ilustraciones, fotografías o recetas a un grupo de suscriptores. "Que te llegue a tu buzón una carta cuidada y bonita cada mes, en un mundo saturado de información y mediado por pantallas, me parece una suerte", explica Lorena, una joven que está suscrita a dos mail clubs diferentes, Bunny Mail Club y La Mamarrracha. "Creo que, además, es una manera de dar apoyo a artistas, porque su trabajo a menudo se pierde en la inmensidad de contenidos que se distribuyen en las redes", reflexiona.Una nueva manera de conectar
Mientras que otras tendencias digitales nacen y se quedan en el universo en línea, el mail club, en cambio, ha conseguido dar el salto al mundo offline, y ha ganado especial fuerza entre generaciones como la Z. “Necesitamos comunidad en todos los ámbitos, y este componente es especialmente importante para generaciones como la Z. En España el 35% de los jóvenes entre 18 y 24 años se sienten solos; tenemos una situación de soledad no deseada muy significativa. Iniciativas como los mail clubs pueden contribuir a crear comunidad y vincularnos a los objetos de otra manera”, reflexiona Liliana Arroyo Moliner, directora del SoReDI (Chair for Socially Responsible Digital Innovation) d’Esade.El fenómeno, que lleva un par de años funcionando en Estados Unidos a través de plataformas de micromecenazgo como Patreon, ha encontrado su nicho en Cataluña de la mano de perfiles como la comunicadora Berta Aroca o la ilustradora Irina Torres Conejero, creadora de Bon Profit Club, que cada mes prepara un contenido sorpresa, a menudo relacionado con algún momento del año como San Valentín, Navidad o estaciones como la primavera.“Siempre incluyo una carta escrita y firmada por mí, una lámina de papel de algodón A5 y algún detalle como un adhesivo, una postal, un patrón para hacer journaling y otras sorpresas”, explica Irina, que comenzó este proyecto en noviembre de 2025 y ya tiene más de cuarenta suscriptores. Como ocurre con la mayoría de estos envíos, su carta es mucho más que un simple papel: “No solo la abres y lees la carta, sino que también decides qué hacer con los materiales que envío”.A diferencia de un boletín, que puede pasar desapercibido entre infinidad de correos, la carta en papel llena un lugar y nos acompaña. “Se puede oler, enmarcar y puede vivir en un cajón, en la nevera, en una pared o en un mueble. Además de ser más sutil y erótico, es tangible, y vamos cortos de experiencias que impliquen el uso de las manos, y no solo de los ojos y los oídos”, explica Bea Salas, psicóloga, ilustradora y docente en creatividad.Siguiendo esta línea, la artista Laura García, de León, creó en junio de 2024 Garlic Yaya Club, un mail club mensual que combina recetas inéditas, cartas y diversos objetos artísticos diseñados por ella misma. “Yo quería crear algo físico que la gente pudiera tocar, coleccionar y disfrutar más allá de la pantalla”. En el caso de Laura, cada edición gira en torno a una temática y una receta que la inspira: “Cuando descubrí el formato me di cuenta de que tenía que ser sobre cocina. Era algo que no había visto antes, así que decidí que Garlic Yaya Club tuviera sus propias recetas para transmitir mi pasión por la cocina casera, los procesos lentos y las cosas hechas con cuidado”, explica esta emprendedora, copropietaria de Antisouvenir®, una librería especializada en publicaciones independientes que dirige con su pareja.Esta lentitud, en contraste con la gratificación inmediata de los algoritmos, parece ser la clave de estos envíos postales. Aunque en el año 2011, con la creación de las primeras redes sociales, los usuarios actuaban como verdaderos “habitantes de internet”, hoy las redes se han convertido en un escaparate publicitario, tanto de nosotros mismos como de todo tipo de productos, como explica Marta G. Franco en el libro Les xarxes són nostres. Una història popular d’internet i un mapa per tornar a habitar-la, publicado en castellano por la editorial Consonni. Hacemos scroll sin mirar, acumulamos enlaces que nunca abrimos y, entre tanto caos digital, todos buscamos la sensación de pertenecer a algo más real, especialmente en un momento marcado por la generación de imágenes con inteligencia artificial.“Ante imperios como ChatGPT, Spotify, Google, Amazon y Apple, de forma natural aparecen fenómenos en dirección contraria, en este caso espacios que protejan y celebren nuestra humanidad: el arte hecho a mano, la comunicación dedicada, el uso de los sentidos y el cara a cara. Los mail clubs parecen ser una respuesta a una necesidad real de expresarnos, comunicarnos y pertenecer sin grandes intermediarios”, explica Salas. El valor de la experiencia física
De hecho, para la generación Z, internet es un elemento central en su día a día y también su principal actividad de ocio: el 90% pasan dos o más horas al día en línea, según la Encuesta Joven 2023, recogida en el Informe de Juventud de España 2024. “No sé si este modelo perdurará tal cual, pero sí que responde a una necesidad profunda que probablemente quedará: las generaciones que han crecido con lo digital encuentran más valor en la no virtualidad y en lo que es tangible”, confirma Arroyo.Marina, que estuvo suscrita dos meses a un mail club de los Estados Unidos, confirma esta teoría que ya hemos visto anteriormente en tendencias como los Sonny Angels: “A mí me hacía mucha ilusión el momento de abrir la carta, no saber exactamente qué venía, descubrir las postales y pegatinas; más que la carta, era todo el conjunto que la envolvía. Sin embargo –explica–, al ser en otro idioma, no acabé de sentirme parte de la comunidad”.No es el caso de Irina y Laura. Ellas sí que mantienen una comunicación directa con sus suscriptores: “Siempre les animo a escribirme cuando quieran, incluso por carta, porque me encanta conocerlos. De hecho, siempre envío un correo electrónico de bienvenida personalizado, motivándolos a explicarme quiénes son, qué les gusta y qué les motiva a cocinar”, comenta la creadora de Garlic Yaya Club, que, a pesar de no poder vivir solo de este formato, lo ve como alternativa viable. “Yo siempre pregunto en la carta cómo están, y recibo bastantes mensajes contestándome por Instagram, y esto es muy guay porque sí que siento que se crea un vínculo diferente”, dice Irina.Como toda tendencia nacida en las redes, los mail clubs no se pueden desvincular de su componente digital, ni tan solo prever el comportamiento de algunos usuarios, que probablemente se limitarán a fotografiar el contenido y colgarlo en sus redes. Aun así, el trabajo artesanal y la creación analógica existen más allá de estas suscripciones. El formato solo nos muestra que, ante la falta de intimidad y de conexión, “el ser humano es más inteligente y creativo, y busca maneras como estas de recuperar aquello que echa de menos: conexión, contacto y una vivencia compartida”, reflexiona la psicóloga e ilustradora Bea Salas.