No es la nariz, es el cerebro
El sentido del olfato es, probablemente, el más desconocido y fascinante. Es la puerta a los recuerdos y a las emociones y, a pesar de ello, no lo valoramos como se merece
Los olores tienen el poder de transformar atmósferas, de modular comportamientos y pueden seducir, consolar o curar. El olfato es el espejo de una sociedad y también un retrato histórico. Así lo afirma la doctora en neurociencias y profesora de investigación del CSIC, Laura López-Mascaraque, en su libro El fascinante universo del olfato, publicado por geoPlaneta. Un volumen donde se propone poner en valor el sentido del olfato, probablemente el gran olvidado, ya que siempre se ha dado prioridad a aquello que vemos y oímos, cuando, en realidad, el olfato es la puerta a la memoria y a las emociones y una forma de explorar el mundo.
Como apunta la autora, "el olfato es un sentido muy invisible, pero cada vez que respiramos estamos oliendo, incluso dormidos. Cuando lo hacemos estamos interactuando con el mundo químico que nos rodea y eso nos está transformando muchas veces las emociones o nos transforma la forma de estar. Evolutivamente, el olfato es el sentido más antiguo de todos y está conectado directamente a la parte del cerebro que llamamos el cerebro emocional, el sistema límbico. Aquí procesa la información sin filtros, y eso provoca que un olor te pueda recordar un episodio asociado a ese olor". Un sentido que durante muchos años ha sido culturalmente menospreciado, aunque, por contra, hay un extenso vocabulario relacionado –aroma, efluvio, esencia, fragancia, hedor, perfume, pestilencia, tufo, etc.– y que, incluso, en algunas culturas haya palabras concretas para referirse a determinados olores, cosa que aquí no pasa, más allá, quizás, del petricor, el aroma que desprende la tierra cuando ha llovido.
Cada persona experimenta los olores de manera diferente, ya que hablamos de un sentido profundamente individual. Como explica la neurocientífica, "cada uno de nosotros tenemos lo que llamamos un registro olfativo único. ¿Por qué? Porque el olfato está controlado por casi 400 genes. ¿Qué quiere decir eso? Que la variabilidad genética que tenemos cada uno de nosotros en relación con el olfato es muy grande. Fijémonos en el cilantro, por ejemplo. O te encanta o no lo puedes soportar. Y eso es debido a un gen, que ya sabemos cuál es, que hace que tú este olor la percibas de determinada manera".
Laura López-Mascaraque remarca la importancia de aprender a vivir con la nariz despierta y se felicita de que la neurociencia actual esté acabando con el menosprecio hacia este sentido, ya que, según la profesora, perder el olfato es como vivir la vida en blanco y negro. En este sentido, lamenta que no cultivemos ni entendamos el sentido del olfato, y por eso en el libro se aproxima desde múltiples ángulos: biología, emociones, salud, gastronomía, cultura... Mantiene que es el sentido puente entre el cuerpo y el mundo y que también actúa como un guardián, ya que nos alerta de los peligros que nos rodean, como cuando notamos olor a humo o a gas. Sin olvidar la importancia del olor en las relaciones humanas, ya que los olores compartidos crean pertenencia. ¿Os suena aquello de "con esta persona tengo química"? Pues realmente es el olor, fundamental también en materia reproductiva.con esta persona tengo química? Pues realmente es el olor, fundamental también en materia reproductiva.
Y, ¿cómo se puede entrenar el sentido del olfato? "Pues oliendo. Justo encima de la nariz tenemos las únicas neuronas del cerebro que están en contacto con el exterior y se están regenerando cada 40 o 60 días. A diferencia de otros sentidos, que con la edad los vamos perdiendo, el olfato lo podemos seguir entrenando y manteniendo toda la vida. Lo podemos hacer creando un set de aromas, poniendo, por ejemplo, algunas especias, limón, naranja, alguna hierba aromática, unas flores, una colonia... y, a partir de aquí, ir oliendo, estimulando los receptores a funcionar y a transmitir la información al cerebro", dice.
De la salud a la gastronomía
El arte, el marketing, la cocina, la salud, prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida tienen un vínculo con el sentido del olfato. La nariz es imprescindible para disfrutar de una comida, ya que sin olor no hay placer (y si no, que se lo pregunten a quienes perdieron el olfato a consecuencia de la covid), de ahí el impulso de la conocida como neurogastronomía. Los olores también juegan su papel en el arte, en la literatura o en el cine, apelando una vez más al concepto de memoria emocional. Son parte esencial en el mundo de la perfumería y la cosmética, campos que han evolucionado de forma importante, pero donde se mantiene aquella idea primitiva de que oler bien es una forma de sintonía con el mundo, donde los perfumes nos hacen soñar, despiertan recuerdos y sellan personalidades. Esto se explora también en ámbitos como el del marketing, con lo que se conoce como marketing olfativo, en el que se utiliza el olor como estrategia de mercado para apelar a las emociones de los clientes.
López-Mascaraque, que lidera en el Centro de Neurociencias Cajal un grupo dedicado al estudio del desarrollo cerebral, también pone en valor el vínculo con la medicina y la salud, recordando que los malos olores han sido siempre señales de peligro, de corrupción o de enfermedad. "En la Edad Media, muchas enfermedades se detectaban por el olor. Había unas ruedas de orina y, dependiendo del color y del olor de la muestra, o incluso del gusto, se determinaba qué enfermedad era. Seguro que muchos recuerdan, de pequeños, haber oído a la madre o a la abuela pedirles que les tiraran el aliento, para ver si estaban enfermos. Y hoy nos encontramos, por ejemplo, con perros entrenados que pueden oler un montón de enfermedades y detectarlas de forma efectiva. Si los científicos profundizáramos en este ámbito, podríamos evitar muchísimas pruebas más invasivas", explica.
Por todo ello, Laura López-Mascaraque espera que su libro sirva para incentivar a que oliendo más y a que "lo hagamos de una forma consciente. Y también es importante tener presente que si pierdes el olfato, se puede y se debe recuperar. Y recordar que hay que enseñar a los niños a oler. Tan pronto como empiezan a crecer les enseñamos colores, letras, pero nada relacionado con el olfato, y eso no puede ser. Juguemos con los olores, vinculémoslos a historias, les encantará".