No todo lo que sientes es verdad: el cerebro también necesita tiempo para pensar
La divulgadora en neurociencia Núria Martín Muyo alerta que la sobreestimulación emocional nos puede hacer perder capacidad de atención y pensamiento profundo
BarcelonaAbres el móvil y hay una noticia que te indigna. Antes de acabar de leer el titular ya tienes ganas de compartirla. Reaccionas, escribes, continúas haciendo scroll. Y no es ningún hecho aislado. El problema, según la divulgadora en neurociencia Núria Martín Muyo, es que cada vez vivimos más instalados en esta respuesta inmediata.
“Estamos en medio de un tsunami informativo permanente”, explica Martín Muyo, autora de La trampa de la emoción (Destino, 2026). En este entorno, dice, “se mezclan sin ningún tipo de garantía ideas, noticias, pensamientos... que no sabemos si son ciertos o no”. Y aquí aparece una paradoja: tenemos más información que nunca, pero no necesariamente más tiempo para valorarla.
El cerebro puede reaccionar muy rápidamente ante un estímulo emocional. Esta respuesta es útil: si estamos a punto de sufrir un accidente no nos conviene analizar todas las posibilidades antes de actuar. Pero no es tan útil cuando lo que tenemos delante es un titular o una información que exige contexto y contraste.
“Un pensamiento emocional es una reacción directa sin evaluación de ningún tipo”, señala. En cambio, cuando interviene el pensamiento racional “hay una respuesta, porque hay un análisis, una valoración y una decisión consciente y voluntaria”.
La diferencia es importante porque no todo lo que pensamos es necesariamente cierto. “Tenemos tendencia a dar categoría de verdad a todo aquello que nos pasa por la cabeza”, dice Martín Muyo. “Si yo lo siento así, es verdad, o es mi verdad”, reflexiona. Pero una emoción puede ser real sin que la interpretación que hacemos de ella sea correcta.
La naranja y los dos cerebros
Para explicar esta diferencia, Martín Muyo recurre a la metáfora de una naranja. La pulpa representaría el sistema límbico, relacionado con el procesamiento rápido de la información y las respuestas orientadas a la supervivencia. La piel simbolizaría la corteza cerebral, donde tienen lugar funciones como el análisis, la planificación, la atención, el aprendizaje y el pensamiento profundo.
“El problema es que estamos en la época de las hiperemociones”, afirma. Según dice, hemos dado una preeminencia excesiva a la respuesta emocional e inmediata, y hemos dejado en segundo plano las capacidades que requieren más tiempo y esfuerzo.
No se trata, sin embargo, de elegir entre emoción y razón. Las emociones son necesarias. El problema aparece cuando reaccionamos antes de poder valorar qué está pasando. “No sabemos distinguir” entre los pensamientos racionales y los emocionales, sostiene Martín Muyo, y esto hace que podamos confundir una primera impresión con una verdad.
En un mundo construido alrededor de la inmediatez, esta tendencia se puede intensificar. Las redes sociales compiten por nuestra atención, y la indignación, el miedo y la rabia pueden llegar antes que la reflexión. Una vez hemos reaccionado, cuesta más dar el paso atrás y preguntarnos si aquello que acabamos de ver es cierto o si nos falta información.
“Todo tiene que ser tan rápido que parece que otros piensen por nosotros y nos ofrecen la ilusión de que estos pensamientos son nuestros”, dice. Por eso considera que el pensamiento crítico también es una cuestión de entrenamiento: hace falta dar tiempo al cerebro para que pueda analizar, comparar, cuestionar y decidir.
Pensar también es una cuestión de hábito
Martín Muyo defiende que el cerebro es plástico y que las conexiones neuronales cambian en función del uso y de las experiencias. Como ejemplo menciona el llamado efecto Flynn, un fenómeno que durante buena parte del siglo XX mostró un aumento progresivo en cada nueva generación de las puntuaciones en las pruebas de inteligencia. Según la experta, sin embargo, los datos más recientes apuntan a un cambio de tendencia: por primera vez se estaría observando un descenso de estas puntuaciones.
Por eso la autora considera que siempre estamos a tiempo de recuperar espacio para la atención y el pensamiento profundo. “Si hiciéramos ejercicios de este tipo, la corteza cerebral se desarrollaría más y ganaría preeminencia”, afirma. El problema, según ella, es que ni los modelos educativos ni la comunicación ni el contexto social actual están lo suficientemente orientados a fomentar esta reflexión.
La solución, por tanto, no es dejar de sentir. Es aprender a crear una pausa entre lo que sucede y la respuesta que le damos. Leer, informarse, contrastar y aceptar que no hace falta tener una opinión inmediata también son maneras de utilizar esta “corteza” de la naranja.
Para Martín Muyo, esta no debería ser solo una responsabilidad individual. Critica que ante problemas como la ansiedad y la dificultad para concentrarnos se nos ofrezcan soluciones personales –meditar, hacer yoga, alejarnos del ruido–, sin tener en cuenta las condiciones sociales que los favorecen. Defiende un “escudo social” basado, entre otras cosas, en hacer accesible a todo el mundo el conocimiento sobre cómo funciona el cerebro.
“Que lean, que se informen, que cuiden su cerebro”, recomienda. Porque, en una época en la que casi todo nos invita a reaccionar deprisa, quizá una de las formas más sencillas de protegernos es recuperar una cosa que parece poco revolucionaria: esperar unos segundos antes de dar por buena la primera respuesta que nos viene a la cabeza.