Naturaleza

Vivir al ritmo de la naturaleza

Tristan Gooley, conocido como el Sherlock Holmes de la naturaleza, descifra en un libro todas las claves del calendario de la naturaleza

La naturaleza siempre nos está dando pistas, solo hay que saber escucharlas.
18/07/2026
4 min

¿Saben las plantas y los animales qué momento es? ¿Qué papel tienen el Sol, la Luna, las estrellas y el tiempo atmosférico? ¿Por qué el agua es más clara en junio y a medianoche de Nochevieja la estrella Sirio brilla justo al sur? Estas son algunas de las preguntas a las que da respuesta el navegante, aventurero y naturalista Tristan Gooley en Las estaciones ocultas (Ático de los Libros), un libro fascinante que recoge todas las claves para descifrar el calendario de la naturaleza. Investigando el funcionamiento interno de las estaciones, explica que podemos saber cuándo, cómo y por qué cambian las cosas. El investigador apunta que cada día del año contiene señales sutiles (en el cielo, en las plantas, en el agua o en los animales) que revelan los infinitos cambios del paisaje, desde aquellos primeros brotes que anuncian la llegada del calor o los vuelos de algunos insectos que anticipan la lluvia. Un acercamiento al ritmo de la naturaleza que hace con precisión científica, pero con un lenguaje literario que invita a pasear por la naturaleza observando todo aquello que nos dicen los signos que la naturaleza nos ofrece cada día.

Gooley explica que con este libro quiere “dejar muy claro al lector que podemos disfrutar del cambio estacional de manera mucho más íntima y agradable si pensamos en pistas y signos": "Así, en la primera parte del libro explico por qué y cómo pasan las pequeñas cosas cuando lo hacen, y a partir de aquí ofrezco una visión de lo que está pasando en un sentido más amplio”. Reconoce que parte de la inspiración para el libro surgió cuando vio un reloj muy antiguo, del siglo XVI: “Y de repente me di cuenta de que había estado buscando pistas y signos en la naturaleza durante décadas relacionadas con la dirección y la creación de mapas, pero no había mirado todo lo relativo al tiempo. Por eso, en este libro, me centro en explicar cómo funciona realmente el calendario o reloj de la naturaleza”. Como apunta Gooley, el año natural no tiene una fecha oficial de inicio, pero mantiene que si sabemos qué buscar, podemos afirmar que es en la segunda quincena de febrero cuando empieza a girar la rueda.

En este sentido, expone cómo en muchas partes del mundo, son los narcisos los que señalan el fin del invierno, precisando que, estemos donde estemos, las primeras flores que veremos cuando el invierno empiece a dar paso a la primavera serán muy probablemente geófitos, aquellas plantas que almacenan bajo tierra recursos como carbohidratos en las estaciones desfavorables, cosa que les permite sobrevivir en los meses fríos antes de la primavera.

Viaje estacional

En libros anteriores, Tristan Gooley ha explicado cómo podemos leer los árboles o el agua, por ejemplo, pero en esta ocasión hace un viaje por las estaciones del año, recogiendo todo aquello que ha ido aprendiendo a lo largo de los años a partir de sus observaciones: "De primera mano y de los miles de días pasados en diferentes hábitats en diferentes partes del mundo, observando, intentando entender y siempre buscando las pistas y los signos de la naturaleza. Una tercera pata de mi conocimiento surge de la oportunidad de conocer gente, por eso siempre busco personas con conocimientos profundos sobre un trozo del planeta".

Observador infatigable, el investigador asegura que, a pesar de lo que podamos pensar, los humanos no hemos perdido la capacidad de leer la naturaleza. Ahora bien, reconoce que sí que hemos perdido la práctica: "Pienso que todavía tenemos las herramientas para hacerlo, de la misma manera que nuestros antepasados lo hacían cada día, porque, hace diez mil años, esta era la diferencia entre un buen día y un mal día en la vida de alguien. Y tenemos las mismas herramientas. Lo que ha pasado durante los últimos cien años, y muy rápidamente durante los últimos veinte, es que hemos priorizado otros usos de nuestros sentidos en nuestro cerebro".

Así pues, explica: “Mientras que nuestros antepasados habrían captado el sonido de un grito de alarma de un pájaro, y eso les habría dicho que había un halcón o algún tipo de depredador en la zona, nuestro cerebro ahora capta el sonido de un mensaje de WhatsApp que llega. Es el mismo uso de un sentido y de un cerebro, por lo tanto, probablemente solo tenemos que cambiar un poco las prioridades, dedicando unos minutos cada día a descubrir los sonidos, las vistas y los olores de la naturaleza. Y el cerebro nos lo agradecerá, porque es literalmente aquello para lo que nacimos”.

Gooley habla de innumerables signos sutiles que revelan los infinitos cambios en el paisaje a lo largo del año. ¿Qué nos perdemos si no observamos nuestro entorno?: “Pues el primero es diversión y satisfacción en un sentido amplio. Al cerebro todavía le encanta darse cuenta de que hay señales en el cielo que indican que ahora hace sol, pero que más tarde habrá chubascos. Es cierto que ya no necesitamos reconocer todos estos signos para sobrevivir, pero el cerebro no lo sabe, y por eso todavía le resulta tan satisfactorio observar estas cosas y descifrar los signos de la naturaleza”. En este sentido, el investigador propone que observemos todo lo que nos rodea: vegetación, insectos, cielo, animales. Y que vayamos aprendiendo a reconocer las señales paso a paso.

Todo lo que podemos saber observando la naturaleza
  • Los árboles no tienen la capacidad de moverse, de modo que siempre necesitan ayuda para trasladar el polen (el esperma vegetal) de las flores masculinas a las femeninas. Lo consiguen gracias al viento o a los animales polinizadores. En este sentido, hay patrones interesantes, porque casi todos los árboles tropicales dependen de los animales para la polinización y casi todos los árboles de latitudes altas dependen del viento.
  • Todos los animales dependen de las plantas, directa o indirectamente. Si comprendemos cómo marca el tiempo el roble, entenderemos mejor las orugas y los pájaros, pero también las mariposas en las que se convierten las orugas que no han sido comidas por las aves.
  • ¿Cómo leen el calendario las plantas? Una vez un organismo detecta que la duración de la noche ha llegado a un cierto número de horas, pone en marcha procesos estacionales básicos. Muchas especies florecen cuando el día supera un umbral de duración crítico, por ejemplo catorce horas. Se conocen como plantas de día largo e incluyen guisantes, patatas, flores silvestres y cultivos que vemos cuando se acerca el solsticio de verano. Otras plantas, que llamamos neutras a la fotoperiodicidad, no se guían en primera instancia por la duración del día o de la noche, sino que responden a otros estímulos internos y externos. Dos ejemplos son los tomates y los pepinos.
  • En cuanto a los animales, la fotoperiodicidad rige los lapsos de crecimiento de los reptiles, la aparición de alas en los insectos, la muda de piel o plumaje, la hibernación y muchos otros procesos. Sin embargo, la mayoría de los cambios estacionales en los animales remiten al ciclo reproductivo.
  • El vapor y la granizada pueden parecer fenómenos muy diferentes, pero transmiten el mismo mensaje. A veces podemos ver este fenómeno en otros momentos, pero es un signo clásico del inicio de la primavera. Hasta marzo, el sol no es lo suficientemente fuerte; después el aire es demasiado cálido. El vapor nos indica que la balanza empieza a equilibrarse: el sol ha alcanzado suficiente altura para calentar la tierra, pero el aire continúa frío. La granizada transmite el mismo mensaje estacional a otra escala.
  • Durante décadas, los científicos han utilizado insectos como «bioindicadores» para vigilar el estado de las cuencas hidrográficas, porque no se les escapa nada. Los insectos acuáticos son sensibles a cada variable de su entorno: contaminantes, nutrientes, pH, velocidad de la corriente, turbulencia, oxígeno, luz, vida vegetal, depredadores… Si algo cambia en el entorno, las poblaciones de insectos reaccionan con rapidez.
  • La estación cambia al subir una colina, pero también si nos mantenemos a la misma altitud y la rodeamos. La orientación tiene un impacto enorme en la biología de un área y modifica las plantas y los animales que encontramos. El grado de inclinación también influye. La primavera empieza antes y el otoño llega más tarde a las pendientes suaves; las pronunciadas retrasan la primavera y adelantan el otoño.
  • La intensidad de los colores del arcoíris nos da pistas sobre la naturaleza de la lluvia. Un rojo intenso indica gotas grandes. Además, un arcoíris a primera hora de la mañana significa que estás mirando hacia el oeste, que hace buen tiempo y que se acercan chubascos.
  • El canto de los pájaros del alba difiere del diurno. En muchas especies es más complejo y variado. También es más fuerte. Las aves cantan durante más tiempo cuando la noche ha sido cálida: empiezan antes y terminan después.
  • Si veis sombras sobre el agua, es señal de que el agua no es pura. Las sombras solo aparecen cuando la luz rebota en partículas suspendidas.
  • En época estival, el tamaño de los insectos que vemos cambia a lo largo del día. Los insectos grandes tienen más probabilidades de sobrecalentarse en las horas centrales del día que los pequeños, de modo que es más fácil verlos a primera hora y al final del día.
  • Las aves nos pueden advertir de cambios meteorológicos: emiten gritos de alarma cuando se acerca mal tiempo y guardan silencio justo antes de que llegue. A medida que el viento crece, vuelan más bajo. Aterrizan y se elevan siempre orientadas contra el viento.
  • En diciembre, las estrellas ofrecen un espectáculo más intenso que en ningún otro mes, con un gran número de constelaciones visibles y fáciles de reconocer.
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