Zara, Galliano y el lujo, que ya no sabe lo que es

Una de las últimas bombas informativas en moda ha sido el anuncio de la nueva colaboración de Zara. El gigante mundial de la moda rápida ha incorporado, por un período de dos años, al diseñador John Galliano, una de las figuras más singulares de la creación contemporánea. Se trata de una asociación difícil de haber previsto, pero que a su vez resulta profundamente reveladora del momento actual que vivimos como sociedad.

De entrada, la colaboración escenifica el encuentro entre dos polos aparentemente antitéticos. Galliano encarna una idea de la creación basada en el virtuosismo, la densidad narrativa y una imaginación desbordante. Su obra construye universos, no sólo piezas, por lo que sorprende imaginar cómo este exceso creativo puede adaptarse a las lógicas de la moda rápida. La tensión no es menor si se tiene en cuenta que, históricamente, una de las dificultades de Galliano ha sido precisamente la traducción de su lenguaje a formatos más comerciales. Es en este desajuste –entre el exceso y la estandarización– donde esta colaboración resulta especialmente significativa.

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Galliano presentará dos colecciones anuales concebidas a partir de piezas de archivo de Zara y reinterpretadas desde su universo creativo. Pero, ¿cuál es realmente el archivo de Zara? En el mundo de la moda, hablar de archivo es referirse a piezas que condensan la identidad de una marca y han dejado una impronta reconocible en el tiempo. Sin embargo, esta lógica se aleja de la esencia de la moda rápida, fundamentada en la apropiación acelerada de diseños ajenos y en una temporalidad marcada por el consumo inmediato y la obsolescencia programada. En este contexto, la posibilidad de que una pieza sea icónica queda prácticamente anulada.

Por eso, que Zara recurra al término "archivo" –tradicionalmente vinculado a las grandes casas de lujo– no es un gesto inocente, sino un intento de reconfigurar su posición simbólica. En un momento en que elultra fast fashion chino ha erosionado su sitio como referente de moda asequible, y en el que el propio sistema del lujo atraviesa una crisis de sentido, Zara parece querer desplazarse hacia un nuevo territorio: el de un lujo accesible pero aspiracional. Se dirige así a consumidores que buscan, a través del consumo, acceder simbólicamente a una posición social que no ocupan. La elección de Galliano –que llevó a la Alta Costura y Dior a una de sus cotas más altas– refuerza esta estrategia. Pero, en todo esto, ¿qué gana él?

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Un caso paradigmático de cancelación

El diseñador gibraltareño ha sido uno de los casos más paradigmáticos de la cancelación, después de que le despidieran de Dior a raíz de unas manifestaciones públicas filonazis que comportaron cuatro años de ostracismo. Parte del rechazo actual a su incorporación a Zara se construye todavía sobre ese episodio. Y, sin embargo, sin cuestionar su gravedad ni la legitimidad de las medidas iniciales, hay que tener en cuenta que Galliano ha reconocido el error, ha explicado el momento psicológicamente tan crítico que estaba viviendo y ha pedido disculpas públicas. Después de un largo período fuera del foco, volvió de forma progresiva y con un perfil bajo como director creativo de Margiela, evitando cualquier gesto triunfal. Una etapa que culminó en 2024 con una última colección que le reafirmaba como uno de los talentos más sólidos del momento.

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Sin embargo, la sospecha persiste y Galliano parece quedar fijado en ese episodio. Esto obliga a plantearnos qué pedimos, como sociedad, para que alguien sea realmente reintegrado. Si es imprescindible ser implacables frente a vulneraciones graves, también lo es saber cerrar los castigos. No todos los casos son equiparables, y existen –como los delitos sexuales– que no admiten restitución. Pero en otros, cuando hay reconocimiento, responsabilidad y arrepentimiento, debería existir una posibilidad real de retorno.

Quizá, al fin y al cabo, esta colaboración no habla sólo de moda ni talento. Habla de cómo distribuimos el valor y el castigo en una misma economía simbólica. De un sistema que lo transforma todo –las marcas, el lujo, las jerarquías– pero que, a la vez, es incapaz de modificar según qué relatos. Y es en esa contradicción, más que en la ropa, donde se revela el mundo que habitamos.