Ceuta, espejo roto entre Europa y África
Desde la entrada de decenas de miles de personas desde Marruecos hacia Ceuta, esta ciudad española en el norte de África se ha convertido en el epicentro de un problema existencial: Occidente se mira al espejo e identifica que el motivo de su crisis es la llegada de extranjeros no blancos. Mirando las cifras, no tiene mucho sentido. La Unión Europea, con 452 millones de habitantes, tiembla por la posible entrada de 5.000 personas, y vive cohibida por Marruecos, que explota políticamente su rol de guardián africano de las fronteras europeas. La monarquía marroquí monetiza el rechazo europeo a los migrantes africanos: cuanto más miedo en Europa, más quiere cobrar.Es lógico que la gente de Ceuta esté harta: recibir a miles de personas y tenerlas sin acceso a la comida y a lo más básico durante más de un mes no es una fórmula que pueda acabar en armonía y bienestar. Ellos –y las 141 personas que murieron cruzando la frontera– son las víctimas más directas de una crisis manufacturada por la falta de consenso político: viendo cómo gira el péndulo electoral, nadie quiere ser identificado como la persona que abre la puerta a los africanos, y la situación en Ceuta se va pudriendo. Por el camino olvidamos, incluso, las normas que nos obligan a procesar las peticiones de asilo de la gente que viene de una guerra, como es el caso de los sudaneses –como mínimo 150.000 muertos desde el inicio de una guerra civil en abril de 2023 que ya ha causado el hambre de 22 millones de personas, la mitad de la población del país–. Para quien crea que es una pena, pero que esto no tiene nada que ver con los europeos. Uno de los bandos de esta guerra civil, las llamadas Rapid Support Forces (RSF), cobraron en su momento de la Unión Europea por hacer control migratorio y cerrar el paso a los somalíes, etíopes o eritreos que querían llegar a Europa. La subcontratación, a largo plazo, refuerza a los monstruos.El precio del neocolonialismo
No sé cómo acabará la crisis de Ceuta. Quizás los migrantes sean retornados a Marruecos, quizás no. Sea como sea, el efecto llamada no acabará. El efecto llamada no es una declaración, una sentencia judicial o un cambio legislativo de un país europeo. El efecto llamada es que el PIB per cápita del África subsahariana es un 9% del de la Unión Europea. Mientras esto sea así y no haya vías seguras para viajar, lo único que se conseguirá es reforzar los mercados paralelos que ofrezcan la posibilidad de moverse –a menudo, explotando a los migrantes.Ceuta debería ser un toque de atención diferente. El pacto comercial de Europa con África está caducado y no se ha renovado desde la conquista colonial: la oferta que hacemos a los africanos es que nos llevaremos sus recursos y, a cambio, pagaremos a sus líderes para que contengan a sus poblaciones. Nosotros tendremos industria para manufacturar sus recursos –y los puestos de trabajo que esto genera–, y ellos no. Nosotros generaremos la energía que necesitamos con su gas, su petróleo y su uranio, y ellos no. Les venderemos armas para sostener a sus dictadores y a cambio estos podrán depositar –y gastar– sus fortunas en Europa. En sociedades dependientes de la exportación de recursos naturales en manos de empresas extranjeras –europeas, norteamericanas y chinas–, muchos jóvenes africanos no encuentran trabajo en ninguna parte y unos cuantos se marchan siguiendo el camino que antes han seguido sus recursos.Quien más claro tiene que la respuesta de la seguridad no puede ser la única es, a menudo, la policía que realiza el control fronterizo. Hace unos meses una fuente del sector me sintetizó su tarea de la siguiente manera: "Los flujos migratorios son como un río lleno de agua. Cuando tapamos un punto, el agua simplemente se mueve hacia otra parte".