Viaje a la zona cero del brote Ébola
Una remota ciudad minera se encuentra bajo asedio, mientras el personal médico lucha para frenar la ola de muertes e infecciones
Mongbwalu, República Democrática del CongoEn una sala estrecha y desvencijada dedicada a pacientes con Ébola, un niño de cinco años yace desnudo sobre un colchón, con un pañuelo en la nariz para detener una hemorragia incesante. Su padre lo mira de pie, con los ojos llorosos de preocupación. A pocas camas de distancia está el cuerpo de Christiane Bahati, de 21 años, que ha muerto hace siete horas, pero aún no se han llevado el cadáver. Sus zapatos continúan debajo de la cama, mientras los familiares lloran reunidos fuera.
El virus lleva meses extendiéndose sin ningún impedimenAfuera, unos golpes de martillo rompen el silencio. Cooperantes de Médicos Sin Fronteras plantan tiendas de aislamiento y estaciones de desinfección. El doctor Alex Bogole, médico congoleño de la unidad de cuidados intensivos, está indignado. El virus hace meses que se ha ido propagando sin ningún impedimento, "¿y esto es lo mejor que podemos hacer?", dice, visiblemente frustrado a través de su equipo de protección. Este es el epicentro del brote de Ébola en la República Democrática del Congo, y la primera línea está totalmente desbordada.
El ministerio de Sanidad congoleño declaró el brote el 15 de mayo, y ya es el tercero más grande de la historia. Dos semanas después, el virus avanza más rápidamente que la respuesta internacional. Los grupos de ayuda alertan que, sin una intervención urgente, podría ser el brote de Ébola más mortífero del mundo.
Llegué aquí con Arlette Bashizi, fotógrafa de
"La autopista del Ébola"
Llegué aquí con Arlette Bashizi, fotógrafa de The New York Times, después de un viaje de tres horas desde la capital regional, Bunia, por la que ya llaman "la autopista del Ébola": una pista de tierra destrozada por donde se propagó la enfermedad mucho antes de que se detectara. Mineros y desplazados que huyen de los rebeldes entran y salen libremente de Mongbwalu, y se convierten en un vector perfecto para la propagación del virus. Entre abril y principios de mayo, los médicos de Mongbwalu lucharon a ciegas contra una enfermedad misteriosa que se estaba llevando decenas de vidas. Resultó ser la variante Bundibugyo del virus del Ébola, para la que no hay ninguna vacuna ni tratamiento aprobado.
Hasta el martes, se cuentan 344 casos confirmados en el Congo —entre ellos, 60 muertos— y 116 casos sospechosos. En la localidad de Mongbwalu ha llegado a haber más de 400 de estos casos. Si están tardando tanto las pruebas es porque los kits de diagnóstico para esta variante son muy escasos y no hay ninguna zona de triaje. Por lo tanto, los pacientes que llegan por otros motivos corren el riesgo de contagiarse de Ébola. De hecho, es difícil saber quién está infectado porque los resultados de las pruebas se hacen en la capital regional, a unos 80 kilómetros, y tardan cuatro días o más en llegar, explica el director del hospital, el doctor Richard Lokudu. Entonces, muchos ya han muerto.
"Necesitamos los resultados inmediatamente", dice Lokudu. Los llantos llegan hasta su despacho. Explica que, varias veces al día, la noticia de la muerte de un paciente desata estallidos de dolor: familiares que gritan o se revuelcan por el suelo. Al menos 30 pacientes han muerto en el centro en los últimos 12 días, y muchos más han muerto en sus casas, explica el doctor.
Más allá del recinto hospitalario, la población está sumergida en el miedo y la confusión. Muchos se niegan a creer que el virus sea real: algunos dicen que es un negocio inventado por médicos locales y cooperantes extranjeros; otros lo atribuyen a una maldición. Los médicos recuerdan que los primeros síntomas del Ébola se parecen a los de la malaria o el tifus, de manera que cuando los pacientes llegan al hospital ya están muy graves y mueren enseguida, lo que alimenta la desconfianza.
Desconfianza
Una multitud furiosa se concentra delante de la puerta principal del hospital, custodiada por soldados armados. "¡Asesinos!", nos gritan al llegar, confundiéndonos con cooperantes extranjeros. Dos noches antes, unos asaltantes habían quemado una sala de aislamiento que Médicos Sin Fronteras acababa de instalar. En medio del caos, 18 pacientes sospechosos de Ébola huyeron, con el riesgo de propagar aún más el virus. "Estamos en una crisis terrible", lamenta un cooperante. "Estamos aquí para salvarlos, pero se piensan que queremos matarlos".
Hay otros factores que explican por qué Mongbwalu es el centro del brote. Los murciélagos de la fruta, que los científicos consideran el reservorio natural del virus Bundibugyo, anidan en los árboles de las afueras, lo que dispara el riesgo de transmisión. Además, la minería de oro y el conflicto bélico hacen que haya un flujo constante y variado de gente: mineros de otras provincias o países buscando trabajo, comerciantes, prostitutas y contrabandistas. Antes del brote, la ciudad era un refugio en una región muy inestable. Los desplazados rurales iban allí en masa buscando seguridad, y vuelven a sus comunidades, quizás ya infectados. "Es la tormenta perfecta", dice la doctora Esther Sterk, asesora de enfermedades tropicales de Médicos Sin Fronteras.
Lokudu cree que trató a una de las primeras víctimas del brote. El 6 de abril operó a una joven que había sufrido un aborto en un estado avanzado de gestación. Durante la cesárea, notó unas manchas de sangre extrañas en los órganos de la mujer. Seis horas después, ella murió. Las semanas siguientes, el personal médico que la atendió empezó a enfermar. La anestesista murió el 9 de mayo y la ayudante de cirugía al día siguiente. El mismo doctor Lokudu cayó enfermo los mismos días, pero sobrevivió. Quizás porque se había vacunado en el brote anterior, contra otra variante del Ébola.
El grupo que clama desde la puerta está formado por seguidores de Sylvestre Atama, un carismático predicador que murió el día antes, precisamente de Ébola. Sus fieles se habían concentrado en el hospital para llevarse el cuerpo y hacerle el funeral, pero el doctor Lokudu se negó. Los ritos funerarios tradicionales implican tocar el cadáver y se podía convertir en un foco de contagio masivo. La multitud lo atacó y apedreó su coche. Aquella noche, más de un centenar de hombres armados con machetes asaltaron el hospital para llevarse el cadáver del predicador. La policía y el ejército tuvieron que disparar al aire para repelerlos. La batalla duró cinco horas.
Los expertos de la OMS advierten que se tardará entre seis y nueve meses en desarrollar una vacuna contra esta variante. Mientras tanto, "tenemos que apañarnos con lo que tenemos", dice Lokudu. "Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará?". Se abren las puertas de la sala de Ébola y sale un trabajador de la Cruz Roja con el traje de protección que rocía desinfectante a su paso. Lo siguen unos voluntarios con una bolsa blanca sellada, donde están los restos de Christiane Bahati, la joven de 21 años que llevaba horas esperando en la sala. Los familiares se deshacen en llantos mientras gritan: "¡Dejadnos ver el cuerpo!"