Afganistán

Viaje al Afganistán que los talibanes no quieren que veas

Los talibanes prohíben que las mujeres estudien en el instituto o la universidad, las editoriales han cerrado y sólo se promueve el estudio del islam

KabulEste artículo forma parte de la serie 'Viaje al Afganistán que los talibanes no quieren que veas' que publica el ARA este abril y que firma nuestra enviada especial Mònica Bernabé.

Delante de los mostradores de facturación de la compañía afgana Kam Air en el aeropuerto de Dubai, hay una larga cola de hombres con maletas y bultos enormes. Todos visten el tradicional blusón ancho y pantalón bombacho musulmán, y llevan un casquete islámico en la cabeza. Algunos también lucen una larga cabellera, típica de los talibanes. Apenas hay una decena de mujeres, que son el blanco de todas las miradas.

El vuelo de Kam Air que enlaza Dubai con Kabul va casi lleno. Y eso que es un avión de los grandes, de los que hacen vuelos transoceánicos. A pesar de lo que se pueda pensar, hay mucha gente que viaja al Afganistán de los talibanes. Las filas delanteras del avión están reservadas para las mujeres y los niños. También sorprende que hay dos azafatas. Tras una cortina viaja el resto del pasaje. Todos hombres.

El avión llega a Kabul. En el aeropuerto hay alguna trabajadora mujer y en el hotel también son mujeres las que limpian las habitaciones. En la calle es increíble la transformación que ha experimentado la población de la capital en cuestión de poco más de un año y medio, desde que los talibanes llegaron al poder en agosto de 2021. Ahora no se ve ni a un solo hombre vestido de forma occidental. Todos van con el shalwar kamiz musulmán y algunos se han dejado crecer el pelo. Las mujeres llevan túnica negra hasta los pies, velo en la cabeza y mascarilla, aunque no hay ningún brote de coronavirus en Afganistán. Es la nueva imposición de los talibanes para obligarlas a cubrirse la cara, más aceptada en Occidente que el burka.

Para trabajar en Afganistán como periodista, se necesita una acreditación de prensa. Cuando los talibanes llegaron al poder, facilitaron el acceso al país de los periodistas extranjeros en un momento en que les interesaba dar una buena imagen internacional para ser reconocidos como gobierno legítimo de Afganistán. En la actualidad deniegan la acreditación a la mayoría de periodistas internacionales. Los que continúan en el país es porque la tenían de antes, pero deben pedir permiso a los fundamentalistas cada vez que se desplazan de Kabul a otra ciudad del país.

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Los talibanes denegaron la acreditación de prensa al ARA. A pesar de eso, este diario se quedó en el país. Este es el relato del Afganistán que los talibanes no quieren que veas.

En el barrio de Kart-e-char, en el oeste de la ciudad, los talibanes han cortado una calle y no dejan pasar a los vehículos. Van armados con Kalashnikovs y han colocado cuatro camionetas policiales atravesadas en medio de la calzada. Están registrando las casas una a una. “No es la primera vez que lo hacen”, comenta con cierto nerviosismo Shakiba (nombre ficticio), una joven de 19 años que vive con su familia en esa calle. No sabe qué buscan pero espera que no encuentren nada que la comprometa.

Shakiba se encarga de supervisar los proyectos de la organización catalana Ponts per la Pau, fundada por la conocida activista afgana Nadia Ghulam. Se dedican a promover la educación en un momento en que corren malos tiempos para la enseñanza en Afganistán. Los talibanes han prohibido la educación secundaria y superior a las mujeres. Solo permiten que las niñas estudien hasta sexto de primaria. Es el único país del mundo que pasa algo así. El pasado 28 de marzo incluso detuvieron al activista afgano Matiullah Wesa, que hacía campaña en el país a favor de la educación de las mujeres y tres días después tenía previsto intervenir en una conferencia en Ginebra para denunciar esta situación tan surrealista. Su silla quedó vacía.

Ponts per la Pau imparte clases a niños y niñas de educación primaria, algo que estaría dentro de la ley. Pero también a chicas a partir de 12 años, en contra de la prohibición. Por eso tienen que ir con tanto cuidado. Son clases clandestinas. Las hacen en casas particulares.

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Clases clandestinas

Desde el exterior parece una casa normal y corriente, que no llama la atención. En el patio interior de la vivienda, sin embargo, hay un montón de zapatos esparcidos ante la puerta de entrada. En una habitación alfombrada una mujer imparte clase a dos decenas de niñas y chicas. La mayoría tienen más de 12 años pero muchas hacen cara de más joven. Han sido expulsadas del instituto. Tienen prohibido estudiar aunque su sueño es convertirse en médicos, profesoras, ingenieras… Una incluso dice que quiere ser “astronauta”.

“Es arriesgado venir aquí pero ¿qué podemos hacer si no?”, se pregunta una de ellas, Nilofar, de 18 años. “En casa es muy difícil estudiar sola”, apunta Benafsha, de quince. Todas echan de menos a sus compañeras de clase, pero se sienten afortunadas de haber encontrado esta alternativa para continuar los estudios. Son la generación que nació después de la caída del primer régimen talibán en 2001 y que por primera vez en muchos años tuvo acceso a la educación sin restricciones. En cambio, sus madres son todas analfabetas.

“En casa estudian las asignaturas que les corresponde por curso, y aquí la profesora resuelve sus dudas. Además hacemos talleres de lectura, arte, salud…”, explica la supervisora cómo se organizan para que la clase no sea una olla de grillos con alumnas de edades tan diversas. “A los talibanes les hacemos creer que esto es una madrasa”, añade. Porque los fundamentalistas no permiten que las chicas estudien ni en el instituto ni en la universidad, pero sí en escuelas islámicas.

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De hecho, una de las consecuencias de la llegada de los talibanes al poder es que la sociedad afgana se está islamizando aún más si cabe, a pesar de que antes ya era especialmente conservadora. Tal vez es solo una impresión, pero ahora los altavoces de las mezquitas en Kabul suenan a más volumen que nunca cuando llaman a la oración. Los viernes se corta el tráfico en diversas calles de la ciudad para que los hombres puedan rezar en medio de la calzada, cosa que antes no ocurría. 

En todo caso, las chicas que van a las clases clandestinas se pueden considerar unas privilegiadas. “Cuando fui al instituto y las profesoras no me dejaron entrar en clase y me dijeron que regresara a casa, me puse a llorar”, explica Madina, de 13 años, tímidamente, con una vocecita casi imperceptible. Eso ocurrió el curso pasado. Tuvo que dejar los estudios cuando hacía séptimo, que sería lo equivalente en Catalunya a primero de ESO. Este curso tenía la esperanza de que los talibanes permitirían a las jóvenes estudiar, pero no lo han hecho, así que ya da el año por perdido. “En casa no hago nada. Ayudo a mi madre”, contesta de forma lacónica. “Espero que mi padre no me deje así y me lleve a algún país donde pueda estudiar”, añade.

Los sentimientos, a flor de piel

La madre, Breshna, rompe a llorar en cuanto se le pregunta por la educación de sus hijas. Aparte de Madina, tiene otra niña de 10 años. “Yo no pude estudiar y mi sueño era que ellas lo hicieran”, dice entre sollozos. Los sentimientos están a flor de piel en Kabul. En cuanto se plantea el tema de la prohibición de la educación para las chicas, alguien suelta una lágrima. Hasta Khadija, una niña de 8 años, rompe a llorar cuando cuando se le pregunta qué quiere ser de mayor. “Yo quiero ser jueza pero no sé si me dejarán”, contesta haciendo pucheros.

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En teoría en Afganistán los niños y las niñas se escolarizan a los 7 años y acaban la educación primaria a los doce. Pero eso no es matemático. Te puedes encontrar a niñas que tienen 10 años y ya han completado la educación primaria porque se incorporaron al colegio a una edad más temprana, y ahora no pueden seguir estudiando. Todo es posible en un país tan caótico.

Aparte están todas las chicas que completaron su formación y ahora se ven encerradas en casa, sin hacer nada. Es el caso de Aseya Sediqi, una joven de 22 años especialmente preparada: estudió periodismo y derecho. Trabajaba en una cadena de televisión hasta que los talibanes llegaron a Kabul. Ahora está sin empleo, desesperada, en casa. Su marido también se ha quedado sin trabajo y tienen una hija de 9 meses. “He perdido toda la esperanza. En este país no tengo ningún futuro”, lamenta. Ella también quiere emigrar a otro país.    

El 21 de marzo es día festivo en Afganistán porque se celebra el Año Nuevo –el país se rige por el calendario persa–. Sin embargo, los talibanes han eliminado la festividad y han decretado que ese día empieza el curso escolar. Pasearse por Kabul el pasado 21 de marzo era revelador. Las oficinas del gobierno, las escuelas y los lugares oficiales estaban abiertos. En cambio, la mayoría de tiendas tenían la persiana bajada. Los talibanes quieren una cosa, pero es evidente que la población quiere otra. Al menos en la capital.

“Claro que iré hoy al colegio. No quiero tener problemas. Supongo que los alumnos no se presentarán”, decía ese día Nilofar Ghaznawi, que es profesora en una escuela pública en Kabul. El 21 de marzo se dio esa paradoja: el profesorado acudió a las aulas, pero el alumnado, no.

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Casadas con 14 o 15 años

Ghaznawi impartía clase en educación secundaria pero, desde que los talibanes prohibieron a las jóvenes estudiar, se quedó sin alumnas. Continúa trabajando y cobrando un sueldo –aunque se lo han reducido ligeramente-, pero ahora hace de profesora auxiliar en primaria. Según dice, los talibanes no han cambiado el currículo escolar, pero niñas y niños van a clases separadas desde primer curso. Antes compartían aula hasta tercero.

“Ahora las alumnas de sexto intentan suspender para repetir y continuar yendo al colegio”, asegura. También dice que muchas de las alumnas que no pueden continuar estudiando las casan con solo 14 o 15 años.

De hecho, parece que los talibanes quieran eso: que las mujeres se casen, sean unas puras máquinas de engendrar hijos y se dediquen exclusivamente a las faenas de casa. Las familias en Afganistán siempre han sido numerosas: tienen seis, siete, ocho hijos. La planificación familiar casi no existe, pero ahora es aún más complicado. “Solo vendemos pastillas anticonceptivas si las prescribe un médico. Antes también necesitábamos receta, pero nos saltábamos la norma”, admite el propietario de una farmacia en el centro de Kabul. Preservativos casi no venden y hay farmacias que ni tienen.

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Nadie se salta las normas

Ahora nadie se salta las normas. Se nota incluso en el tráfico en Kabul. Muchos conductores acatan las órdenes de los guardias urbanos, cuando antes no les hacían ni caso. Aun así en el centro de la capital continúa el caos circulatorio. En la zona de De Afghana, los talibanes han proporcionado a los agentes porras largas para golpear la carrocería de los coches si los conductores no paran cuando se lo mandan.

Hacia mediodía algunos de los alumnos de la Universidad de Kabul salen de clase y en la entrada al campus hay un hormiguero de jóvenes. Todos hombres, evidentemente. “El primer día sí que protestamos cuando los talibanes prohibieron a las mujeres estudiar en la universidad, pero ahora ya no porque no queremos buscarnos problemas”, explica Akbar Khan, que tiene 24 años y es estudiante de cuarto curso de biología. “Es que en la universidad hay gente de mentalidad muy diversa y es difícil organizarse”, justifica otro, Fahim, también de 24 años pero que estudia periodismo.

Hamid, que tiene 16 años y aún va al instituto, se encoge de hombros y asegura que él no tiene ninguna razón para protestar: “Es que mi vida no ha cambiado. Estudio, juego a fútbol, salgo con los amigos, y voy al parque y al zoo”. Las mujeres, en cambio, no pueden hacer nada de eso. También han sido apartadas de la mayoría de trabajos cualificados y tienen prohibido trabajar para ONG, aunque la mayoría lo continúan haciendo desde casa. Esta semana los talibanes han añadido una restricción más: a partir de ahora las mujeres tampoco podrán trabajar para la ONU.

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Con este panorama, el sector editorial también ha resultado perjudicado. En el mercado de Joyshir hay un montón de paradas de venta de libros. Esta vez los talibanes no se han dedicado a arrancar las páginas con fotografías o a tachar las imágenes, como hicieron en su primer régimen. Continúan habiendo libros de todo tipo, incluso de dibujos. Sin embargo, los libreros se quejan de que no les salen los números. Las ventas han caído en picado desde que las chicas no pueden estudiar, y la crisis económica en Afganistán es galopante.

Spin Zahaar, que es propietario de la editorial Danish Publishing Association, que durante las últimas dos décadas ha publicado más de 2.800 libros, está a punto de vender toda la maquinaria de su imprenta. Ha dejado de editar. Y asegura que el resto de editoriales afganas están igual. Se puede decir que se está produciendo un exterminio cultural.

El centro de cultura y arte Kama era un lugar especialmente agradable en Kabul, con una pequeña sala de cine, una cafetería y una librería con decenas de libros, pinturas y esculturas. Ahora ya no queda nada, más allá de unos cuantos ejemplares cubiertos de de una capa de polvo en una sala vacía y deprimente. Su responsable, el joven escritor de 30 años Ahmad Zia Dehatashi, asegura que intentaron seguir con las actividades culturales a pesar de que los talibanes llegaron a Kabul. “Los jueves hacíamos recitales de poesía. Al principio venían chicas y chicos, pero los talibanes nos dijeron que las mujeres no podían asistir y lo continuamos haciendo solo para los hombres”, explica. Hace unos cuatro meses los talibanes volvieron a irrumpir en el centro cultural, detuvieron a un colega suyo escultor y a él le golpearon en la cabeza. Tiene diversas fotografías que muestran las heridas que sufrió.

Dehatashi solo quiere ahora salir del país. Sabe que su vida peligra. “Deseo que la comunidad internacional no hubiera venido nunca a Afganistán, porque no sabríamos nada de cultura, ni de libertad, ni de derechos humanos. Seríamos ignorantes y estaríamos mejor. Ahora sabemos que existe otra realidad pero los extranjeros nos han dejado tirados”.

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