Los crímenes medioambientales de la guerra en Ucrania

Contaminación, destrucción de ecosistemas y el riesgo de catástrofe nuclear, efectos colaterales del conflicto

BarcelonaEn Vietnam fue el agente naranja, en Kuwait los derramamientos de crudo y en Ucrania podría llegar a ser la radiación nuclear. Todas las guerras tienen nefastos impactos medioambientales y en el caso de la invasión rusa de Ucrania ya se están produciendo muchos, más allá de un peligro nuclear que todavía no se ha materializado. Este es no solo el primer conflicto armado en un país con grandes centrales atómicas, sino también el primero en un país europeo altamente industrializado, lo que genera también un grave riesgo de contaminación con efectos a largo plazo. Los bombardeos sobre plantas químicas o depósitos de combustibles son algunos de los episodios que ya están generando catástrofes ecológicas a pequeña escala, efectos colaterales de la guerra. En el juicio a los posibles "crímenes de guerra y contra la humanidad" que se acabe produciendo sobre Ucrania, es posible que se tenga que acabar añadiendo también el de "ecocidio", tal como ya alertó la fiscalía de Ucrania el día que las tropas rusas ocuparon la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa.

Una carta abierta firmada por 902 expertos y 156 organizaciones de 79 países alertaba ya hace unos días de los "impactos medioambientales potencialmente catastróficos de la guerra, que representan amenazas tanto inmediatas como a largo plazo para los derechos humanos, la salud, el bienestar y los medios de vida" de los ucranianos. En otra carta, 108 ONG denunciaban también los "riesgos graves para la salud medioambiental y para la biodiversidad, los ecosistemas y los recursos naturales de Ucrania" que representa esta guerra.

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En los primeros días de guerra, los ataques se concentraron sobre instalaciones militares, como almacenes de munición y armamento, y esto "ya originó una dispersión de metales pesados y materiales energéticos de toxicidad peligrosa", alertan las ONG, pero, a medida que la campaña militar rusa se ha ido centrando en el asedio y bombardeo de grandes ciudades industrializadas, los riesgos medioambientales se han ampliado. "La principal preocupación [medioambiental] son las grandes explosiones sobre zonas industrializadas, que tienen un potencial de polución muy alto que puede afectar también a la gente que vive cerca", explicaba al ARA el director de investigación del Observatorio de Conflicto y Medio ambiente (CEOBS, las siglas en inglés), Doug Weir.

El CEOBS ha contabilizado hasta ahora 192 ataques sobre instalaciones industriales, como el ataque sobre una planta química cerca de Sumy que a finales de marzo generó un escape de amoníaco que obligó a la población próxima a encerrarse en casa. Entre los muchos lugares atacados se cuentan, por ejemplo, un gran tanque de diésel cerca de Chernígov, en el norte; una terminal petrolera cerca de Sumy, en el este, y un depósito de combustible en Mikolaiv, en el sur. Todos generarron fuertes incendios emisores de mucha polución.

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El Donbás, la región del este donde se concentran ahora los esfuerzos militares –y donde el conflicto armado está abierto desde 2014, de hecho–, está altamente industrializada y a la vez es una de las regiones de minería de carbón más grandes del mundo, con unas 900 minas de carbón activas e inactivas. Un informe del OSCE alertaba ya en 2017 de los impactos que había tenido el conflicto en el medio ambiente de la región. Desde Dnipró hasta el río Don, más allá de la frontera entre Ucrania y Rusia, son más de 60.000 kilómetros cuadrados de cuenca de carbón, 13 veces más grande que la de Ruhr en Alemania. "Muchas de estas minas han sido cerradas de manera incontrolada y corren el riesgo de quedar inundadas, lo que generaría una contaminación de los acuíferos, que llegaría a los lagos y los ríos e incluso al agua de boca", explica Weir.

Además, el Donbás acoge "200 de las 465 instalaciones de almacenamiento de residuos industriales del país", en algunas de ellas se han abocado "sustancias tóxicas procedentes de la minería y la industria química y energética", según denuncian miembros de la organización ecologista Zoï Environment Network, con sede en Suiza, que calculan que el 80% de las industrias del área "tienen instalaciones peligrosas que suponen una amenaza medioambiental".

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También preocupa la pérdida de ecosistemas debido a esta contaminación o de los incendios forestales provocados por las explosiones, la destrucción provocada en el adelanto de tropas o las minas antipersona que han dejado atrás en muchos espacios. "Los combates en la Reserva de la Biosfera del Mar Negro, el área protegida más grande de Ucrania y un humedal catalogado por Ramsar [tratado internacional para proteger zonas húmedas], han generado incendios que se pueden ver desde el espacio", alerta la Sociedad Europea de Vida Salvaje. Varios países vecinos han alertado también en los últimos días del peligro que representan las minas navales o marítimas que han quedado en el mar Negro, a menudo a la deriva. Los ejércitos turco y rumano han detectado y desactivado algunas, pero estos artefactos –que a menudo no salen a la superficie, sino que quedan justo debajo– suponen un riesgo para el comercio marítimo, que ha quedado cortado para los pescadores de la zona y para el bioma marino.

Centrales nucleares y el crimen de "ecocidio"

Pero el riesgo medioambiental potencialmente más grave en esta guerra es el nuclear. Los soldados rusos ya han abandonado la central de Chernóbil, en su retirada total del frente norte de la guerra, y los últimos días han surgido imágenes de dron que prueban que durante su estancia excavaron en la zona de exclusión próxima a la central y removieron así una tierra todavía muy contaminada por la radiación. Rusia mantiene bajo control la central de Zaporiyia, en el sur del país, que es la más grande de Europa y tiene seis de los 15 reactores nucleares que hay en el país. "Pero más que los reactores en sí, que están muy bien protegidos, el peligro más grande está en las más de 3.000 barras de combustible nuclear gastado que se guardan al aire libre [dentro de contenedores de hormigón] cerca de la central", alerta Weir. Se trata de un material altamente radiactivo.

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"Ahora mismo el riesgo [de contaminación radiactiva] es local" más que el de un accidente donde la contaminación traspase fronteras como pasó en 1986 con Chernóbil, dice el experto, pero apunta también que el hecho de haber convertido las centrales nucleares en objetivo militar supone una prueba de fuego para el derecho internacional que regula los conflictos bélicos. La Convención de Ginebra ya prohíbe los daños medioambientales que tengan efectos graves y de largo plazo, pero con una redacción todavía demasiado ambigua.

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Desde 2013, de hecho, la Comisión de Derecho Internacional de la ONU lleva a cabo un proyecto para aprobar una nueva ley específica para la protección del medio ambiente en relación con los conflictos armados (Perac, las siglas en inglés). La nueva norma tendría que ser aprobada precisamente este otoño de 2022, en la Asamblea General de la ONU, pero algunos países como Estados Unidos, Israel, Francia y también Rusia ya se han mostrado contrarios a la nueva regulación internacional, mientras que España, Portugal, el Salvador, Líbano y los países nórdicos son los que más están presionando para que salga adelante, según un análisis del CEOBS.

Este proceso legislativo va en paralelo a la campaña que intenta introducir también el crimen de "ecocidio" dentro del Estatuto de Roma para que sea el quinto crimen que pueda ser juzgado por el Tribunal Penal Internacional. Sin embargo, para conseguirlo hace falta el voto favorable de dos tercios de los estados firmantes y después cada estado lo tiene que ratificar para que se pueda aplicar en su territorio.