La nación y Dios. Dios y la nación. Los 250 años de historia de los Estados Unidos se caracterizan por ambos conceptos, a veces complementarios, a veces contradictorios.
En 1776, las trece colonias que firmaron la declaración de independencia llevaban ya un año en guerra contra el Imperio Británico y no tenían ideas muy claras sobre su propio futuro. Solo existían dos puntos básicos de consenso: exigían su propia soberanía (juntas o por separado; faltaba acuerdo sobre esto) y rechazaban la tiranía, es decir, el poder de un solo hombre.
Simplificándolo mucho, la declaración de independencia se inspira en el espíritu de los primeros colonos, que habían abandonado Europa en busca de libertad religiosa, y en la mística sureña propia de Virginia. De aquí el famoso segundo párrafo, en el cual se coloca a Dios como patrocinador de unos ciertos “derechos inalienables”. En este texto, Dios aparece cuatro veces, como “creador”, como “juez supremo del mundo” o como “la divina providencia”.
La Constitución, aplicada desde 1789 (año de la Revolución Francesa), es un artefacto más frío y racional, vinculado al pragmatismo norteño de Boston y, en general, de Nueva Inglaterra. Tiene una articulación federalista antipática para el sur, más proclive a la confederación, lo que planta la semilla de la futura guerra civil (1861-1865). Y, muy importante: la Constitución no invoca a Dios ni incluye la palabra democracia. El objetivo es constituir una república gobernada por tres poderes independientes (ejecutivo, legislativo y judicial), lo que, en teoría, garantizaría la tolerancia religiosa y haría imposible un régimen despótico. Con los años, la realidad se encargó de complicarlo todo.
“Por supuesto. Toda nuestra historia nacional ha sido una historia de expansión”, dijo en 1899 el presidente Theodore Roosevelt. Desde la compra a Francia de Luisiana (1803), la conquista de parte de México (1848) y la compra a Rusia de Alaska (1867), los Estados Unidos no han dejado de crecer. De grado o por fuerza. Desplazó o aniquiló a las poblaciones nativas, ocupó desde 1898 las antiguas colonias españolas de Cuba y Filipinas y en el siglo XX se convirtió en potencia. Nunca hubo dudas sobre el “destino manifiesto”. George Washington, el primer presidente, definió la naciente república como “un imperio en su infancia”.Y este es el problema: un imperio no se dirige como una república. Una y otra vez, el presidente ha visto incrementados sus poderes para dirigir un imperio internacional en guerra casi constante. No fue muy diferente lo que pasó con la república romana, Julio César y la transformación en imperio.
Hasta hace relativamente poco, se mantuvieron las formas y un equilibrio relativo del poder interno. Después de la crisis de confianza de los años 60 y 70 (disturbios raciales, Vietnam, Watergate, ocupación de la embajada en Teherán), Ronald Reagan articuló una nueva visión imperial, que se reforzó en 1989 con la victoria de la Guerra Fría contra la Unión Soviética que culminó en 2001. Los atentados del 11 de septiembre permitieron a George W. Bush acumular un inmenso poder para declarar una “guerra contra el terror” sin plazos, sin límites geográficos y sin ningún otro objetivo que el de “vencer el mal”. Estos antecedentes permiten comprender mejor la naturalidad con que Donald Trump propone comprar o conquistar Groenlandia, absorber Canadá o establecer nuevos protectorados, como el de Venezuela.
Alianza divina
Ahora tenemos que ocuparnos de Dios. Hasta 1954, en las escuelas se recitaba diariamente el “juramento de fidelidad” a la bandera, la República, la nación indivisible, la libertad y la justicia. Dwight D. Eisenhower, un presidente que veía la Guerra Fría como un conflicto entre la religión y el ateísmo comunista, ordenó aquel año que se incluyeran en el juramento las palabras bajo Dios. “Una nación bajo Dios”. Hoy en día, todos los escolares recitan esta frase.
Ronald Reagan comprendió la capacidad de la religión para captar votos y transformar el país en un sentido conservador. Su alianza con los “telepredicadores” durante los años 80 ha perdurado en el tiempo y, poco a poco, las iglesias protestantes y el Partido Republicano han formado un eje sólido. Recordemos que las iglesias protestantes en Estados Unidos tienen un propósito religioso y un propósito mercantil. Un sacerdote católico no se hace millonario, por más fieles que acudan a sus ceremonias. Un cura cobra un sueldo. Un pastor pentecostal o bautista (por poner dos ejemplos entre las muchas corrientes en auge) con su propio programa de televisión y sus millones de seguidores en redes puede hacerse multimillonario gracias a las donaciones. Un telepredicador de éxito viaja en avión privado. Lógicamente, este pastor predicará que Dios está con el capitalismo y la reducción de impuestos a los ricos.
¿Por qué un tipo tan alejado de la religión y de las buenas obras como Donald Trump recibe tantas bendiciones de los pastores protestantes? Porque su alianza es política y ajena a consideraciones divinas. En el movimiento ultraconservador Tea Party (2009) se cristalizó la alianza de religiosos, libertarios, racistas, xenófobos, millonarios y tecnomagnates autoritaristas frente a un enemigo común que representaba todo lo que rechazaban: Barack Obama.Trump es un fruto del Tea Party. Su movimiento, el famoso "Hagamos que América vuelva a ser grande" (MAGA), no es mayoritario, ni de lejos. Tampoco el nuevo fanatismo religioso es mayoritario. Pero ambos fenómenos tienen seguidores muy activos, ruidosos y, cuando conviene, violentos (recordad el asalto al Capitolio).
Al cabo de dos siglos y medio, la idea de nación flaquea ante la evidencia imperial y la tolerancia religiosa pierde terreno ante el fanatismo de las sectas protestantes. Perdura el viejo conflicto.