Trump, creyente confeso, puede que pueda encontrar consuelo en un mantra bíblico: los caminos de la guerra son inescrutables. La consigna debería sonarle. Los generales del Pentágono le habían advertido del elevado riesgo de enfangamiento que suponía una operación contra Teherán. Cuatro semanas de bombas después, el barro es innegable, la guerra nunca ha ido como el presidente imaginaba, y Washington se encuentra en una posición complicadísima, en el umbral del fracaso geoestratégico.
El régimen iraní ha conquistado dos factores que, en aritmética bélica, son oro: el tiempo y el relato. Son Estados Unidos, y no Irán, los que tienen prisa por acabar la guerra, presionados por una crisis energética virulenta que amenaza con asfixiar a economías de todo el mundo. La estrategia de Teherán no ha virado desde el primer día: alargar y esparcir al máximo el conflicto para multiplicar sus impactos. El cierre de Ormuz ha sido la piedra filosofal geoestratégica de los ayatolás. El ejército iraní recordaba ayer que solo su "voluntad" –y la de nadie más– hará que el precio del petróleo baje. Teherán está embravecido.
Con los relojes en contra, el relato de la Casa Blanca ha entrado en modo desesperación. Trump no sabe cómo cantar victoria ante los ayatolás. Ninguno de los grandes objetivos de Washington –o de Tel Aviv– se han cumplido: el régimen iraní sigue estructurado, resistiendo y quién sabe si reforzado en la calle por el efecto de los misiles extranjeros; los bombardeos diarios contra Israel y los aliados yanquis del Golfo muestran que el músculo militar de Teherán es todavía robusto; y Estados Unidos se ha quedado solo y estéril en el intento de reabrir Ormuz. La lista de despropósitos para el republicano puede ser más larga.
Si la ofensiva contra Irán ya contradecía algunos fundamentos del trumpismo –el'America first y los clamores para el Nobel de la Paz–, llegados a este punto, el diagnóstico está oscuro: todo lo que no pueda ser vendido como una victoria explícita para Trump será leído como una derrota. "No llames acuerdo a tu derrota", le reprochaba un portavoz de la Guardia Revolucionaria iraní. Teherán, hay que insistir, está embravecido.
Nos adentramos, pues, en horas decisivas de esta guerra. El calendario es caprichoso. El fin de semana se cumplirán dos ultimátums: el que se autoimpuso Trump anunciando, al principio de todo, que la operación Teherán duraría cuatro semanas, y lo que ha impuesto en la dieta iraní para que reabra el estrecho de Ormuz. Irán no reabrirá Ormuz y la guerra no parece que deba acabar el sábado.
La pregunta es inevitable y también inescrutable: ¿qué hará Washington?
En los últimos días, la Casa Blanca ha flirteado con dos apuestas contradictorias. Las consecuencias de cada opción son tan distintas que nos llevarían a realidades directamente opuestas. He aquí la magia negra del trumpismo.
Primera apuesta, la diplomacia. Fruto de la presión, los estadounidenses parecen activar la vía negociadora. El plan de paz de 15 puntos que Trump ha hecho llegar a Teherán a través de Pakistán –otro país en guerra, por cierto– puede ser un inicio para la conversación. Los iraníes le rechazaban de inmediato porque argumentan que está lleno de demandas inasumibles, pero la prensa estadounidense desprendía optimismo anoche. La CNN filtraba que Washington quiere reunirse con representantes iraníes este fin de semana. Trump decía el martes que Irán está deseando cerrando un acuerdo. Desde Washington, intentarán vender cualquier acuerdo como éxito. Desde Irán acusan al presidente de ser un mentiroso compulsivo y exigen que el acuerdo debe adaptarse a sus requisitos. Desde Tel-Aviv, dicen que las conversaciones están condenadas al fracaso. No es una lectura objetiva: Netanyahu es el principal interesado en que las bombas sigan.
Segunda apuesta, la escalada. Fruto del enfangamiento, los estadounidenses amenazan con intensificar la guerra. Washington ha multiplicado el envío de más soldados a Oriente Medio, ha invocado la amenaza nuclear y difunde proclamas incendiarias. "El presidente Trump no se arruga y está preparado para desatar un infierno", decía ayer la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, la también muy incendiaria Karoline Leavitt. En este punto, la apuesta 1 y la apuesta 2 se tocan. Los iraníes creen que el acercamiento diplomático de Trump es una trampa y que Estados Unidos se prepara para una acción de guerra más contundente. Los iraníes tienen motivos para desconfiar de Trump: el republicano es especialista en empezar a bombardearlos mientras negocia.
La decisión final está sobre la mesa de un presidente herido de orgullo, bastante acorralado y que detesta perder. Ninguna de las dos apuestas son ganadoras para Trump. La política del republicano depende de la fuerza que le otorga la victoria. Si finalmente no encuentra el triunfo en Irán, se marchará como pueda y le buscará peligrosamente en otro lugar, sea Cuba o Ucrania.
Los caminos inescrutables de la guerra suelen ser peligrosos.