Reino Unido

Brexit, año tres: más británicos quieren reincorporarse a la UE

La situación económica de Reino Unido provoca que la mayoría de los británicos que votaron a favor de irse se hayan arrepentido

LondresHace tres años que Reino Unido abandonó oficialmente la Unión Europea. A las 11 de la noche hora de Londres del 31 de enero de 2020, una más en Bruselas, una gran bandera de la Union Jack, la británica, se proyectaba sobre la fachada de Downing Street, entonces ocupado por Boris Johnson. A un par de centenares de metros, en la plaza del Parlamento, con el testigo silencioso de la estatua de Churchill, por un lado, y el repicar del Big Ben del otro, entre 5.000 y 10.000 fieles al divorcio escuchaban a los propagandistas del movimiento. El extremista Nigel Farage y ultraconservadores como Jacob Rees-Mogg decían adiós a la Unión y proclamaban el nacimiento de una nueva era.

El Daily Mail y el Daily Telegraph, dos de los diarios más beligerantes contra Bruselas, lo habían avanzado en las portadas de aquella mañana. "Una nuevo amanecer para Gran Bretaña", sostenía el primero. "No es ningún final, sino un comienzo", decía el segundo, en boca de Johnson, artífice de un sueño imperial que ha acabado convirtiéndose en una pesadilla.

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Uno de los orígenes de la decisión antieuropea hay que situarlo, entre otros factores, en las condiciones de enorme presión contra los servicios sociales creadas durante el periodo de austeridad impuesto por los gobiernos conservadores de David Cameron. El divorcio se hizo realidad después de una campaña muy emocional basada en falsedades. Ahora, siete años después del referéndum, la opinión pública se ha dado cuenta. El profesor John Curtice, de la Universidad de Strathclyde (Glasgow), la máxima autoridad en demoscopia del Reino Unido, afirma que, de media, las encuestas sugieren que el 57% votaría a favor de la reincorporación a la UE, mientras que solo el 43% querría quedar fuera.

Promesas y mentiras

Durante la campaña del referéndum, los partidarios de salir de la UE afirmaron que Reino Unido enviaba 350 millones de libras a la semana a Bruselas y que, en caso de Brexit, este dinero se reinvertiría en la NHS (el servicio público de salud). La afirmación fue desmentida por la Oficina Nacional de Estadística del Reino Unido. Y el tiempo ha desmentido también la promesa de Londres de fortalecer la sanidad británica, que vive una crisis enorme. Prueba de esto es que el próximo lunes vivirá la peor huelga de su historia: médicos, conductores de ambulancias y enfermeras a la vez.

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La inmigración y el control de las fronteras fueron otras de las ideas con las que los brexiters apelaron al voto. Desde 2004, con la incorporación de Polonia a la UE, Reino Unido ha acogido más de un millón de inmigrantes de países del este de Europa. La crisis de 2008 también trajo a centenares de miles de personas del sur de Europa. En muchas zonas del país, los inmigrantes se han visto con resentimiento: como competidores por los puestos de trabajo y como culpables del deterioro de la sanidad y la educación, socavadas por la falta de inversión de los gobiernos conservadores.

Ahora la situación ha cambiado radicalmente. Por un lado, Reino Unido sigue sin poder controlar sus fronteras, como demuestra la llegada de migrantes sin papeles y los planes de expulsarlos a Ruanda y otros países. Por el otro, el mercado laboral se resiente de la falta de mano de obra. El think tank UK in a Changing Europe publicaba un estudio a mediados de enero que sostenía que faltan 330.000 trabajadores y que esto está lastrando enormemente la economía.

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La economía, afectada

De hecho, según ha informado este martes el Fondo Monetario Internacional, el Reino Unido tendrá un crecimiento negativo en 2023. De acuerdo con el análisis publicado esta semana por Bloomberg, el Brexit está costando a la economía de Reino Unido 100.000 millones de libras al año por la manera en la que se ha implementado, sin acceso al mercado único. Las empresas sufren para atraer inversiones. Reino Unido ha crecido un 19% menos que la media de las economías del G-7. Las exportaciones no han aumentado y el esperado acuerdo comercial con Estados Unidos todavía no se ha materializado. Los que se han firmado, con Japón, Australia o Nueva Zelanda, no suponen ni el 0,9% del comercio que había antes con la UE.

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A pesar de las evidencias, el debate no cuaja políticamente. Algunos medios de comunicación lo abordan, pero para la oposición laborista es un tema tabú. Su líder, Keir Starmer, no quiere ser tildado de proeuropeo en un momento en el que lleva una ventaja en las encuestas de 25 puntos, pero cuando todavía faltan casi dos años para las elecciones. Si la situación económica sigue deteriorándose, el eslogan que ha adoptado el laborismo, "hay que hacer que el Brexit funcione", el mismo de los conservadores, se demostrará, una vez más, una quimera.

En los próximos dos años se juega el destino de Reino Unido. O convertirse en el paraíso de la desregulación, un Singapur en el Támesis, objetivo total de los brexiters, y que provocó la caída de Liz Truss por la respuesta de los mercados, o bien acercarse de nuevo a la Unión Europea.