Ucrania: tiempo ganado y años perdidos
Barcelona¿Quién iba a decir hace cuatro años, cuando tuvo lugar el ataque ruso a Ucrania, que el 14 de julio de 2026 unidades ucranianas desfilarían por los Campos Elíseos de París con aire no ya victorioso, pero sí satisfecho. Esperanzado. Los drones de Ucrania no paran de hacer daño a Rusia y Putin se sigue refugiando en la retórica y en los misiles que estallan en Kiev. Pero esta crisis –quizás la del comienzo del final de la guerra– también evidencia las carencias democráticas del régimen que gestiona Volodímir Zelenski. El último episodio ha sido la destitución del ministro de Defensa, Mikhailo Fiódorov, y de rebote la del jefe de la cúpula militar, Oleksandr Sirski, que es quien lo exigía. Echandole Fiódorov, el presidente ucraniano se deshace de un rival, pero pierde a uno de sus mejores estrategas con mucho apoyo en las calles de Kiev. Un conflicto que da indicios de cómo quedaría Ucrania si finalmente Putin lanzara la toalla. O bien las densidades del Kremlin lo obligaran a lanzarla.
Con más de seis millones de refugiados, decenas de miles de muertos y una caída del PIB superior al 50%, Ucrania necesita sobre todo que la Unión Europea despliegue un plan de reconstrucción económica y social equivalente al que fue el Plan Marshall para Alemania después de la derrota del nazismo. Y administrar esta ayuda –gran parte de la cual iría a fondo perdido– invita a los fantasmas asociados a la guerra a asomar la cabeza desacomplejadamente. Quien ha hecho sonar la alerta es el dramaturgo alemán Fabian Scheidler, que en su libro El estado de guerra no se está de decir que el ataque a Ucrania fue un crimen evitable. Scheidler advierte a continuación que Ucrania y Rusia tienen un punto en común: ambos son países corruptos, en los que las élites extractivas transitan toda la sociedad. Y siempre ha sido así: la larga y heroica lucha de Ucrania por la soberanía ha sido incapaz de ocultar que es un país donde la democracia no ha arraigado nunca.
La Rusia de Lenin se anexionó Ucrania en medio del descalabro de la guerra civil y en 1922 la incorporó a la URSS. Una anexión a medio camino entre el protectorado y la colonización, y sometida a la represión bajo el estalinismo. Matanzas que culminarían en el Holodomor –en ucraniano significa matar de hambre–, el exterminio de millones de personas, campesinos y opositores, entre 1932 y 1933. Un genocidio que sería el impulso para colaborar con Hitler cuando invadió la Unión Soviética. Muchos ucranianos querían vengarse de los verdugos estalinistas, sin darse cuenta de que sus aliados nazis también eran criminales.
Después de décadas arrastrando el pecado de la colaboración con los nazis –Putin aún lo utiliza–, el colapso de la Unión Soviética en 1991 da a Ucrania la oportunidad de ser un estado independiente. Pero el optimismo que esparció el primer presidente Leonid Kravchuk duró poco. La nomenclatura postsoviética, de la mano del presidente Leonid Kuchma, recuperó el control del aparato del estado, y con la llegada de Putin al Kremlin articuló una nueva satelización. De muy poco serviría la llamada Revolución Naranja de 2005: el nuevo presidente, el demócrata Víktor Yúshchenko, solo duró un mandato. El sustituto Víktor Yanukóvich, un hombre de Putin, rompe las negociaciones de asociación con la Unión Europea y se posiciona con Moscú. La respuesta de la calle es la revuelta, Maidán, que tampoco servirá para establecer una democracia ucraniana. Estamos en 2014 y el Kremlin se anexionó Crimea y ataca las regiones del Donbás. Entonces emergen todos los elementos que conducirán a la guerra en febrero de 2022. Putin ya había advertido que Ucrania no era ninguna nación: era solo una región del imperio y así la trataría.