Análisis

Dos grandes cambios que Putin ya ha provocado con la invasión de Ucrania

Las consecuencias de esta guerra insistentemente anunciada marcarán el camino de un orden global que vuelve a tambalearse

BarcelonaSe necesitarán años para poder entender cuál habrá sido el impacto de la invasión que Vladímir Putin puso en marcha el 24 de febrero de 2022 contra sus vecinos ucranianos. Las consecuencias de esta guerra insistentemente anunciada, que ni el mismo Volodímir Zelenski se quiso creer, marcarán el camino de un orden global que vuelve a tambalearse mientras caen bombas sobre civiles que huyen después de meter toda su vida en una maleta. Pero solo dos semanas después del inicio de la ofensiva rusa, hay dos grandes cambios que ya se pueden dar por hechos.

¿Un nuevo Telón de Acero? 

La drástica fuga de empresas que está castigando al país de Vladímir Putin y que amenaza de muerte a la economía rusa tendrá un impacto social gigante. Si la apertura del primer McDonald’s en Moscú, el 31 de enero de 1990, se entendió como el preludio de un cambio de era -la URSS agonizaba, Rusia se abría, el capitalismo entraba y miles de personas hacían cola delante de un restaurante para comprar hamburguesas hechas en Estados Unidos-, el cierre de todos los McDonald’s que hay en el país, anunciado el martes, anticipa otro: después de décadas de apertura hacia Occidente, Rusia vuelve a aislarse. Y lo hace de manera exprés. McDonald’s no es el único emblema del capitalismo que abandona Moscú, temporalmente, como represalia por la invasión de Ucrania. Los rusos tampoco podrán comprar muebles en Ikea, pantalones en Levi Strauss, zapatos en tiendas Nike ni vestidos en Zara, Mango y H&M. No podrán tomarse un café en un Starbucks, mirar la última serie de Netflix o comprarse un iPhone en una tienda Apple. Y tampoco podrán saber qué dicen de ellos los grandes medios internacionales, porque la mayoría de periodistas se han marchado del país asustados por una ley que considera fake news todo aquello que se aleje del discurso oficial del Kremlin. Son solo algunos ejemplos.

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Se ha levantado un nuevo Telón de Acero. Y, a pesar de que todavía es pronto para saber la altura y la resistencia que tiene, queda claro que condicionará la vida de una sociedad rusa que, mayoritariamente, se sentía muy cómoda viviendo como se vive en Occidente. Quizás por este motivo ya hemos visto imágenes de ciudadanos rusos haciendo las maletas y huyendo de Rusia. No quieren vivir en un régimen cada vez más dictatorial, que se asfixia económicamente y que se condena a vivir de espaldas a un mundo cada vez más conectado. Con los aeropuertos prácticamente inhabilitados -muchos vuelos han sido cancelados por las sanciones-, el precio de los aviones hacia Estambul se ha multiplicado por diez. Y por carretera, hay problemas para encontrar billetes para subir al tren que une San Petersburgo con Helsinki. 

A todo ello hay que sumar las contundentes sanciones de Occidente: desde el cierre del espacio aéreo a las aerolíneas rusas hasta la expulsión de algunos bancos del sistema de transferencias internacionales Swift o la prohibición de Estados Unidos de importar gas, petróleo y carbón rusos. Rusia es mucho más pobre hoy que hace tres semanas cuando Putin todavía no había decidido pulsar el botón de la guerra. La agencia Fitch califica de "imminente" el impago de la deuda pública rusa, el rublo continúa hundido, el paro aumenta, algunos cajeros automáticos se han quedado sin dinero y los precios, en algunos casos, se han incrementado hasta el 40%. David Frum, analista de The Atlantic, lo resumía en pocas palabras: “Putin ha destruido 25 años de crecimiento económico en una semana”. Y aquí hay un gran riesgo: el Kremlin cree necesario conseguir un triunfo militar importante en Ucrania para compensar la bofetada económica. Esto puede costar muchas vidas. Y Putin tendría que saber que, en ningún caso, servirá de consuelo para la inmensa mayoría de los rusos. Más bien al contrario.

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Europa pierde la inocencia 

Lo explicaba esta semana el alto representante de la política exterior de la Unión Europea, Josep Borrell. Desde el final de la Guerra Fría, los países europeos han reducido el gasto en defensa del 4% del PIB al 1,5%. No nos tendría que extrañar: buena parte de Europa se pensaba que una gran guerra no volvería a martirizar al continente y, por lo tanto, invertir dinero en asuntos militares había dejado de ser una gran prioridad. Pero estos días estamos viviendo un cambio de rumbo que comenzará una nueva época. Los gobiernos europeos se rearman después de que la invasión rusa de Ucrania haya despertado fantasmas del pasado. Quizás quien lo ha sabido sintetizar mejor ha sido el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, que el viernes venía a decir que lo que “ha consagrado” el ataque de Moscú contra los ucranianos es “el nacimiento de la defensa europea”. 

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Versalles –precisamente, Versalles– ha vivido esta semana otro momento trascendental. La cumbre de la Unión Europea, celebrada el jueves y viernes en este municipio francés, acababa con un compromiso histórico: los veintisiete miembros de la UE acordaban “incrementar sustancialmente el gasto en defensa” para hacer frente al “cambio tectónico” que “la agresión rusa ha supuesto para la historia europea”. Habrá que seguir bien de cerca en qué se traduce, país por país, esta declaración conjunta, pero lo que queda claro es que Europa se ve forzada a mutar porque el contexto y el horizonte de los próximos años también lo ha hecho. “Estamos de acuerdo en que tenemos que hacer más para garantizar la seguridad en Europa. Todos tenemos que gastar más en defensa de lo que gastábamos hasta ahora”, decía el canciller alemán, Olaf Scholz, el viernes en Versalles. Alemania fue el primer país europeo en anunciar un giro, inédito, en su política de defensa. Días después de la invasión rusa, Berlín decidía invertir 100.000 millones de euros en armas y aumentar el gasto militar hasta el 2% del PIB. Dinamarca ha seguido los pasos alemanes y también la neutral Suecia, que, como Finlandia, no es miembro de la OTAN y pide ser protegida por la solidaridad europea. “Me gustaría gastar el dinero de los impuestos de los suecos en escuelas, hospitales y pensiones, pero desafortunadamente ahora hay que gastar más dinero en defensa”, confesaba la primera ministra sueca, Magdalena Andersson.

Diversos líderes europeos hablan ahora de una “nueva realidad”, un concepto que se había popularizado en los últimos meses para hacer referencia a la vida que nos espera después del estallido del covid-19. No ha habido tiempo de conocerla. Las dos crisis más graves de la historia de la Unión Europa –la pandemia y la invasión de Ucrania– han venido literalmente seguidas. Probablemente, solo se puede hacer una lectura positiva, la que nos lleva a las palabras de Jean Monnet, uno de los padres de la Unión Europea: “Europa se forjará en las crisis”. Y, efectivamente, la UE se está forjando, se está reforzando y está recordando su utilidad y su necesidad de ser más soberana e influyente dentro del tablero global. Lástima que para llegar hasta aquí haya necesitado un baño de realismo político. Europa ha perdido la inocencia solo después de ver amenazado todo aquello que durante tantos años se había dado por superado.

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