El fin del experimento kurdo, un aviso para los drusos

La ofensiva del gobierno sirio contra los kurdos confirma que Al Sharaa cierra la puerta a cualquier autonomía

Una manifestante kurda protesta en Estambul contra el aplastamiento de los kurdos en Siria.
30/01/2026
4 min

BeirutDurante una década, el río Éufrates funcionó como una frontera invisible dentro de Siria. En el este, una región bajo control de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), dominadas por milicias kurdas, había construido una autonomía de facto con apoyo estadounidense y bajo la justificación central de la guerra contra el Estado Islámico (Daesh). En el oeste, Damasco esperaba su oportunidad de volver. A principios de este año, la línea se ha roto. Las fuerzas gubernamentales atravesaron el río y el mapa territorial del noreste empezó a deshacerse.

El anuncio de este viernes de un acuerdo integral entre las FDS y el gobierno sirio no hace sino formalizar una dinámica que llevaba semanas en marcha. El entendimiento prevé el despliegue gradual de fuerzas de seguridad estatales en ciudades clave del noreste y la integración de las estructuras militares kurdas dentro del aparato estatal. Según los términos conocidos, los combatientes kurdos se reorganizarán en tres brigadas integradas en el ejército sirio, bajo mando central. Más que un giro inesperado, el acuerdo confirma la pérdida de margen político y territorial de la administración kurda.

La caída progresiva de las posiciones kurdas en el noreste no sólo redefine la orden militar, sino que también envía un mensaje político al resto del país. En especial en el sur, donde la comunidad drusa de Suwayda explora desde hace meses fórmulas de autogobierno. Lo ocurrido en el noreste funciona como advertencia para esta minoría con lazos históricos con Israel. El mensaje del presidente sirio autoproclamado, Ahmed al Sharaa, por supuesto: la ventana para negociar autonomías se estrecha.

"La cuestión kurda ya no es un asunto militar, es un problema de integración política", resume Sihanok Dibo, representante de la administración autónoma kurda del noreste de Siria. Su diagnóstico llega cuando el margen de maniobra de las FDS es más estrecho que nunca. Tras ser expulsadas de Alepo, perdieron posiciones en Deir ez-Zor y Raqqa. Las tribus árabes se sublevaron contra su control. El acuerdo del 18 de enero con Damasco –retirada en el este del Éufrates a cambio de garantías políticas– se rompió en cuestión de días. El pacto anunciado busca ahora cerrar la fase de inestabilidad.

EEUU cambia de bando

Así, Washington, que durante años protegió el experimento kurdo, apoya ahora una Siria reunificada desde Damasco. Y Turquía, que considera a las milicias kurdas una amenaza estratégica en su frontera, ve cumplido un objetivo largamente perseguido. El resultado es un cambio de equilibrio regional que deja a los kurdos sin padrinos externos sólidos.

La consecuencia inmediata es la redefinición del papel de las FDS. Hasta ahora, su principal carta era la custodia de miles de prisioneros del ISIS en prisiones del noreste. Este rol garantiza protección occidental. Pero con el repliegue de sus fuerzas y la transferencia progresiva de estas prisiones al estado sirio, esta función se diluye. Dibo advierte que, si esta transición no se gestiona con cuidado, "el Estado Islámico podría recuperar espacios de reorganización en las zonas desérticas del este sirio".

La incertidumbre se vive con especial intensidad en Kobane, ciudad símbolo de la resistencia kurda frente al Daesh en el 2014. Su futuro depende de acuerdos aún incumplidos entre las FDS y Damasco. El plan anunciado prevé retirar a las fuerzas kurdas pesadas y desplegar policía local afiliada al ministerio del Interior sirio. Sin embargo, persisten temores a represalias ya la entrada de milicias externas en la ciudad, alimentados por denuncias de saqueos y ejecuciones registrados en otras zonas tras la retirada de las FDS.

Mientras el noreste se reconfigura, en el sur del país la comunidad drusa observa atentamente. En Suwayda, líderes locales han impulsado demandas de autonomía y protección frente a un estado central todavía percibido como frágil. Pero el adelanto de Damasco contra la autonomía kurda modifica la correlación de fuerzas. Si el gobierno logra consolidar su control en el noreste, su posición negociadora frente a Suwayda se reforzará.

Una Siria centralizada

A esto se le añade la postura israelí. En el sur, Israel mantiene una estrategia clara para garantizar una franja de seguridad en el norte de los altos del Golán. Esa prioridad pesa más que su apoyo ocasional a minorías locales. Un diplomático occidental en Damasco resume que Israel puede mostrarse flexible con arreglos políticos internos, pero no con su cinturón de seguridad.

En contraste, el proyecto de fragmentar Siria en entidades autónomas pierde apoyo internacional. Turquía, Arabia Saudí y Estados Unidos apuestan ahora por una Siria centralizada, con acuerdos puntuales para integrar minorías. Rusia, debilitada tras la caída de Al Asad, apoya públicamente a "la restauración de la integridad territorial siria", como declaró recientemente Vladimir Putin tras recibir en Moscú a su homólogo sirio.

Siria entra así en una nueva fase. Dos años después de la caída del régimen de Bashar el Asad y la llegada de Al Sharaa a Damasco, la disputa ya no gira en torno a quién controla el estado, sino de cómo se reorganiza. El Éufrates ha dejado de ser una frontera de guerra. Ahora es la referencia de una negociación sobre el reparto del poder, los límites de la autonomía local y el modelo de estado que emergerá de la posguerra. Para Suwayda, la lección del noreste está clara.

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