El yo gana terreno: cada vez somos más individualistas
Esta tendencia está creciendo entre los colectivos con menos recursos
BarcelonaA primera hora de la mañana. No hay sitios para sentarse, excepto el de un pasajero que ocupa el asiento de al lado con la mochila. Muchos viajeros van de pie. Los usuarios del transporte público seguramente han vivido esta escena más de una vez. Una situación, sin embargo, que puede generar dos respuestas. En uno de los escenarios, el pasajero retira la mochila y deja espacio para sentarse. La implicación implícita de esta acción es que el espacio es común y el grupo es más importante que el confort personal. Una acción que transmite complicidad para el viaje (y el sufrimiento por los retrasos), entendida como un acto de acción colectiva. Sin embargo, también hay otro escenario: el pasajero no saca la mochila, mientras desvía la mirada a la ventana o al móvil, intentando que no le interpelen. "Este es mi espacio hasta que alguien no lo reclame". Muchos no lo harán para evitar la confrontación.
Dos escenarios populares vinculados a dos patrones culturales: la priorización del grupo (el primer caso) o del individuo (el segundo). En Cataluña, durante buena parte de nuestra historia, ha habido una estructura familiar patrilocal, un sistema social basado en la proximidad física, cultural y de relaciones con los padres y abuelos. Una red de relaciones que se empieza a erosionar con la industrialización y el crecimiento de las ciudades, pero que ha creado un capital cultural en el que ciertos elementos colectivos, como la familia o las amistades cercanas han modelado las actitudes y el comportamiento. No en vano, Cataluña y el sur de Europa son unos de los territorios europeos donde las actitudes colectivas son todavía predominantes.
El individualismo gana terreno
Sin embargo, las actitudes colectivas no están de moda. El individualismo, la tendencia a poner el foco en lo que nos ocurre a nosotros y no tanto en nuestro entorno, va ganando terreno. Antes el individualismo estaba ligado al progreso económico y era un rasgo más bien de la clase media y alta. Actualmente, sin embargo, también está creciendo entre los colectivos con menos recursos. Es decir, la creencia de que el esfuerzo permite superar las crisis o que las acciones individuales tienden a ser buenas sin preocuparse por posibles implicaciones negativas colectivas es cada vez más habitual.
En los últimos años el grado de confianza interpersonal de los catalanes ha caído de forma importante entre la generación Z (las personas nacidas entre el 1997 y el 2012), una tendencia especialmente intensa entre los hombres. Indicadores similares muestran el aumento del grupo de personas, muchos de ellos jóvenes, con actitudes individualistas y con un sentimiento negativo hacia las instituciones. Esta insatisfacción se explica, en parte, por la percepción de que las instituciones no resuelven los problemas. Pero también surge de un nuevo patrón cultural que progresivamente se va haciendo fuerte. Ideas como la privacidad o los objetivos personales, y no grupales, van ganando terreno.
El aumento del individualismo se ha asociado a potenciales beneficios, como la tolerancia a la pluralidad o la movilidad, pero también perjuicios. Cuando el individualismo crece, se erosiona la cooperación intergeneracional o entre personas que no se conocen, se desgarra el sentimiento de identidad compartida, decae el tejido asociativo o aumenta la desconfianza y la insatisfacción hacia el poder. Y eso también tiene implicaciones políticas: por ejemplo, en los últimos años la investigación ha mostrado cómo la extrema derecha crece en desiertos asociativos o en lugares donde el capital social es bajo o decae.
Alto individualismo y alta aversión al riesgo
Según el índice de Hofstede, que evalúa los rasgos culturales de diferentes contextos en todo el mundo, el estado español combina niveles relativamente elevados de individualismo (siempre por debajo del norte de Europa y de los países anglosajones) con altos niveles de aversión al riesgo. En términos comparados, a la ciudadanía del Estado le gusta la regulación, pero al mismo tiempo tiene la sensación moral de que se siente empujada a evitar normas y leyes que "complican la vida". Hay una gran preocupación ante situaciones cambiantes, lo que empuja a muchos, por ejemplo, a buscar empleos estables y definidos, como los de la administración pública. Una aversión al riesgo que también hace más difícil recibir apoyo político a cambios estructurales, de magnitud, que el país probablemente necesita. Es un misterio cómo el aumento del individualismo repercutirá en un contexto en el que la gente no quiere cambios, pero la tentación del sálvese quien pueda y la frustración no suelen ser un buen cóctel.
El gráfico curioso de la semana
El top 3 de Spotify
Con unos 750 millones de usuarios en todo el mundo, 290 millones de los cuales suscritos a la versión de pago, Spotify domina desde hace años el sector de reproducción musical (y, en menor grado, de los pódcasts). Entre los muchos datos que produce, y gracias a un proyecto reciente de la UOC que busca entender los patrones de colaboración entre artistas, podemos ver qué canciones han ocupado más semanas, desde el 2016 y hasta mediados del 2025, el top 3 en la plataforma. Encabeza la lista "STAY", de Justin Bieber, con 38 semanas al frente de la lista. La siguen "Blinding lights" de The Weeknd (36 semanas) y "As it Was", de Harry Styles (31 semanas). El otro punto interesante es ver cómo la canción "All I want for Christmas is you" despunte en las listas, pero, como era de esperar, solo en época navideña.