Misiles de ayatolá apuntan a torres futuristas de Dubai
Vienen horas decisivas en la tercera guerra del Golfo: el "infierno" de Trump contra Irán amenaza la otra banda de Ormuz
Dubái (Emiratos Árabes Unidos)Este artículo se está escribiendo desde la planta 41 de uno de los muchos hoteles superlativos que hay en Dubái.
Por la ventana –una pared de cristal– se contempla una vista analítica: el cielo está lleno de grúas altísimas construyendo más rascacielos altísimos que serán, en unos cuantos meses, hoteles y residencias carísimos. El boom constructor de la ciudad canalla de los Emiratos Árabes no es noticia. Hace años que la prosperidad económica sopla a favor de las monarquías del Golfo, que seducen más inversores y residentes extranjeros. Everyone wants to join us (Todos quieren unirse a nosotros), leía en un cartel del aeropuerto.
La paradoja de este horizonte con tanta grúa funcionando es la guerra, que también funciona, que también está en construcción.Desde la 41, el ascensor tarda 54 segundos en llegar a la planta baja. La noche anterior, el ejército de Irán lanzó misiles sobre Dubái. En el cielo se oyó cómo las defensas emiratíes interceptaban el fuego de Teherán. Pregunto en la recepción dorada del hotel.
—¿Tiene algún refugio este hotel?
—¿Qué quiere decir con un refugio?
—Si tiene algún lugar habilitado para protegerse de un bombardeo.
—Ah, no, señor, no tenemos.
Las torres futuristas de Dubái no contaban con las bombas de los ayatolás. “Aquí construimos piscinas, no refugios”, me dijo hace unos días una voz cercana al gobierno de los Emiratos Árabes.
Salgo a la piscina del hotel, planta 8. La estampa es tranquila: niños se bañan, el socorrista vigila, los padres toman el sol. Dos rusos aparecen en escena: con albornoz blanco, directamente del spa. El bramido de un caza militar atraviesa la ciudad. Es la guerra. Son los aviones del ejército emiratí, que patrullan y defienden el espacio aéreo del país. Horas después, una nube negra se esparce por el cielo. “Parece que [Irán] han atacado la zona del aeropuerto”, se comenta por los grupos de Telegram de la ciudad. Las instalaciones del aeropuerto de Dubái, uno de los más grandes del mundo, han sido blanco habitual de los ayatolás. No habrá confirmación oficial. Los países del Golfo intentan ocultar el alcance de los golpes iraníes porque se juegan la economía.
Desde la mala noche del 28 de febrero, cuando Washington y Tel Aviv lanzaron las primeras bombas sobre Teherán,Los Ferrari, Lamborghini y Rolls-Royce bramaban ayer con estridencia por las calles de Dubai. Cuando los Vienen horas decisivas para la tercera guerra del Golfo. Donald Trump recordó el sábado que el reloj de su ultimátum avanza y que, si el martes los ayatolás no han reabierto el estrecho de Ormuz, un “infierno” caerá sobre Teherán. Hay negociaciones en marcha, pero el presidente explotaba el domingo: “¡Abrid el maldito estrecho, cabrones locos!”. Desde la invasión de Irak, no se veía un despliegue igual de fuerzas americanas en la región. Uniformados de élite especializados en asaltos terrestres están entre los escogidos. Los expertos no descartan nada, tampoco botas yanquís ensuciándose de polvo persa.
Los cálculos bélicos dan vértigo a las monarquías del otro lado de Ormuz. Si Trump cumple la promesa infernal –y Netanyahu le presionará para que así sea–, se teme que Irán reaccione con aún más furia y más bombas contra sus ciudades. La escalada no tendría fin.
Hasta ahora, los países árabes no han contestado militarmente los ataques de los ayatolás, que buscan presionar a Trump sembrando el caos. Se ha optado por la contención como vía para acelerar la resolución de una guerra que estuvieron intentando evitar hasta el último momento. Pero cinco semanas después, los Emiratos Árabes y Arabia Saudí han insinuado que ahora todas las opciones militares están sobre la mesa. Una frase del presidente emiratí, Mohamed bin Zayed Al Nahyan, se ha convertido en lema en el país: “No somos una presa fácil, y nadie debería subestimar nuestra fuerza”.
Los Ferrari aceleran
Las guerras tienen sus caprichos.
La gente de Dubái no se sentía cómoda con la melodía que el gobierno había elegido para avisarles de la llegada de bombas iraníes. Las autoridades alertan a la población a través de un SMS, que irrumpe en las pantallas de todos los móviles y que suena como el que se usa en Cataluña en episodios de lluvia intensa. El gobierno llegó a un pacto con la gente: de nueve de la mañana a nueve de la noche, el sonido es el que se había previsto, estridente; de nueve de la noche a nueve de la mañana, cuando la gente duerme, la notificación es mucho más suave, como si te enviaran un WhatsApp. La gente de Dubái no hace mucho caso a las alarmas. La vida continúa.
Los Ferrari, Lamborghini y Rolls-Royce bramaban ayer con estridencia por las calles de Dubai. Cuando los criptobros aceleran, el rugido de los superdeportivos tiene matices bélicos. En el centro de la ciudad, residentes y muy pocos turistas se hacían fotos alrededor del Burj Khalifa, el rascacielos más alto del mundo: 829,83 metros y 165 plantas. Cada media hora, un espectáculo musical hace bailar las aguas de las fuentes turquesas. El Burj Khalifa se viste de bandera y se ilumina de verde, rojo, blanco y negro. Desde Teherán lo deben ver bien. "Dios nos está mirando". En ese mismo momento, en Washington, hablaba Trump. Estados Unidos e Irán habían rechazado por enésima vez una propuesta de alto el fuego. “Podemos destruir un país en una noche y esta noche puede ser mañana”, decía el presidente ante la prensa. El reloj del ultimátum hace tic-tac y la Casa Blanca insiste en que, esta vez, no es prorrogable. Pero en Dubái nadie parecía preocupado: terrazas llenas, niños comiendo helados, inmigrantes pobres construyendo más hoteles, inmigrantes ricos yendo al gimnasio u organizando partidillos de fútbol 7.
“¿A ti esto te parece un frente de guerra?”, me decía un hombre emiratí que paseaba por el centro con su familia. Su mujer le arengaba: “Dubai is the best”. Dos chicas turcas, que hace años que viven en la capital del lujo, se enfadaban con la prensa: “Los periodistas mienten, aquí estamos más seguros que en Europa”. Un hombre egipcio, residente en Dubái desde hace tres años, era más directo: “Bro, pase lo que pase aquí estamos seguros”.
Cuesta estos días hablar con la gente del Golfo. Las monarquías sugieren silencio a la población porque no quieren que la guerra trastorne su eslogan hacia el mundo: oasis de seguridad y estabilidad que favorecen la prosperidad económica. El eslogan ya ha quedado trastocado. El tiempo dirá cuán profundo habrá sido el golpe de la guerra. Abu Dhabi y otros gobiernos han detenido a personas por publicar en las redes sociales vídeos de guerra, como intercepciones de drones y misiles iraníes en el cielo. En lugares públicos se leen advertencias. “Piensa antes de compartir. Difundir rumores es un crimen”, dice en el ascensor del hotel donde duermo.
La guerra está en funcionamiento, pero en Dubai se construyen más y más torres futuristas.
En el avión directo desde Barcelona, las pantallas de los asientos vendían lujo. Un anuncio se repetía. Era de la Fundación Trump y exhibía los proyectos inmobiliarios que la empresa del presidente de los Estados Unidos tiene desplegados por Oriente Medio: hoteles brillantes y campos de golf. El lema era surrealista. “El desarrollador de lujo líder te trae las contribuciones de Trump al mundo”. ¿Cuáles serán las contribuciones de Trump al mundo? ¿Qué mundo quiere exportar Trump?
Las pantallas del avión decían que uno de los hoteles trumpistas está en Dubai.
El jueves, un taxista me llevaba a la dirección que indicaba Google Maps. En la aplicación se veían imágenes del edificio: un rascacielos de cristal azul con el nombre del presidente en la fachada principal. Pero Google Maps mentía. El taxi llegaba, y allí no había ningún edificio. Había un solar, con decenas de albañiles inmigrantes venidos de la India, Bangladesh y Etiopía trabajando. Un hombre se acercaba. Era el ingeniero civil de la obra. Venía de Damasco.
—¿Esto que se está construyendo es la torre Trump?
—Sí. Mucha gente viene a verla.
—Pensaba que ya estaba construida.
—No... empezamos la obra hace dos meses. En dos años, si Dios quiere, estará acabada.
—¿Y si la guerra lo permite, no?
—Bueno, sí... Esperamos que sí. El cliente nos da prisa.
Las grúas y la guerra funcionan simultáneamente en Dubai.