La paradoja del desarme: muchos libaneses ya no creen ni en Hezbolá ni en el estado
El alto el fuego entre Israel y el Líbano se prolonga, pero el país continúa siendo un escenario de guerra
BeirutMientras las delegaciones libanesa e israelí se han vuelto a reunir en Washington para una nueva ronda de conversaciones directas, y han acordado prolongar el alto el fuego, el consenso internacional parece claro: la guerra ha debilitado a Hezbollah y ha abierto una oportunidad inédita para avanzar hacia su desarme. Pero sobre el terreno, especialmente en el sur del Líbano y en los suburbios meridionales de Beirut, la realidad es mucho más contradictoria.
Aunque el grupo chií ha perdido apoyo político después de meses de destrucción, desplazamientos y una nueva guerra con Israel, la continuidad de los bombardeos israelíes, la ocupación parcial del sur y la incapacidad del Estado libanés para proteger a la población están erosionando precisamente aquello que Washington e Israel necesitan para imponer el desarme: el consenso interno libanés.
Sobre el papel hay un alto el fuego desde el 17 de abril, pero en la práctica, el sur del Líbano continúa funcionando como un espacio de guerra abierta. Israel mantiene ataques casi diarios, asesinatos selectivos y operaciones terrestres limitadas. En los últimos días, el ejército israelí ha vuelto a cruzar el río Litani y asegura haber ampliado su control operativo dentro del territorio libanés. Al mismo tiempo, continúan los bombardeos sobre Nabatieh y otras localidades situadas tanto al sur como al norte del río. En muchas zonas fronterizas, la llamada “línea amarilla” –una franja donde Israel ejerce vigilancia constante, restringe movimientos y mantiene presencia operativa– se ha convertido de facto en una nueva frontera militar. Decenas de pueblos continúan prácticamente vacíos o bajo fuego permanente.
. Para muchos habitantes, el estado no solo ha sido incapaz de evitar la guerra, sino también de paliar sus efectos.
Desconfianza profundaPero esta presión topa con una realidad mucho más compleja dentro mismo del Líbano. A pesar de que Hezbollah ha perdido gran parte de su apoyo político, el debate sobre su desarme continúda lejos de generar consenso. Un estudio reciente del King’s College London refleja esta contradicción: solo un 18% de los libaneses afirma dar apoyo político al grupo, pero cerca de la mitad considera prematuro hablar ahora de su desarme.
En Beirut, esta contradicción aparece constantemente en las conversaciones cotidianas. Muchos habitantes de Dahieh –los suburbios del sur de Beirut– critican abiertamente a Hezbollah por haber arrastrado al país a otra guerra devastadora. Pero al mismo tiempo, pocos creen que el estado libanés pueda sustituirlo mientras Israel continüe bombardeando el sur y manteniendo presencia militar dentro del territorio libanés. “No quiero otra guerra, pero tampoco veo quién nos protegería si Hezbollah desapareciera”, resume un comerciante de Haret Hreik, en Dahieh, mientras varios edificios destruidos continüan cubiertos por lonas negras meses después de los ataques israelíes.
La percepción se ha profundizado con la continuidad de los ataques y la destrucción. Desde octubre del 2023, escuelas, hospitales, infraestructuras municipales y barrios enteros han quedado devastados en el sur y en los suburbios del sur de Beirut. Para muchos habitantes, el estado no solo ha sido incapaz de evitar la guerra, sino también de paliar sus efectos.
Desconfianza profunda
Esta desconfianza va mucho más allá del conflicto actual. La crisis bancaria, el hundimiento económico, la corrupción política y la impunidad después de la explosión del puerto de Beirut continúan presentes en la memoria colectiva. En este contexto, la idea de entregar completamente la seguridad a un estado percibido como débil o ausente genera rechazo incluso entre sectores políticamente alejados de Hezbollah.
La paradoja es cada vez más evidente. Hezbollah ha salido políticamente debilitado de los últimos meses de guerra. Pero Israel, manteniendo la presión militar y la ocupación parcial del sur, está debilitando a la vez las condiciones necesarias para que una parte de la sociedad libanesa acepte el desarme.
El mismo líder de Hezbollah, Naim Qassem, endureció su discurso en vísperas de las conversaciones en Washington. En un mensaje reciente, afirmó que las armas del grupo “no forman parte de las negociaciones con Israel” y condicionó cualquier discusión interna al fin de los ataques israelíes, la retirada completa del sur, el retorno de los desplazados y la reconstrucción de las zonas destruidas.
Mientras tanto, las negociaciones avanzan bajo una contradicción difícil de resolver. Estados Unidos e Israel consideran que el debilitamiento militar de Hezbollah abre una oportunidad histórica para cambiar el equilibrio interno del Líbano. Pero sobre el terreno, cada nueva incursión israelí, cada bombardeo y cada pueblo dinamitado refuerzan la percepción de que el estado libanés continúa sin ser capaz de sustituirlo. Muchos libaneses ya no creen en Hezbollah como proyecto político. Pero tampoco creen que el estado pueda ocupar su lugar.