"No tenemos ninguna otra opción": los libaneses intentan volver a sus casas, reducidas a escombros

La población libanesa se muestra aliviada pero a la vez desconfía de la tregua y de las promesas de paz

Miles de libaneses se desplazan en coche para volver a sus casas después del anuncio de tregua con Israel.
17/04/2026
4 min

BeirutLa brisa a duras penas consigue suavizar la tensión que se respira en los campamentos improvisados junto al paseo marítimo de Beirut. Bajo lonas sujetas con cuerdas y restos de madera, decenas de familias continúan aquí, a pocos metros del mar, aunque el alto el fuego haya entrado en vigor ya hace horas. Nadie desmonta nada, todavía. Pocos parecen dispuestos a creer que esta vez vaya a durar.

Algunos observan el horizonte en silencio. Otros recogen lentamente sus pertenencias, pero sin prisa. “No es la primera vez que dicen que se ha acabado”, dice un hombre, sentado en una silla de plástico. La mezcla de alivio y desconfianza es palpable. En este aparcamiento convertido en asentamiento, para muchos la guerra continúa demasiado cerca para darla por acabada.

Es el caso de Ali, mecánico de Nabatieh, que hace semanas que duerme aquí. No ha vuelto. Tampoco tiene claro cuándo lo hará. En su teléfono móvil enseña fotografías recientes de su barrio: fachadas abiertas, comercios reducidos a escombros, calles irreconocibles. “¿Cómo tenemos que volver a esto?”, pregunta. Luego duda un segundo. “Y, aun así… volveremos. Pero no porque confiemos. Porque no tenemos ninguna otra opción”.

Libaneses desplazados haciendo las maletas y preparándose para regresar a casa tras la entrada en vigor del alto el fuego entre Israel y Líbano.

Aun así, no todo el mundo espera. Una familia desplazada de Kafra insiste en que no abandonará su pueblo por segunda vez. “Si volvemos, es para quedarnos”, dice la viuda de un combatiente, convencida de que el alto el fuego no garantiza nada. La decisión, más que un acto de confianza, es una forma de desafío.

Si hubiera tenido un coche, me habría ido ayer a medianoche, nos explica Kabayse, mientras se prepara para volver a casa con su familia. “Tengo un niño de dos años y una niña de seis meses. Vivíamos en Mrayje y llegamos aquí el segundo día de la guerra. Ahora es el momento de volver”, asegura, mientras sigue recogiendo sus cosas.

Colapso en las carreteras por el regreso a casa

Desde primera hora de la mañana, largas filas de coches han comenzado a abandonar la capital en dirección al sur. En la autopista que conecta Sidó con Tiro, el tráfico ha llegado a colapsarse completamente. Vehículos cargados con colchones, bolsas y bidones avanzan a paso de tortuga en un regreso tan masivo como incierto. Saben que no durará, pero quieren volver a casa suya, aunque sea unos días. Algunos solo quieren ver qué queda, de sus hogares. Qué queda, de sus vidas.

Este flujo depende de un punto clave: el puente de Qasmiyeh, sobre el río Litani. Bombardeado de nuevo el jueves por la mañana por la aviación israelí, el paso quedó bloqueado. Pero al amanecer, unidades militares se han desplegado en el lugar y han comenzado trabajos de emergencia para llenar el cráter abierto por el impacto. Horas después la ruta costera ha sido parcialmente reabierta, y esto ha permitido el paso de vehículos, aunque el puente continúda siendo un cuello de botella, lejos de estar plenamente operativo.

El alto el fuego, negociado con una duración inicial de diez días, ha llegado así en medio de carreteras rotas y una infraestructura al límite. Sobre el terreno la tregua convive con una realidad mucho más inestable.

Destrucción y ataques que aún duran

Mientras tanto, en Tiro los equipos de rescate continuaban trabajando este viernes por la mañana entre los escombros de tres edificios destruidos en un bombardeo en el paseo marítimo, justo en el momento en que entraba en vigor la tregua. Hasta ahora han recuperado tres cuerpos, pero entre seis y ocho personas continúan desaparecidas bajo los restos. La violencia, de hecho, no se ha detenido del todo. En varias localidades del sur se han registrado nuevos incidentes que las autoridades libanesas consideran violaciones del alto el fuego.

En Kounin, disparos de artillería y ráfagas de armas automáticas han impactado contra un equipo de paramédicos, y han dejado varios heridos. Más al este, en Khiam, fuerzas israelíes han hecho explotar viviendas, una continuación de las operaciones militares sobre el terreno.

Dos personas observando la destrucción causada por los ataques de Israel en la ciudad de Tiro, en Líbano.

Incluso allí donde no hay bombardeos, el peligro persiste. Un adolescente ha muerto al explotar munición sin detonar dejada por ataques anteriores, un recordatorio de que el alto el fuego no borra las huellas inmediatas de la guerra.

En los suburbios del sur de Beirut, el regreso es aún más cauteloso. En barrios como Chiyah, duramente castigados en las últimas semanas, algunos residentes vuelven solo de manera puntual, para recuperar objetos o comprobar el estado de sus viviendas. La intensidad de los bombardeos ha vuelto a poner sobre la mesa la llamada doctrina Dahiyeh, basada en el uso de una fuerza desproporcionada contra entornos urbanos vinculados a Hezbolá. Una lógica que no distingue entre infraestructura civil y objetivos militares, y que busca imponer disuasión a través de la devastación.

Pero ni siquiera eso ha roto del todo el vínculo con el territorio. Una mujer de más de ochenta años, desplazada en un refugio en la Ciudad Deportiva, ha vuelto brevemente a su apartamento antes de regresar al centro de acogida. Porque, aunque el frente se haya calmado por momentos, sobre el terreno todo apunta a que esta tregua no cierra la guerra, sino que a duras penas la deja en suspenso.

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