Sobrevivir sin la ayuda del estado: la red civil que sostiene a los desplazados en Líbano

Voluntarios y donaciones garantizan la supervivencia de cientos de miles de personas en medio del alto el fuego con Israel.

Hamed Abou Zahr
18/04/2026
4 min

Sidón / BeirutEl antiguo Palacio de Justicia de Sidón, a unos 60 kilómetros al sur de Beirut, vuelve a estar lleno de vida. Pero no por los motivos por los que fue construido. Las antiguas salas de tribunal, que habían estado cerradas durante 35 años, han cambiado de función. Donde antes había expedientes, vistas judiciales y silencio institucional, ahora hay colchones alineados en las paredes, ropa tendida en cuerdas y familias que intentan rehacer una vida mínima entre paredes resquebrajadas y techos que no protegen del todo.

En los pasillos suena una convivencia forzada. Niños que corren entre columnas, ollas sobre hornillos portátiles, conversaciones en voz baja para no invadir el poco espacio del otro. Las puertas, que antes separaban causas y procedimientos, ya no separan nada. Aquí se han instalado unas 400 personas que han llegado del sur del Líbano y de los suburbios de Beirut, después de perderlo todo en cuestión de días por los bombardeos israelíes.

Algunas familias han levantado divisiones de madera y ropa. No es intimidad, pero se le parece lo suficiente como para seguir esperando. Entre ellas está la familia de Ali Hamdan, director de un instituto de la periferia de Beirut. Relata una historia de pérdida: su casa, en el sur del país, destruida, y su apartamento en el barrio de Burj al-Barajneh, en la capital, inaccesible. "No nos faltaba de nada, y de un día para otro nos encontramos viviendo en el coche. Durante ocho días fue la sala de estar, la cocina, el dormitorio", relata. Hace una pausa breve antes de añadir: "Agradecemos la solidaridad de gente como Hamed, pero el gobierno nos ha abandonado. Para ellos, no somos nadie".

El edificio ha sido reabierto gracias a Hamed Abou Zahr, empresario libanés nacionalizado peruano, que volvió al país para intentar organizar un espacio de acogida. Recorre las salas con una mezcla de urgencia y desgaste, atento siempre a lo que falta. “Nosotros no somos el gobierno. Ayudamos como podemos porque mañana cualquiera se puede encontrar en esta situación”, explica. Pero su diagnóstico no es optimista: “Esto no puede ser permanente. Incluso con el alto el fuego, muchas de estas personas no podrán volver a sus casas. No sabemos qué se hará con ellas”. El alto el fuego en vigor desde el viernes ha rebajado la intensidad del conflicto, pero no ha cambiado la realidad material de los desplazados. No permite volver a casa, ni reabrir las escuelas, ni restablecer los servicios básicos. La calma, de momento, no permite el retorno.

Fuera de Sidón, la misma lógica se repite en diferentes puntos del país. Las escuelas públicas habilitadas por el estado como refugios están desbordadas y solo pueden absorber una parte de los desplazados. El resto se dispersa en espacios sin condiciones, como aparcamientos, edificios vacíos, aceras o el paseo marítimo, donde se han improvisado asentamientos con tiendas de campaña. En el puerto de Beirut, el antiguo mercado de la carne es uno de estos lugares. El mercado, cerrado durante décadas, ha sido reactivado como refugio por iniciativa de la abogada Maria Daou. Hoy acoge a más de un millar de personas.

La vida en un antiguo mercado

Entre estructuras metàl·licas, paredes industriales y espacios sin ventilación adecuada, se han organizado colchones para dormir, un comedor y una enfermería bàsica. Las necesidades son absolutas: medicamentos, higiene, agua, electricidad. Todo depende de donaciones irregulares y redes de voluntariado. “No podemos esperar mucho del gobierno –explica Daou–. Tiene recursos limitados y el país atraviesa múltiples crisis simultàneas. La ayuda internacional tampoco llega en la cantidad necesaria. Así que esto lo hemos puesto en marcha entre amigos y contactos”. Pero el esfuerzo tiene límits. “No podemos acoger a màs gente. No tenemos capacidad”.

En los pasillos, Abdu, desplazado de Nabatieh, camina con su mujer entre luces intermitentes. Habla de cortes de electricidad que llegan hasta 18 horas al día, de la ausencia de higiene bàsica, de plagas que empiezan a aparecer en los espacios comunes. El lugar, dice sin dramatizar, se ha convertido en una sala de espera màs que en un refugio.

En el barrio de Hamra, en Beirut, la solidaridad toma otra forma. Es lo que acoge una mayor concentración de desplazados de la capital, y allí cada iniciativa local es una pieza clave de supervivencia. En un aparcamiento privado, un grupo de voluntarios ha montado un punto de distribución de alimentos, ropa y productos bàsicos. Aquí también funciona un pequeño taller de reciclaje. Botellas de vidrio recogidas se transforman en vasos, ceniceros o pequeñas piezas artesanales que después se venden para financiar el mismo proyecto. Es una economía mínima, circular, diseñada para sostener lo que, en realidad, es insostenible.

Imane Assaf y un grupo de activistas se encargan del espacio. Ademàs del punto de distribución, el espacio funciona como cocina comunitaria. Cada día se preparan comidas calientes que se envían no solo a los desplazados que acuden al aparcamiento, sino también a centros oficiales ante la falta de recursos. “La gente viene y coge lo que necesita. No queremos dejar a nadie atràs”, subraya Imane. En este trànsito diario entre lo informal y lo institucional se mantiene parte de la alimentación de miles de personas. Pero esta red, impulsada por el voluntariado y las donaciones, funciona al límit de su capacidad, dependiendo de una solidaridad que también se desgasta con el tiempo.

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