Trump confirma que estudia atacar a Irán, que ya calcula la respuesta

El ultimátum no ha llegado por sorpresa, pero sí ha vuelto a tensar el ambiente en Teherán

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BeirutDonald Trump ha subido la apuesta este viernes en su pulso con Irán. En declaraciones a los medios de comunicación, confirmó que su administración está evaluando la ejecución de un ataque militar "limitado". La amenaza, cada vez más creíble tras la acumulación de efectivos militares estadounidenses en la zona, y el envío a los países aliados de todo tipo de baterías antiaéreas, busca forzar al régimen de Teherán a cerrar un nuevo acuerdo sobre su programa nuclear. Trump ha fijado un plazo de entre 10 y 15 días, un ultimátum que el propio presidente ha descrito como necesario antes de que "pasen cosas realmente malas".

En Irán, la declaración de Trump se ha interpretado como algo más que presión diplomática. Aunque el presidente estadounidense ha hablado de un golpe puntual y no de una guerra abierta, en el país persa esa diferencia importa poco. Para las autoridades, el mensaje está claro: Washington negocia mientras deja abierta la puerta a la fuerza. Los medios oficiales iraníes han reaccionado con un tono medido pero firme. La agencia oficial IRNA habla de "retórica repetida" y recuerda que la República Islámica ha sobrevivido a años de sanciones, sabotajes y asesinatos selectivos de científicos nucleares. En televisión estatal, comentaristas cercanos al poder insisten en que Irán no negocia bajo amenaza. En paralelo, la prensa reformista subraya el riesgo económico de una nueva escalada y advierte que el país no está en condiciones de absorber otro choque militar.

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El gobierno ha optado por una doble respuesta. Por un lado, mantiene abierta la vía diplomática. El ministro de Asuntos Exteriores reiteró, en entrevistas concedidas a agencias internacionales, que Teherán está dispuesto a discutir límites técnicos sobre el enriquecimiento de uranio, siempre que se levanten las sanciones y se ofrezcan garantías verificables. Por otro, el discurso interno apela a la resistencia. El líder supremo, Ali Jamenei, afirmó esta semana que Irán "no busca la guerra, pero no aceptará imposiciones". Es un mensaje habitual, pero pronunciado ahora con el trasfondo de movimientos militares estadounidenses en el Golfo Pérsico.

En la calle, la preocupación es económica antes que ideológica. La moneda vuelve a fluctuar cada vez que Trump habla. Muchos recuerdan que los anteriores ciclos de sanciones dispararon la inflación y redujeron el poder adquisitivo. La posibilidad de un ataque no se vive con fervor patriótico, sino con preocupación práctica.

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La dimensión regional también pesa en el cálculo iraní. Medios cercanos al estamento militar recuerdan con frecuencia la importancia estratégica del estrecho de Ormuz, paso clave para el comercio energético mundial. No se trata de una amenaza explícita de cierre, pero sí de un recordatorio constante de que cualquier conflicto no quedaría contenido dentro de las fronteras iraníes.

Credibilidad interna vs. confrontación

Al mismo tiempo, voces críticas dentro del país temen que la presión externa refuerce a los sectores más duros del régimen. Analistas iraníes en el extranjero señalan que, cuando la amenaza viene de fuera, el debate interno se reduce y la prioridad pasa a ser la seguridad. La experiencia anterior avala esa percepción. En Israel y en algunos países del Golfo, la cobertura mediática observa los movimientos de Washington con atención, aunque con distintos matices.

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Irán se mueve en un equilibrio incómodo. Si cede bajo ultimátum, se arriesga a perder credibilidad interna. Si responde con una escalada, se expone a una confrontación directa con Estados Unidos. Trump habla de opciones en estudio y decisiones próximas, pero también existe la conciencia de que un error de cálculo puede transformar la presión en un enfrentamiento abierto. La historia reciente ha demostrado que la línea entre advertencia y ataque puede ser fina.

En Teherán esta atención se traduce en vigilancia. Por ahora no existen movilizaciones visibles ni anuncios extraordinarios. Hay vigilancia, mensajes medidos y una espera tensa. La incógnita es si en esta ocasión la amenaza se quedará en presión verbal o derivará en acción militar.

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Mientras el reloj avanza, la sociedad iraní vuelve a situarse en este punto entre el desafío externo y la fragilidad interna. En Irán han aprendido que las crisis raramente se mantienen dentro de los límites previstos. Y en una región acostumbrada a las escaladas, incluso una vez contenido puede abrir una puerta que después resulte difícil de cerrar. Las amenazas ocurren, pero las consecuencias se quedan.