Guerra en el Próximo Oriente

Viaje a Tiro, la histórica ciudad del Líbano que Israel ha dejado en ruinas

A pesar de la tregua, la vida en el sur del país no se ha reanudado debido a la incertidumbre sobre el futuro

Una excavadora saca los escombros de un edificio afectado por un ataque israelí en Tiro, al sur del Líbano.
25/04/2026
4 min

Tiro (Líbano)Mohamed Hijazi dice que es como estar enterrado en vida. El 17 de abril de madrugada, una llamada inesperada le cambió la vida para siempre. Era su primo. Le daba la peor de las noticias: su hermana pequeña, sus tres sobrinos y su cuñado estaban entre las diecinueve víctimas rescatadas de debajo de los restos del edificio Hijazi, frente al paseo marítimo de Tiro. Faltaban solo unos minutos para que entrase en vigor el alto el fuego de diez días cuando aviones israelíes bombardearon el inmueble. La explosión atravesó el barrio en el mismo instante en que debía empezar el silencio. La tregua llegó entre gritos, llantos y rabia.

"¿Por qué? ¿Por qué?", repite Mohamed, con la voz rota. A su lado, un rescatista subido sobre la pila de escombros le entrega fragmentos de su vida: fotografías llenas de polvo, ropa desgarrada, objetos manchados. "Todavía no puedo asumir lo que ha pasado… Siento como si fuera una pesadilla", dice, y se pone a llorar.

A pocos metros, Reda Abbas Hijazi rescata lo que queda de su cafetería. Entre los escombros aparecen vasos, platillos, cucharillas, el libro de cuentas… El techo, por azar, resistió. Él y dos clientes sobrevivieron. "Estábamos comentando que ya quedaba poco para el alto el fuego y, de repente, oímos el sonido metálico de los aviones. Después la explosión. Nos tiramos al suelo", recuerda. Se levanta los bajos del pantalón y enseña las heridas que le dejaron los fragmentos de cristal.

"Me he quedado aquí durante toda la guerra. Hay poco trabajo, pero no tengo otra forma de vivir. Queremos que el ejército tome el control y deje de matar civiles". Hace una pausa, como si midiera el peso de lo que va a decir a continuación. "Dios todavía no ha querido llevárselo conmigo. Mi hermano, en cambio, no tuvo la misma suerte. Hacía dos semanas que había salido del hospital después de una operación de corazón. Israel lo mató".

Al sur del Líbano, la ciudad de Tiro no ha llegado a vaciarse nunca del todo. Algunos se han quedado a pesar de la ofensiva israelí, y lo han perdido todo en los últimos días, justo antes de la tregua. La destrucción no es homogénea: hay edificios en pie al lado de otros abiertos en canal, escaleras que no llevan a ninguna parte, fachadas que dejan ver habitaciones suspendidas sobre el vacío.

Un puerto histórico, parado

Tiro es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo, con más de cuatro mil años de historia, y fue uno de los grandes centros de la civilización fenicia, desde donde partieron rutas comerciales por todo el Mediterráneo. Su identidad continúa anclada al mar. El puerto, heredero de aquellos dos antiguos puertos fenicios, no es solo un lugar de trabajo; es también memoria, economía y paisaje. Aquí, generaciones de pescadores han mantenido una actividad que aún hoy sostiene a miles de personas. Pero la guerra también hizo que el agua quedara vacía.

Durante semanas, las barcas quedaron amarradas en un puerto en silencio. Redes sin usar, motores apagados, cajas vacías. El mar continuaba allí, pero era inaccesible. El miedo y las restricciones impuestas por el ejército israelí empujaron a los pescadores a quedarse en tierra o a pocos kilómetros de la costa, bajo advertencias constantes. Con la tregua algunos han vuelto, pero sin certezas.

Ali prepara su pequeña embarcación de madera. El motor tose antes de arrancar. Mira el horizonte, pero no se aleja. "No hay trabajo. Salimos y volvemos con casi nada. No podemos alejarnos. Tenemos que estar pendientes del cielo", dice sin dejar de ajustar la red. Señala el agua, tranquila, casi inmóvil. "Antes sabíamos dónde estaban los peces. Ahora no sabemos nada. Hemos perdido la temporada. ¿Quién nos lo compensará?"

Desaparición del turismo

Cerca, otros pescadores arreglan redes o limpian anzuelos. Algunos ni siquiera han vuelto a salir. Mohamed Amin, patrón de un barco turístico, observa el muelle vacío, donde antes se mezclaban pescadores y visitantes. "El mar ha estado completamente en calma. No ha salido ni un solo barco. Mi barco es para turistas, pero no viene nadie. Llevamos semanas parados", lamenta.

En tiempos normales, el puerto de Tiro es también un punto de encuentro, un lugar de paso para turistas y autóctonos, entre restaurantes, redes tendidas al sol y barcas pintadas de blanco y azul. Hoy este ritmo apenas se percibe. La prórroga de veinte días más del alto el fuego ha ampliado un margen mínimo de estabilidad, pero no ha modificado la percepción sobre el terreno. La tregua sigue siendo frágil, atravesada por vulneraciones recurrentes en forma de incursiones, disparos o el paso de aviones y drones. Nadie la considera garantizada.

En este vacío entre lo acordado y lo que sucede, el sur del Líbano se mueve en una normalidad suspendida. Se entierran los muertos, se retira la escombra, se intenta reanudar el trabajo, pero la reconstrucción sigue fuera de alcance.

Mientras en Washington se negocia, la violencia no ha desaparecido, solo se ha vuelto intermitente. Esta inestabilidad sostiene la incertidumbre y condiciona cada decisión cotidiana, desde volver a casa hasta salir a pescar. Por ahora, la tregua no es más que una pausa inestable. En Tiro, el mar sigue ahí, como siempre. Pero la calma no ha vuelto.

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