La relación Putin-Trump, en un callejón sin salida, un año después de la cumbre de Alaska

Rusia no confía en la mediación de los Estados Unidos con Ucrania, pero no quiere renunciar al diálogo

16/08/2026 - 08:05 h.

MoscúUn año después de la histórica cumbre de Alaska entre Vladímir Putin y Donald Trump, un acuerdo de paz en Ucrania parece mucho más lejano que en aquel momento, si bien en realidad nunca ha estado cerca. Durante estos meses, la diplomacia rusa ha acuñado el concepto espíritu de Anchorage –la base militar donde se celebró el encuentro– para defender que en Alaska los norteamericanos habían asumido las condiciones del Kremlin para poner fin al conflicto. Aun así, el paso de las semanas ha ido demostrando que aquel espíritu era una entelequia evanescente. Las relaciones entre Rusia y los Estados Unidos atraviesan ahora uno de los peores momentos desde el regreso del republicano a la Casa Blanca,, y el proceso de deshielo que tocó techo hace un año se adentra en un callejón sin salida.

La cita de Alaska fue un triunfo diplomático incontestable del presidente ruso, a quien Trump puso una alfombra roja y rescató del aislamiento internacional. Pero a la hora de la verdad el simbolismo eclipsó la sustancia. La cumbre fue más breve de lo previsto, y el dirigente ruso sacó de quicio a su homólogo con una disertación sobre los orígenes históricos de la supuesta unidad nacional rusa y ucraniana. Ninguno de los dos mandatarios aceptó preguntas de los periodistas después de una declaración sucinta, nutrida de buenas palabras pero sin ningún resultado tangible. Y aquella vaguedad comenzó a alimentar el mito de Anchorage.

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Las propuestas que se discutieron son inciertas. Entre las certezas, Washington pasó a rechazar la exigencia compartida con Kiev de un alto el fuego temporal y aceptó el relato de Moscú sobre la necesidad de abordar un acuerdo de paz definitivo. Aparentemente, el Kremlin lo interpretó como un aval de la Casa Blanca a su marco de condiciones, y esperó que Trump obligara a Volodímir Zelenski a retirar sus tropas del Donbás, pero no pasó.

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“El problema es que la cumbre de Alaska envió un mensaje muy ambiguo”, explica a l’ARA Pàvel Koixkin, investigador del Instituto de los Estados Unidos y Canadá de la Academia Rusa de las Ciencias. Desde su punto de vista, se trataba simplemente de “medir la temperatura”, un paso “necesario” para “revivir la diplomacia de alto riesgo”, pero nada más. Sin acuerdo, invocar “el espíritu” de aquella cumbre se volvió útil porque ofrecía al Kremlin un símbolo de progreso en las conversaciones de paz en un momento de estancamiento.

Durante meses, los representantes rusos han estado reivindicando la vigencia de “el espíritu de Anchorage”, a pesar del evidente deterioro de las relaciones. La estocada definitiva a las negociaciones fue el inicio de la campaña norteamericana en Irán. Washington estaba liderando un último esfuerzo de mediación en unas conversaciones trilaterales que, si bien no habían permitido eliminar los escollos principales, sí que estaban facilitando que se avanzara en cuestiones técnicas. De un día para otro, todo se puso en pausa, y aún se mantiene.

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Desde la primavera, la estrategia de Rusia ha consistido en acusar a los Estados Unidos de no cumplir los compromisos alcanzados en Alaska y de no respetar “el espíritu de Anchorage”. Cansado de esta cantinela, a finales de julio, el secretario de Estado, Marco Rubio, negó rotundamente que hubiera habido ningún acuerdo en Alaska y afirmó que las propuestas que se habían debatido habían “fracasado” porque eran “inaceptables” para Kiev. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, le respondió dando a entender que Washington había sido el culpable de este fracaso.

“El espíritu de Anchorage” se ha desvanecido

Ante este escenario, algunos expertos rusos en política exterior tienen claro que el espíritu de Anchorage se ha disipado definitivamente. Fiódor Lukiánov lo atribuye sobre todo a la capacidad de Zelenski y de los líderes europeos de convencer a Trump de que la derrota de Ucrania “no es inevitable”. El politólogo Dmitri Novikov incorpora otro elemento: el dirigente norteamericano había estado utilizando las amenazas de cortar el apoyo a Kiev como una manera de espolear el gasto en defensa de los aliados de la OTAN. Ahora, sin embargo, considera que ya han hecho los deberes y que no hace falta seguir presionándolos. 

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Los expertos rusos interpretan que Putin ha dejado de esperar que Trump le propicie una paz favorable a sus intereses. “Hay una confianza decreciente entre los responsables políticos rusos sobre este proceso y sobre si los Estados Unidos se toman la mediación en serio o no”, apunta Koixkin. Novikov define esta etapa como un “desanclaje gestionado”. Poco a poco, destaca, el segundo mandato de Trump deja de ser “revolucionario” y deviene “inercial”. “En el caso de Rusia, la aspiración revolucionaria era la normalización forzada de las relaciones con Moscú. Un rumbo hacia una confrontación estable es la inercia”, señala. De todos modos, el politólogo reivindica que el curso actual de los acontecimientos es lo bastante “satisfactorio” para el Kremlin y habría que esforzarse en mantenerlo. Por una parte, porque la Casa Blanca se abstiene de aumentar la ayuda militar a Ucrania; y, por otra, porque aún es el único actor occidental con el que se puede dialogar y que es capaz de garantizar un eventual acuerdo de paz.

Koixkin no da por cerrada la ventana de oportunidad para restablecer los vínculos entre ambos países. Admite que en Moscú “nadie se hace ilusiones” tras el primer mandato de Trump, que acabó con muchas sanciones contra Rusia a pesar de la efervescencia inicial. Y destaca una cierta esperanza. “Esperanza no quiere decir confianza ni ilusión”, apunta, y añade: “Hay una profunda crisis de credibilidad entre Rusia y los Estados Unidos, pero las dos partes están obligadas a hablar entre sí, porque son potencias nucleares. Estamos volviendo al equilibrio de poderes”.

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