Los rusos quieren la rendición total de Ucrania: "No creemos en los acuerdos de paz"
En el cuarto aniversario de la invasión, el apoyo a las negociaciones se desploma en Moscú
MoscúHacía sesenta años que en Moscú no nevaba tanto un invierno. Los ciudadanos caminan aún más ceñudos que de costumbre, apresurándose a refugiarse en el calor a prueba de heladas de casa. A prácticamente nadie le parece obsceno que, mientras aquí los radiadores hierven las 24 horas del día, su gobierno mate de frío los residentes de las grandes ciudades ucranianas. Después de cuatro años de guerra, la inmensa mayoría de los rusos no quieren en modo alguno que Vladimir Putin haga concesiones a Volodímir Zelenski y creen que el conflicto debe acabar con la rendición de Kiiv.
Sólo un 21% de los encuestados en el último informe del independiente Centro Levada son partidarios de rebajar las exigencias de máximos del Kremlin para poner fin a las hostilidades. "No creo en los acuerdos de paz, son sólo un respiro temporal", dice Serguei, de 47 años y trabajador de una de las principales petroleras del país. "Las guerras concluyen con la rendición de una de las partes", dice. Para la Vera, una jubilada que ronda los setenta, devolver las regiones ucranianas que las tropas de Putin han ocupado sería "una traición hacia las personas que viven en aquellos territorios". "No podrán vivir, entonces, ellos confían en que ya son parte de Rusia", lamenta.
Según explica al ARA el director del Centro Levada, Denis Volkov, esta negativa a hacer concesiones surge de un "malentendido" de las causas de la invasión. "La opinión dominante en la sociedad es que Putin intervino para proteger a la población rusohablante", apunta. Otro de los motivos es la percepción entre los ciudadanos de que sus tropas llevan la iniciativa al campo de batalla y, por tanto, la negativa del gobierno a ceder influye en su opinión.
Vladímir Zvonovski, presidente de la Fundación para la Investigación Social, pone sobre la mesa otro factor: el territorio como "valor significativo". En declaraciones también al ARA, expone que en Rusia "la narrativa geopolítica", la idea de que "cuanto más territorio, mejor", está muy extendida. Por eso, desde su óptica, "la paz quiere decir que el país debe crecer aún más y cualquier cosa diferente será vista como una retirada y una derrota".
El optimismo es manifiesto en el entorno militar. Un veterano de la guerra de Ucrania con grado de oficial superior, que prefiere mantener el anonimato, aspira a que se firme un acuerdo de paz que entregue al Kremlin el control absoluto del Donbás, Kherson y Zaporíjia. Su pronóstico es que Kiiv se verá obligada a intercambiar las áreas que todavía administra de estas regiones para recuperar las zonas del noreste ocupadas por las tropas rusas, como Sumi o Járkov. "Zelenski no tendrá más remedio, no le queda ninguna carta", sentencia.
Más fatiga, más ataques
Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, aproximadamente dos de cada tres rusos apuestan por negociar una salida al conflicto. Éste es "uno de los principales indicadores de la fatiga de la guerra", señala Volkov, que ve cómo la gente teme una nueva movilización forzosa como la de septiembre del 2022. "Realmente quiero que se acabe para que todos dejen de morir –dice la Vera–. También allí [en Ucrania] hay gente normal, no solo estos nazis.
Sin embargo, un 59% de los encuestados son partidarios de intensificar los ataques contra Kiiv, incluso empleando "armas nuevas", si no se consigue la paz. Es el caso del Guennadi, un jubilado de un barrio de la periferia sur de Moscú, que no entiende por qué el ejército ruso no ha podido derrotar aún al ucraniano. "Podría haberlo acabado con una lluvia de bombas donde se encuentran los militares, pero no tienen ganas de hacerlo", se queja. "Esta fatiga desemboca en un apoyo a acciones más contundentes –añade Volkov–. Preferirían ayudar a liquidar el conflicto y que, al menos, muriera menos gente de nuestro bando".
En Moscú, la guerra sigue sin existir más allá de las marquesinas de los autobuses, donde se promociona el alistamiento al ejército, o en las vallas publicitarias de las grandes avenidas, dedicadas ahora a los anuncios para reclutar operadores de drones. "Nuevos e indispensables", se puede leer en los carteles, que muestran a un soldado ataviado con un casco parecido a unas gafas de realidad virtual. A menudo, en la capital rusa el frente se ve desde la subjetividad y la distancia de un videojuego, a través de las imágenes que circulan por la red de aparatos teledirigidos que aniquilan a soldados enemigos.
Quizá ésta sea una de las razones que explican por qué en Moscú el rechazo a las negociaciones es del 52%, veintiún puntos superior a la media nacional. Volkov cree que esto responde a que en la capital las acciones militares son "casi imperceptibles". Un 61% de los residentes opina que la guerra casi ni les ha afectado. Además, el sociólogo indica que se ha convertido en una ciudad "progubernamental" en los últimos cuatro años, ya que acoge a muchos funcionarios del Estado, mientras que aquellos que se oponían a la agresión y al Kremlin huyeron del país en el 2022.
La fatiga también se traduce en una desconca. El nivel de seguimiento de los acontecimientos militares ha caído a mínimos nunca vistos desde el inicio de la invasión y sigue desplomándose la confianza en un desenlace cercano de la guerra. "Definitivamente, este año no acabará", vaticina Serguei. "A veces pienso que nunca acabará", suspira Vera, consciente o no de que Putin prepara a Rusia para una confrontación perpetua con Occidente mientras impone en sus calles nevadas la paz del cementerio.