El presidente ruso, Vladimir Putin, esta semana en Moscú.
14/03/2026
Periodista
3 min

El film El mago del Kremlin, producción francesa dirigida por Olivier Assayas con guión de Emmanuel Carrère, representa lo que hasta ahora nadie se había atrevido a hacer: escenificar en la pantalla los trasfondos y los personajes clave de los primeros quince años de la Rusia de Putin. El tráfico hacia un régimen policial, síntesis del totalitarismo soviético con el capitalismo oligárquico. Deduzco que el guionista Emmanuel Carrère –hijo de la historiadora Hélène Carrère de Encause– ha irritado bastante al Kremlin, pero ha tenido la habilidad de garantizar la integridad física de algunos personajes cambiándoles su nombre.

El enmascaramiento de identidad más llamativo de todos es el de Vladislav Surkov –considerado el arquitecto del putinismo–, que durante cuatro décadas sirvió incondicionalmente al dueño del Kremlin, y que en la película –basada en la novela homónima de el 2022 de Gi- 2022 Baránov. La mayoría de críticas cinematográficas se focalizan morbosamente en la identidad Surkov-Baránov, y pasan por alto la de Mijaíl Jodorkovsky, que transita por el filme también con otro nombre y apellido. Encarcelado durante diez años, ahora mismo el magnate conspira desde su exilio en Reino Unido, en contacto con figuras como el campeón de ajedrez Garri Kaspárov.

El efectismo del filme potencia "actuaciones". Como la de Eduard Limónov, agitador nazi-bolchevique favorable a Putin, exhibiendo su bandera roja con círculo blanco y con la hoz y el martillo en medio en lugar de la esvástica. Y Boris Berezovski, suicidado en Londres en el 2013, reconociendo en tono dramático que se equivocó haciéndole de padrino a Putin.

Pero más allá de las identidades kremlinianas deformadas, el guionista evita, lisa y llanamente, mencionar y escenificar algunos episodios determinantes de aquellos años. Y cabe preguntarse por qué, precisamente Carrère, prescinde de ello. Y me atrevería a decir que, también, es el precio que paga por preservar su propia seguridad. Uno de estos episodios es el que tuvo lugar en septiembre de 1999: unas explosiones en las cercanías de Moscú y otras ciudades matan a más de 300 personas, gente humilde, la mayoría vecinos de bloques proletarios. El Kremlin acusa a los terroristas chechenos, pero no son pocos los que detectan e identifican a agentes kagebistas poniendo las bombas.

¿Se trataba de una maniobra de Putin para unir al pueblo ruso a su alrededor contra el terrorismo checheno y así subirse al poder? Al cabo de unas semanas, las elecciones parlamentarias las gana la coalición de Putin que, de jefe de la FSB –la ex-KGB– pasa a primer ministro, y en menos de tres meses, a presidente de Rusia. ¿Era Putin tras la matanza de septiembre? Alejandro Litvinenko, un policía que cambia de bando –y se exilia en Londres con Berezovski– lo asegura en su libro Blowing up RusiaHaciendo estallar Rusia–. Y lo paga con la vida después de que el agente putinista Andrei Lugovoi deja caer una dosis de polonio 210 en su taza en otoño del 2006 en un bar de Piccadilly.

Ficción para garantizar la seguridad

Esto en el film El mago del Kremlin ni aparece ni se habla, pese a ser el episodio más cruel del proceso de consolidación de Putin. Entiendo que Marina Litvinenko, esposa de la víctima –con la que hablé poco después del asesinato– necesita todavía protección.

Vladislav Surkov pliega definitivamente como hombre de Putin en febrero del 2020 y desaparece de la escena política en plena pandemia. Es más que probable que Emmanuel Carrère se conectara con él para montar la escenografía de los magos del Kremlin, dándole el papel principal con el nombre Vadim Baránov. El filme acaba con el disparo en la cabeza que abate a Baránov en la puerta de casa. Secuencia tan ficticia como necesaria para mantener a Surkov a salvo. Sin Putin en el poder seguro que el final de la película habría sido otro.

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