Cunas en las aulas: un paseo por el barrio más pobre de España
EL ARA recorre el Polígono Sur de Sevilla, la zona con la renta per cápita más baja de España y que se conoce con el sobrenombre de Las 3.000 Viviendas
SevillaÉl va en bicicleta. Ella mira el móvil. El niño debe tener 3 o 4 años. "No debe ser la madre, ¿no?", pienso. Se lo pregunto a Nati, que camina a mi lado. Sonríe. No le extrañaría, aunque aquella niña –parece una niña– pueda tener como máximo 15 años. En esta zona, los nombres de las calles son letanías, o sea, súplicas religiosas: refugio de los pecadores, consoladora de los afligidos, auxilio de los cristianos. En estas paredes, las proclamas divinas adquieren otra dimensión. Nati me explica que una de las preocupaciones que tenía durante los años que fue directora en la escuela era precisamente que las niñas no dejaran de estudiar, especialmente cuando se les pedía la mano. Y esto podía ser muy pronto. A los 11, a los 12, a los 13. "¿Cómo lo hacíais?", pregunto. "Intentando trabajar con las familias", dice. Al cabo de un rato me llaman: "¿Has visto lo que dice Nati?" Me acerco. "Ah, sí, que me he olvidado una cosa", dice. Y suelta, con un tono de normalidad: "También se pusieron cunas en las aulas". "¿Cómo?", le digo. "Sí, cunas, para que no se marcharan".
La vulnerabilidad y la pobreza normalmente se explican en cifras. También se puede hacer aquí: 60% es el porcentaje de paro; 4.000, los cortes de luz que ha habido el último año; 7.400 euros, la renta media anual. Pero en las próximas horas veremos que la pobreza y la marginalidad son también imágenes: un autobús, un ventilador, un motor trucado. Esto no es una radiografía exhaustiva. No es un estudio en profundidad. Es un paseo por el Polígono Sur de Sevilla. 150 hectáreas encajonadas entre la vía del tren y la autopista, donde no se sabe a ciencia cierta cuánta gente vive, y que ostenta el triste récord de ser el barrio más pobre de España. Esto es un paseo por lo que se conoce con el apodo de Las 3.000 Viviendas. Esperando el autobús
Es un espacio cuadriculado donde hay, a muy poca distancia, el CAP, un centro de drogodependientes, una asociación gitana y una parroquia cristiana. En estos pocos metros se mezclan las instalaciones relativamente nuevas y limpias del centro de primaria, personas claramente colocadas, gitanos que ponen música –quién sabe si para celebrar algo– y niños que participan en actividades de la parroquia. “Me ha parecido que podía ser un buen punto de inicio”, dice Alfonso. Es una estampa entre surrealista, decadente y marginal. “Bienvenida al patio de detrás de la ciudad”. Él es miembro de la Plataforma Nosotros También Somos Sevilla, dela cual también forman parte Nati, que ya está jubilada pero ha trabajado toda la vida en la escuela del barrio; Luisa, de 63 años, que se dedica a limpiar casas, y Neiva, de 33, que rompe todos los tópicos y estadísticas y ha acabado un máster en políticas públicas después de estudiar dos carreras. Ella es quien ha hecho los carteles que empapelan el barrio reclamando el autobús, que ya no llega porque los conductores denuncian que les tiran piedras. “Cuando tienen problemas en el centro de Sevilla no dejan de pasar”, dice Neiva. Cuesta no pensar en el 47. En la lucha de Torre Baró por tener autobús. Era el año 78. Hoy, en Las 3.000 Viviendas hay personas que tienen que caminar media hora para llegar al primer punto donde hay una parada. Con todo lo que implica para hacer cosas tan cotidianas como ir al supermercado o ir a trabajar.
Motores en las bicicletas
Ya estamos en Martínez Montañés. Se conoce como "También mentimos a la hora de buscar trabajo –dice Luisa–. Hay casas que si saben que somos de aquí no querrán que entremos a limpiar".
El ventilador. "También mentimos a la hora de buscar trabajo –dice Luisa–. Hay casas que si saben que somos de aquí no querrán que entremos a limpiar".
El ventilador
Saliendo de Martínez Montañés, Luisa se encuentra a una amiga. Paro la oreja y oigo que le habla de baterías: “Ya las he puesto en el balcón. Dos baterías, yo este verano no me quedo sin ventilador”. El barrio convive diariamente con los cortes de luz. Pero ellos nos remarcan que prefieren llamarlos apagones: "Porque pagamos las facturas", remarcan. De los 365 días del 2025, solo seis tuvieron luz durante 24 horas. Esta es una ciudad, y un barrio, que en verano a menudo llega a los 40 grados. Están recogiendo todos los datos y trabajan para llevarlos al Parlamento Europeo. Un problema importante de los pisos, aparte de la instalación eléctrica, es que no se sabe de quién son. Así como suena. “Aquí, la gran mayoría de los pisos eran de vivienda protegida –explica Alfonso–, pero ha habido transmisiones ilegales y la realidad es que hoy no hay un censo de quién vive exactamente en cada puerta”. Esto hace que haya pisos dedicados al narcotráfico, mafias que han vendido viviendas por 15.000 euros, y que no se sepa con certeza quién es el propietario de cada piso.
17-M
No hay carteles electorales ni se ha hecho ningún mitin. En este barrio, la abstención en muchos puntos llega al 70%. En Martínez Montañés se eleva hasta el 85%. “El barrio está así porque así lo han determinado las políticas que se han hecho. Más bien, las que no se han hecho”, lamentan los cuatro. Alfonso explica que el proceso a menudo se repite: dinero europeo que debe servir para programas en los barrios. Esto se vehicula a través de ONGs que no están instaladas allí y acaban sacando adelante programas sin tener conocimiento de la realidad del barrio, sin que perduren en el tiempo y sin que se haga ningún control de los resultados. Alfonso habla de dos fuerzas: las que luchan por transformar el barrio y las que trabajan por destruirlo. "¿Y las segundas quiénes son?", le pregunto. “Ya te lo puedes imaginar, los clanes que ganan con la ilegalidad”.
Volvemos hacia el coche. "¿Qué os gusta de aquí?", pregunto antes de marcharme. “Aquí tengo los cinco hijos y los diez nietos –dice Luisa–. Y todavía nos conocemos todos. Te puedo decir todos los nombres de los vecinos”. "¿Y no has pensado en marcharte?", le pregunto a Neiva. Es joven, lista, formada. No sé interpretar la cara que pone. Supongo que se le ha pasado por la cabeza. “Yo lo que quiero –dice– es cambiar las cosas”. Deshaciendo el recorrido pasamos por la parada destrozada, los comercios cerrados, los yonquis caminando y la basura sin tapa. Pienso en el autobús, el ventilador y las cunas. Las imágenes de un barrio que son también los Alfonsos, las Neivas y las Luisas que luchan por cambiarlo. Ya casi llegamos. El cartel de la calle indica que estamos en la Puerta del Cielo. Es la distancia entre las promesas divinas y las carencias terrenales.