Un futuro incierto planea sobre Putin
Un régimen de origen soviético que se ha mantenido durante más de 25 años nos está hablando de su naturaleza rígida y hermética. El cuarto de siglo de Vladímir Putin en el Kremlin es uno de los periodos autoritarios más largos de la historia de Rusia, y ya supera al de Stalin. Por eso el clima deslucido que rodeaba el desfile del Ejército Rojo –aún se llama así– el 9 de mayo en la Plaza Roja también hablaba: las imágenes dicen mucho. Y, más allá, mensajes y comentarios sobre un Putin alejado de sus residencias habituales, encerrado en el Kremlin y rodeado de dispositivos de seguridad por miedo a un atentado. Esto no había pasado desde que, pronto hará tres años, los mercenarios de Wagner, con Yevgueni Prigozhin al frente, montaron una improvisada carrera hacia Moscú. Un desastre logístico y político que quería imponer a Putin condiciones sobre la guerra de Ucrania.
Cuidado, pues, con la expresión “serias posibilidades de golpe de estado en Rusia”, que habrían detectado servicios de inteligencia occidentales y que el 4 de mayo difundieron el Financial Times y la CNN. Sería diferente de la tentativa de Wagner del 2023. Mientras tanto, con la logística del 9 de mayo en marcha, Putin, quizás traicionado por su inconsciente, mezclaba el vocablo éxito con el tradicional victoria en una de sus declaraciones. El presidente ruso sabe que no habrá “victoria” en Ucrania, y que se tendrá que conformar con presentar a la sociedad rusa su fracaso como un “éxito”. Una sociedad rusa que empieza a prescindir de cálculos y suposiciones y se vuelca en las cifras y porcentajes provenientes de diversos think tanks –oficiales y alguno independiente–, que señalan que nunca tanta gente había retirado la confianza a Putin.En las elecciones presidenciales de marzo del 2024 el líder superaba el 87% de los votos –el máximo conseguido– y dos años antes, en 2022, el prestigioso Centro Levada detectaba que un 74% de los rusos apoyaban el ataque a Ucrania. Unos porcentajes que nos interpelan sobre si la democracia tiene suficiente base para arraigar en Rusia.
Malestar por la crisis económica
El rechazo al putinismo de buena parte de la sociedad –la persona de Putin, oficialmente, quizás llegaría al 70%, pero su partido, Rusia Unida, no pasaría del 30%– no sería por el talante dictatorial del presidente sino por haber abocado a Rusia a una profunda crisis económica, que afecta la calidad de vida de la población. Una crisis provocada, en gran medida, por la corrupción y la pésima gestión de la guerra.
El primero en detectar los síntomas de fracaso ha sido el Servicio de Información Militar y Seguridad de Suecia (MUST), que hace menos de un mes advirtió que Rusia iba de cabeza a la crisis financiera, con dos escenarios probables: el estancamiento o el shock. Los técnicos del MUST alertan que Moscú está ocultando las cifras de la dimensión de la inflación y del déficit para enmascarar el impacto de la guerra. Y no descartan la inminencia de una crisis bancaria.
Sobre Putin han comenzado, pues, a sobrevolar muchas de las variables que se conjugan en un golpe de estado. Incluso ha surgido el nombre de un posible inductor: sería, vaya usted a saber, Serguéi Shoigú, ministro de Defensa y el hombre que en 1999, siendo ministro de Situaciones de Emergencia, dio impulso a Putin para encumbrarlo al poder como primer ministro. En Rusia los golpes y las conspiraciones llegan cuando el líder, por más venerado que haya sido, no puede o no sabe enfrentarse a la crisis que él mismo ha provocado. Con todo, en el caso de Putin hay que no olvidar que es un hombre de recursos. Su condición policial siempre lo hace estar pendiente de todo y de todos. Quizás es esta dimensión kagebista lo que le ha empujado a rehabilitar la figura de Félix Dzerzhinski, fundador de la Checa. Vendría a ser como encomendarse al Espíritu Santo.