Rusia

El bloqueo de internet enfrenta a la élite rusa y hunde la popularidad de Putin

Las restricciones de los servicios secretos chocan con los objetivos del bloque político del Kremlin

Dos mujeres usan su teléfono en el centro de Moscú.
02/05/2026
4 min

MoscúUna influencer rusa desde Mónaco ha sacudido el debate público en Moscú como hacía tiempo que no se veía. En un vídeo dirigido a Vladímir Putin, Viktoria Bonya, exconcursante de Dom-2, el Gran Hermano ruso, advertía al presidente que la gente y los gobernantes “le tienen miedo” y “no le dicen la verdad”. Uno de los motivos de sus quejas eran los crecientes bloqueos de internet, la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de los ciudadanos, cansados de cuatro años de guerra y de una situación económica cada vez peor.

Esta celebridad se ha erigido inesperadamente en portavoz del malestar social y ha obligado incluso al Kremlin a pronunciarse. El portavoz del gobierno ruso, Dmitri Peskov, ha aceptado sorprendentemente las críticas y se ha comprometido a trabajar en los problemas que denunciaba. La polémica también ha llegado al Parlamento, donde el líder comunista, Guennadi Ziugánov, se ha mostrado ofendido de que el gobierno reaccionara al mensaje de una famosa y hubiera ignorado repetidamente las mismas demandas de su formación.

En los medios rusos en el extranjero hace días que se discute si la aparición de Bonya es una operación de la facción política del Kremlin, liderada por Serguéi Kirienko, sobre todo después de que la influencer colgara otro vídeo agradeciendo entre lágrimas a Putin que hubiera respondido a su llamada. A la administración presidencial le preocupa que la popularidad de Putin se haya desplomado diez puntos desde enero, del 75% al 65%, la cifra más baja desde el inicio de la invasión de Ucrania, mientras que su partido, Rusia Unida, se acerca a su mínimo histórico con un 27% de los apoyos. Esto, a pesar de que las autoridades se han fijado como objetivo para las elecciones legislativas de otoño alcanzar el 60% de los sufragios.

La otra cara de la moneda son los partidos de la oposición sistémica, que están creciendo abanderando el discurso contra las restricciones a internet. Según el medio independiente Viorstka, todos ellos deben coordinar las críticas con Kirienko, pero el hecho de que se les permita atacar las decisiones del presidente ruso hasta un cierto límite indica que desde el bloque político del Kremlin se está intentando enviar un mensaje de alarma a Putin para que reaccione y dé marcha atrás. El motivo es que para esta facción, las redes sociales, especialmente Telegram, son fundamentales para influir en la opinión de la gente en vísperas de una campaña electoral.

Ahora bien, el sociólogo Lev Gudkov apunta a l'ARA que el presidente es inmune a estos toques de atención. “No confía en los datos de las encuestas, tan solo se fía de lo que le dice el FSB [los servicios secretos], que le enseña solo lo que él quiere ver”. Desde su punto de vista, los servicios de seguridad “controlan” a Putin porque le proporcionan una imagen u otra de la realidad para que tome las decisiones que más favorezcan sus intereses.

Choque en las torres del Kremlin

Esto es lo que ha pasado en el caso de los cortes de internet. El diario económico ruso The Bell asegura que detrás de estas medidas está el Segundo Servicio del FSB, “la unidad más siniestra de los servicios secretos”, responsable del envenenamiento de Aleksei Navalni en 2020. Su jefe, el coronel general Aleksei Sedov, es quien ha conseguido convencer a Putin de la importancia de restringir las comunicaciones. Ambos coincidieron en el KGB en el Leningrado de los años 80, ambos son septuagenarios y ambos menosprecian internet. De hecho, es sabido que el presidente ruso no tiene ni teléfono inteligente, ni ordenador, ni redes sociales. 

El bloque político del Kremlin se ve atacado por el FSB y no tiene manera de frenar su acumulación de poder. Según escribe la analista Tatiana Stanóvaia en un artículo para el Centro Carnegie Eurasia, “el camino hacia el control digital se está implementando sin su aprobación y en contra de sus deseos”, pero “la misma resistencia de la élite provoca una respuesta aún más dura por parte de las fuerzas de seguridad”. “Las objeciones públicas de los lealistas se encontrarán con más represión”, concluye.

También las élites empresariales están desconcertadas. Las compañías tecnológicas se están viendo forzadas a asumir la lucha contra las VPN —las aplicaciones que permiten burlar la censura digital— bajo amenaza de sanciones. Incluso el jefe de la patronal que agrupa a los oligarcas rusos expresó ante Putin que las restricciones habían complicado la vida a los negocios y pidió soluciones. El líder del Kremlin ni se inmutó.

¿Un nuevo 1917?

El líder comunista ha advertido que si el presidente ruso no toma medidas urgentes para detener la contestación social, en otoño podríamos ver una revolución “como la de 1917”. “No tenemos derecho a repetirlo”, ha añadido para dejar claro que no era una amenaza. El sociólogo Gudkov es menos alarmista y cree que no habrá “nunca oleada de protestas” porque la mayoría de la gente es “liel” al gobierno y “la irritación no se canaliza hacia los altos dirigentes”.

Mientras tanto, nada hace pensar que el entorno político de Putin le haga cambiar de opinión. “Lo hacemos para prevenir ataques terroristas y la seguridad de las personas es la máxima prioridad”, aseguraba recientemente el presidente. En el lenguaje del Kremlin, esto quiere decir que el rumbo está fijado, que los servicios secretos se están saliendo con la suya y que más vale adaptarse a la nueva realidad.

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