Los rusos se rebelan contra la movilización encubierta de Putin
Los reclutadores se hacen ricos enviando hombres al frente con falsas promesas y coacciones
Moscú“Chicos, decidme: ¿todos habéis firmado el contrato voluntariamente? ¿Os han obligado?” La escena tiene lugar en Penza, al sur de la Rusia europea, ante uno de los comisariados militares del municipio. Hombres de paisano intentan llevarse por la fuerza a unos vecinos en una furgoneta ante la desesperación de un grupo de mujeres que corta el paso al vehículo. Batidas como esta, en las que se recluta bajo coacción a civiles para que vayan a luchar a Ucrania, se han convertido en habituales en decenas de regiones rusas en los últimos meses. Vladímir Putin no quiere decretar formalmente una nueva movilización como la de 2022, y por eso recurre a métodos subrepticios. En este contexto, a los ciudadanos no les queda más remedio que defenderse o exiliarse.
Inicialmente, los agentes encargados de las redadas buscaban a hombres ebrios o que hubieran cometido algún delito menor para amenazarlos y conminarlos a alistarse en el ejército. Aun así, fuentes vecinales aseguran al ARA que, poco después, empezaron a abordar a viandantes con cualquier pretexto arbitrario. Algunos llegaban al punto de reclutamiento, se encontraban allí a otras víctimas ensangrentadas y unos hombres armados les advertían: “No tienes alternativa: o firmas el contrato ahora o acabarás como ellos”.
La impunidad de estos grupos y la aquiescencia de la policía, que niega la existencia de estas prácticas, han llevado a los vecinos a organizarse. Han creado un chat donde cientos de personas se avisan cuando detectan a agentes patrullando en busca de potenciales candidatos y acuden en socorro de los afectados. “La gente ha empezado a rebelarse y a indignarse”, destaca uno de los miembros, consciente de que este tipo de comportamientos no son habituales en Rusia, donde la sociedad está muy atomizada y las autoridades se esfuerzan en neutralizar toda forma de asociación horizontal.
En las regiones en las que se ha reproducido el experimento, la ONG Llamada a la Conciencia ha elaborado un decálogo con recomendaciones para no sucumbir a una práctica que el Kremlin siempre había dicho que solo se veía en las calles de las ciudades ucranianas. Aconseja, entre otras cosas, no caminar solo por la noche después de haber bebido, defenderse contra los hombres de paisano porque no son agentes de policía e intentar alertar rápidamente a los vecinos y familiares.
El negocio del reclutamiento
Ahora bien, a veces son los mismos vecinos los que entregan a sus conciudadanos a las autoridades para obtener bonificaciones. No es extraño que en las zonas comunes de los edificios haya anuncios en los que se lea “Tráenos a un amigo y recibirás 100.000 rublos” (unos mil euros). Se calcula que dos de cada tres regiones rusas recompensan a los reclutadores, la mayoría con fondos públicos camuflados en partidas al margen del presupuesto. Las cantidades que se pagan oscilan mucho según la ciudad y a menudo dependen de si el voluntario es autóctono o foráneo. Los funcionarios incentivan que los nuevos soldados provengan de otras regiones para evitar disturbios. Así, en Riazán, por ejemplo, se paga el equivalente a 570 euros por un autóctono y más de 8.000 por un forastero.
Uno de estos reclutadores confirma al medio independiente Astra que trabaja para el gobierno y admite que acostumbra a hacer falsas promesas a sus víctimas, como que las enviarán a unidades alejadas del frente. “Naturalmente no les puedes decir la verdad si preguntan sobre los soldados de asalto”, apunta. Además, aunque Rusia no permite la entrada con visado a nadie que tenga el VIH, sí que algunas regiones aceptan voluntarios para el ejército con este virus y con enfermedades infecciosas como la hepatitis C o la sífilis.
La competencia entre reclutadores ha llegado al extremo de que algunos incluso compran bases de datos con información de posibles nuevos contratados. Según el diario opositor Viorstka, las agencias de marketing buscan hombres proclives a dar el paso, que hayan visitado sitios web sobre la guerra, que hayan solicitado créditos o que tengan deudas, y los venden a los reclutadores. Un número de teléfono de un buen candidato puede costar entre unos 16 y unos 28 euros.
Prisa por emigrar
A pesar de la evidencia de que todo un engranaje de comisiones y coacciones trabaja sin descanso para nutrir de nuevos hombres la primera línea, Putin se ofende ante los rumores de que se está gestando una nueva movilización. “Esto es una completa tontería, un ataque informativo contra Rusia”, declaró recientemente. Sus palabras, sin embargo, no han tranquilizado a los rusos, que en las últimas semanas han comenzado a buscar de manera más activa vías para abandonar el país.
Las consultas en internet sobre este tema se han disparado y las organizaciones que ayudan a los rusos a emigrar también han notado un aumento de las solicitudes. Destacan que las peticiones acostumbran a ser urgentes, relacionadas con el miedo a acabar en la guerra, y subrayan que, a diferencia de 2022, cuando la gente quería encontrar refugio unos meses, ahora sobre todo buscan un destino donde establecerse permanentemente. La mayoría de solicitudes provienen de hombres jóvenes que piden reubicarse en Serbia, Armenia o Georgia, países para los cuales los rusos no necesitan visado.
Desde principios de año, los hombres de entre 18 y 30 años que han recibido citaciones electrónicas para el servicio militar tienen prohibido salir del país, y se les deniega la renovación del pasaporte internacional. El Kremlin ha incorporado las notificaciones telemáticas para dificultar la huida de los evasores. También se han denunciado casos de reservistas a los cuales se les detiene en la frontera y se les obliga a dar media vuelta. Además, hace unos días Putin endureció las restricciones a la hora de sacar dinero de Rusia hacia países de la Unión Económica Euroasiática, en un claro gesto destinado a poner trabas a la emigración.