El '30 minuts' inmortaliza el drama de Rodalies
El domingo por la noche, el 30 minuts condensó el drama de Rodalies, tanto desde una perspectiva histórica como desde el análisis de la situación actual. Que la cronología del mal servicio de Renfe se remontara a 1988 fue un acto de justicia con todos los usuarios que sufrieron las graves deficiencias de Renfe en silencio y con resignación en aquella época. De hecho, el reportaje iba jugando con los saltos al pasado y mostraba cómo, desde entonces, todo ha ido de mal en peor. Las imágenes de 1988 y 2026 de Josep Maria Romeu, el portavoz de la primera plataforma de usuarios de Renfe, lo demostraban. Un recurso excelente. Las imágenes de archivo de TV3 se convertían en una prueba demoledora de los agravios que han sufrido los catalanes con la precariedad del servicio. Las noticias por accidentes, desgracias, incendios y averías se iban acumulando y sucediendo, y eso lo convertía en una película de los hechos muy reveladora. De hecho, te dabas cuenta de hasta qué punto el progreso tecnológico al alcance de los ciudadanos ha sido lo que ha permitido denunciar las incontables deficiencias de Renfe. Las redes sociales y las cámaras de los teléfonos móviles han permitido que los usuarios se organicen entre ellos y denuncien públicamente el cúmulo de despropósitos que tienen que aguantar cada día. Los testimonios estaban muy bien escogidos. El ejercicio de seguir el trayecto de unos cuantos usuarios habituales también era muy revelador, porque cualquier viaje de seguimiento era un cúmulo de incidencias que reflejaban el caos. La secuencia del pasajero esperando el autobús alternativo en Sant Cugat, increpado por el conductor y la gente cruzando temerariamente la rotonda, es buenísima para constatar la mala organización y cómo se pone en peligro la seguridad del usuario.El reportaje Renfe, la historia interminabledelata que Renfe no ha tenido más remedio que aceptar un ejercicio forzado de transparencia. Las imágenes del centro de control de Renfe en la estación de Clot, desde donde se gestionan las operaciones, eran muy reveladoras. Podrían llamarlo centro de descontrol, con el caos de los trabajadores estresados interfiriéndose unos a otros. Aquel panorama podría inspirar una sitcom, una workplace comedy. De hecho, el mismo 30 minuts destilaba un hilo interno de un cierto sarcasmo. Un humor amargo como el que han desarrollado los pasajeros atrapados en la incompetencia de Adif y Renfe, este monstruo de dos cabezas que no se pone de acuerdo ni consigo mismo, como también quedaba claro. La aparición del cantante Gerard Quintana por ahí en medio era el colofón tragicómico de cómo el tren acaba determinando nuestras vidas.Más que descubrirnos nada, los 30 minutos servía para inmortalizar un maltrato imperdonable al ciudadano, como una prueba documental para el futuro. Habrá que ver si a las próximas generaciones estas imágenes les resultarán impensables o si ellas solamente serán las siguientes víctimas de un nuevo capítulo de esta historia interminable.