80 años de Hiroshima (y aún sin consenso)
Se cumplen 80 años del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima y es un fracaso colectivo que aún no exista un consenso histórico o periodístico sobre por qué el gobierno estadounidense decidió hacer uso de esta arma devastadora. La versión ortodoxa que impulsaron las autoridades en su momento consistía en decir que el puñetazo nuclear sobre la mesa aceleró el fin de la guerra y, por tanto, ahorró muchas muertes americanas y japonesas. Durante las décadas posteriores numerosos historiadores han señalado el cinismo de esta aseveración y han tendido a atribuir la motivación a la necesidad de marcar perfil frente a Rusia, ya que la rendición japonesa se daba por descontada y se intuía que venían tiempo de repartirse el mundo en bloques. Sin embargo, en los últimos años han surgido un grupo de antirevisionistas que alimentan la tesis del mal menor. El objetivo, poco disimulado, es justificar el uso de una bomba de destrucción masiva y la proliferación de autores que barajan esta tesis dice unas cuantas cosas, pero ninguna buena, sobre los tiempos que vivimos.
El lanzamiento de la bomba atómica es uno de los grandes fracasos de la humanidad el siglo pasado, y lo es también la incapacidad de construir un conocimiento común basado en hechos que sea compartido por todos. Cuando estuve en Hiroshima, una de las cosas más impresionantes era observar el relato autoflagelador que trazaba el Museo Memorial de la Paz: los japoneses atribuían a su escalada militarista el haber entrado en una guerra absurda que les diezmó y arruinó. Casi se culpaban por haber recibido las bombas nucleares. Era una verdad muy parcial y sesgada, pero al menos lo hacía a causa de la concordia y la repulsa a la violencia. Pero ahora estamos en otra pantalla y quizás el periodismo debería implicarse más en desmontar las revisiones históricas interesadas de los últimos tiempos.