Un escándalo de estado sin ninguna respuesta
Hace poco más de un año, cuando el Sin ficción estrenó la primera parte del documental Te harán un hombre, ya se veía a venir que haría falta una continuación. El crítico de cine Àlex Gorina, que aparecía entre los testigos para contar los abusos que sufrió durante el servicio militar, dijo: "No puedo creer que yo sea el único". Detrás suyo y de todos los entrevistados que participaron han venido muchos más, con historias que estremecen y con un elemento en común: los hechos sucedieron ya en la etapa democrática. El documental priorizó cuatro casos, en los que los jóvenes protagonistas murieron en circunstancias muy graves y nunca aclaradas mientras cumplían el servicio militar. El dolor profundo y la impotencia de los familiares recordando los hechos era estremecedor.
El documental apaciguaba la crueldad de las historias con un ritmo pausado que respetaba el duelo de los testigos. La realización era esmerada, buscando imágenes simbólicas que representaran las emociones que expresaban los testigos. La impunidad del ejército español y la opacidad de las instituciones era una constante a lo largo del Sin ficción. Era especialmente significativa la voluntad de subrayar visualmente la soledad de la documentalista, Montse Bailac, mientras solicitaba el acceso a archivos oficiales e informes que ayudaran a esclarecer las circunstancias de algunas muertes. Las respuestas demostraban la carencia de transparencia institucional y las reminiscencias de un régimen dictatorial.
Las denuncias de las dos ediciones deTe harán un hombre no son ni casos aislados ni una anomalía del pasado: es un escándalo de estado que señala las estructuras militares, políticas y judiciales del período democrático. Estos abusos sistemáticos, malos tratos y muertes bajo la responsabilidad del ejército no pueden quedar relegados a simples relatos incómodos de un prime time televisivo sobrecogedor que después se archivan. Es indignante la indiferencia institucional y política. Y aquí emerge una evidencia histórica que ya hemos visto demasiadas veces: el documental predica en un espacio donde el relato no sorprende, porque encaja a la perfección con una memoria ya asumida del maltrato estructural. En Cataluña este tipo de revelaciones no nos llegan como una novedad traumática, sino como la confirmación de un patrón que ya conocemos. El impacto del documental parece confinado en el ámbito de TV3. Desde España se neutraliza la capacidad de interpelación estatal. Lo que no ocurre en los grandes circuitos mediáticos españoles no exige ninguna respuesta. La gravedad de los hechos depende de la cadena que les explica. Es inevitable preguntarse, por simple responsabilidad democrática, si figuras clave del Estado de ese período, como el exministro de Defensa Narcís Serra, han visto el documental o alguien le ha sugerido que lo haga. Sería interesante saber si tiene algo que decir. El problema no es sólo la ausencia de una respuesta institucional sino la normalización de esa ausencia. Esto es también una forma de violencia simbólica: cuando el trabajo de memoria histórica no tiene consecuencias. Ojalá esta vez pudiera ser distinto.