Un instante de 'La gran cita'.
Periodista y crítica de televisión
2 min

El lunes por la noche, en la pausa del Telenoticias, TV3 anunciaba para el martes el estreno de La gran cita en la plataforma 3Cat. Pero Toni Cruanyes nos recordó, en dos ocasiones, que ese mismo lunes ya podíamos ver el programa. Una descoordinación dentro de la cadena que provocaba confusión al espectador.Dulceida, “experta en montar saraos”, se suma al elenco deinfluencers que hacen contenidos en castellano pero que han sido premiados con un programa en la televisión pública catalana. Para disimular sus fragilidades ante la cámara, han optado por la fórmula del walk and talk, caminar y hablar a la vez, para reforzar su autoridad.La gran cita es un programa de citas con elementos de reality. Los cien participantes que quieren ligar han sido previamente emparejados a través de la inteligencia artificial. Saben que hay alguien altamente compatible y lo buscarán a partir de las dinámicas relacionales propuestas por el programa. “Es un experimento que les cambiará la vida”, asegura Dulceida. El formato es mucho más potente que el anticuado Love cost de la temporada pasada. Parece más bien una evolución lógica de aquel Amor a primera vista de hace treinta años con todas las influencias de la televisión privada y la tecnología.El programa tiene una pátina chabacana propia de una fiesta de graduación con ínfulas glamurosas, pero lo compensa con un casting excelente, una buena realización y una sonorización impecable. Tiene mérito, teniendo en cuenta las complejidades del formato. La gran cita es inclusivo: incorpora opciones sexuales y diversidad de géneros sin establecer categorías, con la virtud de no cosificar ni sexualizar a los participantes. De momento se han estrenado tres capítulos que corresponden a la primera etapa del juego: la construcción de las parejas finalistas, que serán puestas a prueba en los siguientes episodios para comprobar su evolución.La gran cita engancha gracias a la confluencia de diferentes factores. Por un lado, el talante de los concursantes. Gente joven absolutamente normal, que transmite autenticidad y forma parte de nuestra realidad más cotidiana. Se distancian, así, de los estereotipos artificiales e histriónicos propios de este género televisivo. Por otro, el juego estimula la audiencia, que, desde casa, se convierte en vaticinadora y juez. Es imposible no opinar ni valorar las decisiones y elecciones de los concursantes. Todo programa que provoca una sonrisa al espectador mientras lo ve tiene mucho ganado. Es clave, también, la idea de espejo: la seducción expone a los protagonistas a una vulnerabilidad y fragilidad en la que, más o menos, todo el mundo se siente reflejado. La excitación, el ridículo, la vergüenza, la decepción... son emociones que provocan una identificación fácil. Y por eso el programa deviene apetitoso. Ahora bien, a medida que el programa avanza decae el interés, porque se diluye el juego coral. El conflicto se individualiza, el drama se personaliza y se acentúan los elementos de reality. Habrá que ver cómo evoluciona y cómo encaja todo en una televisión pública. La prueba más evidente es el miedo a estrenarlo en TV3 y limitarlo, por ahora, a la plataforma digital.

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