Carlos Herrera y el todo vale con Noelia Castillo
No debería costar tanto dejar a los muertos en paz, especialmente a aquellos que han decidido voluntariamente abandonar la vida. Pero la eutanasia de Noelia Castillo se ha convertido en mediática y, también, en política: la derecha más conservadora ha salido en tromba para criticarla. Algunos lo hacían cuando la joven apuraba sus últimas horas en el mundo, como un individuo del digital ESdiario que, invitado al programa de Sonsoles Ónega, se atrevía a juzgar si la solicitante sufría lo suficiente o no, o si estaba lo suficientemente impedida físicamente. Este viernes, en el Abc, Carlos Herrera se abonaba a la práctica de colgar el peso moral de esta muerte a las espaldas del gobierno. “Que la única ayuda que el Estado ofrece a alguien que sufre sea la muerte es una derrota ética”, escribía. Pero pocas frases después, él mismo se saboteaba el artículo, cuando recordaba que “la misma Generalitat de Catalunya que la operó, la rehabilitó y la ayudó a subir escaleras ahora la mata”. Es decir, admitía sin querer que el Estado sí que había ayudado a la joven de múltiples maneras, que estuvo en centros de acogida varias veces. Y la eutanasia, que vendían casi como ejecución, no dejaba de ser una ayuda final. Supongo que criticar a la Generalitat era una tentación demasiado gratuita como para dejarla pasar.
Hay un fracaso colectivo, seguro, en no crear una sociedad con las condiciones adecuadas para que todo el mundo conserve las ganas de vivir. Pero también hay que respetar al disidente de la vida. La misma derecha que acusa a los jóvenes de ser unos copos de nieve ahora le ha intentado arrebatar a Castillo su acto autoafirmativo, aunque su meta fuera una muerte prematura, argumentando que era joven y con trastornos psiquiátricos. He leído demasiadas lágrimas de cocodrilo, en estas veinticuatro horas: más que empatía con la chica había un deseo claro de imponerse, de seguir librando la puñetera guerra cultural de siempre.