Un instante de 'Decomasters'.
Periodista i crítica de televisió
2 min

La televisión pública española, La 1, ha apostado por un concurso de interiorismo que celebra la chapuza y la precariedad como soluciones creativas. No puede ser más adecuado en un país en el que la crisis de la vivienda es una de las principales preocupaciones sociales y la asignatura pendiente de la política. Decomasters es un programa de reformas al estilo de MasterChef pero en versión bricolaje. Diez parejas de concursantes, escogidos para garantizar el esperpento, cooperan y compiten para decorar las casas de unos voluntarios anónimos. Esperamos que esta gente reciba una compensación por los desastres que los famosos perpetran en su casa, porque el resultado estético da ganas de arrancarse los ojos.

El reality de reformas glorifica la chabacana y el parche y hace apología del mal gusto. Refuerza el estilo de vida basado en la aspiración máxima y el gasto mínimo, con decoraciones hechas con material propio de una clase de manualidades de primaria. Perpetúa también la tradición del trabajador incompetente y sin formación que se atreve a realizar filigranas y proyectos grandilocuentes porque todo le parece fácil. Creen que pueden convertir una terraza de Villanueva de La Cañada en un club exótico de Bali con una sombrilla de plástico y una moqueta de césped artificial. Los ingenuos propietarios, además, piden una barra de bar exterior para cócteles. El resultado acaba pareciendo una instalación para que jueguen y mean los gatos de la casa.

Decomasters es el programa en el que los concursantes son capaces de transformar la habitación infantil de una criatura preescolar en una pesadilla psicotrópica de Alicia en el jardín de la Reina de Corazones. También pueden pintar un loft encantador y luminoso con los colores de un parque de bolas de una hamburguesería.

El formato refuerza el relato contemporáneo de que "con cuatro duros y buena actitud todo es posible" y crea la fantasía de convertir la precariedad en lujo aparente. Por un lado, el programa utiliza la estrategia morbosa de vender la chabacana y la chapuza como un triunfo. Más que democratizar el diseño, lo que hacen es destruirlo. Estamos frente a la infradecoración. Pintura mal aplicada, papeles de pared mal enganchados, mezclas estilísticas y trabajo a contrarreloj. Se confunde el horror con la creatividad.

Por otro, utiliza el engaño de la temporalidad, fingiendo que transforma un hogar entero en pocas horas. Banaliza el tiempo real de trabajo y normaliza que el espacio en el que vives sea sólo una apariencia de vida. Un espacio provisional, fácilmente intercambiable, desechable. El hogar deja de ser un lugar confortable y de continuidad para convertirse en una escenografía temporal asociada a mudanzas recurrentes y derechos cada vez más frágiles. El "hazlo tú mismo rápido y mal", que encaja con un modelo de vivienda sin arraigo ni garantías.

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