La aparición de la web llamada Menjòmetre, que permite cuantificar fácilmente subvenciones y otras entradas de dinero público de una empresa o entidad, ha generado algunas críticas de medios periodísticos. Se la acusa de favorecer los discursos populistas de la extrema derecha y de crear confusión mezclando los nabos de los comedores con las coles de las aportaciones imprescindibles si se quiere mantener la cultura o el tercer sector. No me parecen críticas infundadas, pero sí que encuentro que es topar de morros con los árboles buscando el bosque.
Aunque en la explicación técnica del proyecto se dice en negrita que la puntuación obtenida “no indica ninguna irregularidad, mal uso ni valoración moral sobre la entidad”, es evidente que un nombre como menjòmetre invita a la demagogia y criminaliza las subvenciones a lo loco. Ahora, dicho esto, la aplicación debería verse como una herramienta útil en la que el periodismo puede apoyarse para trabajarla y aportar valor añadido, contexto y un encuadre riguroso. El oficio me ha llevado por otros vericuetos del periodismo, pero todavía recuerdo, saliendo de la facultad, en La Marxa de Osona, leyendo cada tarde la edición impresa del Diari Oficial de la Generalitat, a ver si aparecía algo prometedor entre toda la parafernalia administrativa. Qué habría dado por poder hacer búsquedas que sin tener que recorrer aquel infierno de prosa burocrática con el dedo y pegado a las hojas… Las aplicaciones de este estilo permiten ahorrar tiempo de barrer tiras de anuncios oficiales, a menudo incomprensibles, para hacer el verdadero trabajo: contrastar y explicarlo al ciudadano de manera honesta y precisa. Al final, el periodismo tiene que remar a favor de la transparencia, incluida la propia, y asumir que la IA agiliza el trabajo pero hace subir la autoexigencia. Criticar lo que, por otra parte, es inevitable puede acabar pareciendo un ejercicio de corporativismo acomodaticio y hacernos acabar puntuando alto en el desmenjòmetre.