Como era previsible, este sábado era un buen día para ver cómo los diarios de la derecha cogían todos los rábanos por las hojas. Comparemos el titular de El País, “El Gobierno baja el IVA de la luz, gas y gasolina, y limita los despidos”, con los de los tres mosqueteros de la ira: “La desplantada de Sumar revienta el anuncio anticrisis de Sánchez” (Abc), “Sumar amarga a Sánchez su plan con una emboscada en la Moncloa” (El Mundo) y “Sánchez sucumbe ante Sumar para evitar una crisis en la Moncloa” (La Razón). Se trataba de un trifásico cargado de palabras emocionales (desplantada, revienta, amarga, emboscada, sucumbe) que lograba extender una niebla sobre la noticia que más afecta a sus lectores, que son las medidas en sí mismas. Todo vale antes de conceder una buena noticia a su público que pueda rebajar los niveles de crispación a los que someten a la parroquia. Es significativo que todos los diarios catalanes que dan la noticia en primera página se centren en el qué y no en Sumar, un partido al que la caverna solo presta atención en tanto que potencial desestabilizador del gobierno.
Es evidente que las medidas sanchistas tienen un punto, o quince, de electoralismo: se eligen no solo por su impacto en el bolsillo del respetable, sino también por el efecto calmante que puedan generar. Pero, a pesar de todo, se trata de información, que debería ser la proteína del periodismo. Las rencillas y el teatrillo político se entienden en esta época hipermediática, pero determinados medios hacen un seguidismo que estoy convencido de que es contraproducente si amplifican en exceso el guiñol y pierden de vista entonces cuál es el quid de la cuestión. Las estadísticas muestran cómo crece la saturación ante las noticias. Pero, ¿y si en realidad lo que causa el hartazgo fuera el exceso de relato tensionador y las sobreactuaciones vanas?