El engaño de Tania Head

El martes, el Sense ficció estrenaba La superviviente, un documental de Kike Maíllo y Markos Goikolea sobre Alícia Esteve, la mujer que se hizo pasar por víctima del 11-S bajo el nombre falso de Tania Head y que acabó gestionando una de las asociaciones más importantes de supervivientes de Nueva York. Una historia que, como la de Enric Marco, provoca fascinación. Son casos tan extraordinarios que es inevitable que el espectador se enganche con absoluta predisposición, y más después del magnífico Oswald. El falsificador, del mismo director.Pero La superviviente provoca decepción, tanto por el trabajo de investigación como por el enfoque narrativo. Que el documental comience con la voz del director hablando de sí mismo ya anticipa una presencialidad que devendrá invasiva. El recurso de la recreación de la protagonista a través de la figura de una actriz es comprensible para completar la voz que falta, pero acaba pareciendo un método para disimular una investigación coja y temerosa. La superviviente tiene un exceso de teatralidad y no solo por la actriz que hace de Tania Head. La voz en off de Maíllo es demasiado leída. Su presencia es afectada y artificial: con el abrigo puesto y el cuello levantado tiene una actitud casi policial e intimidatoria. Este talante no liga con un relato que, a medida que avanza, va rebajando las pretensiones de su objetivo. Ningún testigo del pasado de Alicia Esteve da la cara. Ni uno. Y las recreaciones de sus declaraciones pierden autenticidad. Las imágenes de recurso de Barcelona insinúan en vez de explicar.La cronología de los hechos y la etapa de Nueva York aporta pocas novedades respecto a producciones anteriores como The woman who wasn’t there de Angelo J. Guglielmo Jr. (2012). Es más, hay una cierta regresión informativa cuando se enfrentan al dilema del derecho a la intimidad. En La supervivent es desconcertante que se pixele el rostro de Alicia Esteve en imágenes ya publicadas y que se censure su apellido real en las noticias de la hemeroteca. Incluso que se ponga un pitido cuando alguien lo pronuncia. A medida que la investigación evoluciona descubrimos que, en realidad, no hay investigación: “Yo creo que es mejor dejarla tranquila”, dice su misteriosa jefa. Y el documental obedece. Entonces, la única vía de escape es convertir la producción en una especie de reflexión filosófica sobre la mentira y la necesidad de inventarse una vida, con conclusiones tan débiles como “lo que hace que una mentira funcione es nuestra voluntad de creérnosla”. Tiran la toalla y solo les queda justificarse amparándose en la compasión por la protagonista: “Hemos llegado al final de nuestra búsqueda y casi sin darnos cuenta hemos dejado atrás la necesidad de juzgarla”. Es inevitable preguntarse si esta prudencia y cuidado extremo para proteger a la farsante se hubiera tenido también con Enric Marco. Si tanto sufrían por su privacidad, no haberla empezado a buscar. El espectador llega al final con la sensación de que los directores sabían mucho más de lo que nos han querido explicar y, por tanto, como investigación, resulta otro engaño.