Media 30/04/2021

Andreu Buenafuente: "Queda un poco demasiado poético decirlo, pero la comedia me salvó"

10 min
Andreu Buenafuente, a 'Los primeros 30'
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Reír es la única salida. Esto se lee en la puerta del estudio blanco y ordenado –una guitarra alegre apoyada en la esquina– desde el que Andreu Buenafuente desgrana su experiencia al frente de El Terrat. El pretexto de la conversación es el estreno en Filmin del documental Los primeros 30, una extensa entrevista en la que aparece Buenafuente showman, el empresario casi involuntario y también la persona que cuando llega a casa tiene que hacer frente a mil preocupaciones. Reír es la única salida, pero a veces es una salida estrecha, de las que cuestan de pasar.

Casi tres horas de entrevista. ¿Es una reivindicación, una confidencia, una confesión?

— Es una especie de confesión, ¿no? Laica, eso sí. Es lo único que nos hemos permitido hacer por los 30 años: celebrar que estamos vivos, trabajando y en un momento muy bueno artísticamente. Venga, me pongo a charlar, pensé. Pero Los primeros 30 nació sin saber qué haríamos con ello, ni siquiera si lo enseñaríamos al público. Son los proyectos que me gustan: ¡los que huelen a perder dinero y no sabes muy bien hacia dónde tiran! Tengo un amigo, hay un almacén, él tiene cámaras... pues hablemos con sinceridad y a ver qué sale.

La estrenas en Filmin y no en Movistar+, que es tu domicilio televisivo actual.

— Era el lugar para ir, un buen lugar para los productos alternativos. Me daba vergüenza que pareciera una exhibición. "¡Miren, miren qué hemos hecho!" Queríamos ser más discretitos, pero que se pudiera ver. Había la alternativa de YouTube, pero teniendo Filmin en casa, que lo están haciendo tan bien...

El Terrat es la productora de referencia en Catalunya y España en género de comedia, pero hace 30 años El Terrat era tu hermana haciendo las facturas de un Andreu picaflor que no sabía decir que no a lo que le proponían. ¿Te imaginabas acabar aquí?

— No, qué va. Esto no se puede planificar nunca. Al contrario, yo tenía muchas ganas y poca ambición. Cuando estaba en Reus y me dicen de ir a Barcelona, quedaron sorprendidos con mi primera respuesta: ¡pero si yo ya estoy bien aquí! Todo el rato me ha movido el hecho de hacer lo que me gusta. Que suena muy idílico y no siempre se cumple, pero de verdad que no hay un plan maestro. Me he sentido como Forrest Gump: alguien que va corriendo y, cuando para, ves que hay mucha gente detrás. ¡Yo solo quería hacer un programa de humor! Y sé que no es exactamente así, porque me encanta liarme, pero se ha ido construyendo de manera muy orgánica todo. Y claro, nos hemos metido en todos los líos que hemos podido.

La 'troupe' del programa 'El Terrat', en Ràdio Barcelona.

Reivindicas el azar. Y, en la entrevista, hablas de las personas-grifo, las que en un momento clave hacen que todo fluya.

— Vivimos en una cultura de personalismos. Que si yo valgo mucho, que si tengo mucho talento, que si los otros sois un problema para lo que yo quiero hacer. Esto se tiene que reducir un poco. Sí, tú puedes tener talento, pero si no te dan los canales para mostrarlo no llegarás a ninguna parte. Pienso que es bueno recordarlo en estos tiempos tan individualistas y competitivos. Y lo aplico. Todo lo que recibí de generosidad he intentado devolverlo, y he animado a mucha gente a hacer su programa, como me animaron en su momento a mí.

Hacías programa diario en la SER, semanal en TV3, colaborabas con Arús, Sardà... Todo esto al mismo tiempo. ¿Cuántos platos chinos eres capaz de mantener girando?

— Uf... no lo sé. Ostras, trabajamos demasiado, le decía esta semana a mi mujer. Pero te aseguro que no sabemos desmontarlo. No lo digo con pena, sino con resignación. Y bendita característica, porque me ha permitido tener siempre trabajo y trabajar de lo que me gusta. Esto lo tengo que recordar siempre, siempre: hay muchísima gente por la calle esperando a que llegue la hora de acabar de trabajar. Y a mí me pasa al revés, que espero el momento en que me vengan a buscar para ir a plató.

Pero también has tenido crisis de ansiedad. Y fuiste a terapia dos veces por semana durante muchos años. ¿Qué te quitaba el sueño?

— Supongo que la propia responsabilidad. Chocaban dos Andreus: el motivado picaflor y el responsable de una empresa que quizás no estaba preparado para todo eso. Con la primera sede grande de El Terrat, recuerdo perfectamente que cada vez que entraba me faltaba el aire. Hacía bromas y tal, pero para no pensar en la potencia de lo que tenía entre manos. Y hay un día que me clavo. La cabeza, al final, te da un toque y dice: haz reset y reaprende a llevar esto. Lo reivindico: superé todo lo que vino después, con la gran crisis, gracias a la terapia. Cuando no estás fino, va muy bien trabajar con un especialista.

Un momento determinante es cuando firmas la compra de acciones de La Sexta por 24 millones de euros, justo antes de que la crisis hunda al sector televisivo.

— Yo soy optimista, ¿de acuerdo? Pero un día, de broma, dije: "Artistas empresarios no sale nunca bien, ¿eh?" "¡Calla, agorero!", me dijeron. Nos habían ofrecido ser socios de una televisión, y esto era una cosa que hasta entonces estaba reservada a los grandes inversores, a los bancos, y ahora parecía que se abría a unos cómicos. Vivíamos en un momento de expansión de la industria audiovisual, recordémoslo. Quizás nos lo merecemos, pensamos. Siempre somos los esforzados... Pues quizás ahora nos toca participar de esto y, cuando nos cansamos, lo vendemos y tenemos nuestro retiro. Firmé sin tenerlas todas conmigo y... pam, viene el mazazo de la crisis mundial. Bueno, mira, una fatalidad. Pero no es que nos volviésemos locos y compráramos viñas, como hacían muchos ricos. Nosotros hacíamos tele y sabíamos un poco de qué iba el asunto.

¿Si pudieras volver atrás firmarías, a sabiendas de lo que has sufrido, pero también de que has salido adelante?

— No, no, no... Que lo pasamos muy mal. Creo, sinceramente, que no nos merecíamos los años de sufrimiento que tuvimos. Siempre hemos tenido muy buenas intenciones, ganas de entretener a la gente y de pasárnoslo bien. Hemos sido buena gente y creo que lo seguimos siendo. No somos sospechosos, no estamos en círculos de poder... No tenemos este perfil. No movemos la cola: hacemos programas. Y cuando estábamos en el tramo más negro del túnel pensaba... ¿esto por qué? Pero esto provocó una rabia en mí que me hizo concentrar en lo que sabía. Y queda un poco demasiado poético decirlo, pero la comedia me salvó.

Andreu Buenafuente en una fotografía de juventud.

No debía ser fácil hacer humor mientras caían bombas y los bancos reclamaban las cuotas.

— En los momentos más jodidos en mi cabeza había dos habitaciones. En una solo quedaba un tío tocando el violín, porque esto se iba a la mierda. En la otra había la luz de los focos. Yo ya no pasaba por el despacho, porque cada vez que entraba recibía una mala noticia. Y, en cambio, entraba en el plató y había 400 personas a las once de la noche, aplaudiendo y riendo. Sencillamente, me quedé con la luz. Por supervivencia, claro, ¿qué querías que hiciera? ¿Que me quedara en casa, ay, ay, ay, qué mierda todo? Y esta actitud tuvo premio, porque vino la oferta de Movistar. Si yo hubiera parado y me hubiera encerrado en mi cortijo con el rifle, la botellita de whisky y el porrito de marihuana nos habríamos ido a la mierda.

Por mucho que disfrutases en el plató, son años duros también en el programa. Cuando estás en Antena 3 consigues superar el Crónicas marcianas, pero la cadena te desplaza a La Sexta, con pocos medios y a menudo a horas muy intempestives.

— Pero no querría ser desagradecido. Yo reivindico el agradecimiento. Piensa que hay una época en la que yo no cobro, de tan bajo que era el presupuesto. Lo importante era estar ahí, como los cocineros que dicen que tienen que abrir el restaurante como sea, porque hay que estar en el mercado.

¿Cuánto tiempo no cobraste?

— Dos años. Me dicen: si cobras tú, con lo poco que nos pagan... Y yo renuncié a cobrar y pienso que lo tengo que decir. Es un tramo muy difícil, con el barco a punto de naufragar. Y ya en el segundo año pedí a El Terrat si me podían pagar algo, ni que fuera simbólico, solo por el efecto psicológico de ver que a final de mes te entra una nómina. Claro, ellos alucinaban de verme reclamar esto con la boca pequeña: "¡Pero si eres el jefe...!" Es entonces cuando nos enteramos que Movistar monta el canal #0 y se lo decimos: ¿queréis un gran show como los que hacíamos antes? Y va y dicen que sí. Recuerdo pensar: se deben de haber equivocado.

¿Un programa casi artesano como el vuestro ya sólo tiene sentido en la televisión de pago?

— Seguramente. Soy mal analista de televisión. Hago mi programa, pero no la veo mucho y a menudo no la entiendo. Que sí, que tengo una productora, pero sobre todo tengo gente muy buena que sabe hacer los productos a medida. Y tengo suerte de poder hacer estos programas de autor, dicho sea sin pretensiones, y de poderlo hacer desde el 1995. Ahora, también me he tenido que vender, claro. Y oír cómo me decían: eres el mejor haciendo late shows, Andreu, pero no tenemos presupuesto.

¿Esto en TV3, por ejemplo?

— Sí, en TV3 y en otros lugares.

¿Volverías a TV3?

— Si hay producto, sí. No tengo ningún problema. Propuse dos cosas. Una era un programa semanal, pero me dijeron que no había presupuesto. Yo en broma le dije al director: ¡pero si todavía no te he explicado el programa! Él se puso a reír, pero entonces me di cuenta de que la crisis iba de verdad. Vanidades aparte, o vanidades incluidas, a mí me ha ido muy bien en TV3. Ni que sea el primer programa, la gente lo mirará, pensaba... Bueno, supongo que no había presupuesto y no había ganas. Y lo respeté. Con la segunda cosa quedé más tocado. Hicimos ese especial del Punset, que salió muy bien. Aquello era una perla de formato. Una gran personalidad invitada, un monólogo a medida, una entrevista profunda... Veía claramente diez programas, con Serrat, Barceló, Adrià... Pero la directora de la televisión, Mònica Terribas, me dijo que no había un duro. Y salí de la cena pensando: esto va de verdad.

¿Hay que refundar TV3?

— Hostia... esto se me escapa. No sé si refundar, porque me dirán "¿pero tú qué te has creído?". Pero sí que tengo una añoranza, como protagonista y como usuario, de esa época en la que TV3 marcaba una pauta audiovisual en España.

Has ejercido de catalán que vive en Madrid en pleno Procés. ¿De dónde te han caído más collejas, de aquí o de ahí?

— He recibido de todas partes. Yo las entiendo, las collejas. Y las enmarco en un momento histórico sin precedentes, lleno de agitación y polarización. Pero yo intenté seguir haciendo mi camino a través de la comedia. No soy tan importante como para marcar una base sobre qué tenemos que hacer en Catalunyua. Todo es muy complejo, con muchas capas... ya hago bastante haciendo programas. Han sido los años más difíciles de mi carrera, claro.

¿La cadena estaba nerviosa?

— Sí, por supuesto. Les dije: el oficio nos pone un espejo y tenemos que mirarnos en este espejo y explicar lo que pasa, filtrado por la comedia. Y quiero subrayar el valor de los equipos. He tenido siempre guionistas maravillosos, muchos de ellos catalanes, que han sabido bajar la pelota al terreno del sentido común y de la comedia. Y esto es dificilísimo.

Toni Soler, Toni Clapés, Jordi Évole... La capacidad de El Terrat para captar talento es evidente, pero no sé si falla a la hora de retenerlo.

— He aprendido que el talento no se puede retener si no se quiere quedar. Tú lo potencias, lo trabajas, te ganas la vida con él de manera mutua... pero después los caminos se separan. Primero sí pensaba en un mundo ideal donde iríamos todo juntos en el autobús durante 45 años, pero esto es imposible. Te tienes que quedar con los tramos vividos. Todo el mundo tiene aspiraciones, al final.

No sé si hablas de David Broncano, que debe de estar muy codiciado.

— Tiene una proyección brutal, y quizás algún día querrá hacer cosas por separado. ¿Pero qué puedes hacer? Lo que tienes que tener es una relación honesta a todos los niveles y si se separan los caminos, pues poder tomarnos una cerveza al cabo de unos años. Cuando se va uno, pues que entren dos.

El equipo de los inicios de El Terrat.

Esta Casa Terrat que preparas no sé si tiene que ver con este trabajo de prospector de talento.

— Es el proyecto que, sin desmerecer los otros, me hace más ilusión. Es el más personal. Me ayuda todo el mundo y es Terrat cien por cien. Cerramos oficinas, porque ya no tienen sentido. Nunca lo tuvieron: ver a cómicos en despachos siempre ha sido un poco raro. Pero la pandemia me ha hecho pensar en que no queremos una sede clásica sino un espacio que se pueda abrir hacia fuera. Devolver a Barcelona y a Catalunya todo lo que me dieron en los orígenes, a riesgo de ser cursi. Se podrán hacer podcasts, un ciclo de comedia constante, porque habrá una salita, televisión de pequeño formato. Tiene que ser un lugar de encuentro, para experimentar y para ganarse la vida... Está en una fase de pruebas para hacer el lanzamiento en septiembre.

La ficción está de moda. ¿Os marca un camino de futuro?

— Nos apuntamos, sí. Con algunos matices, tenemos la suerte de tener un entorno propicio. Los grandes operadores tienen ganas de hacer cosas. Ahora lanzamos la serie de Bob Pop, Maricón perdido. Berto Romero está con el nuevo proyecto, que tiene muy buena pinta... Y tenemos algunos más en marcha. Tenemos que hacer pocas y buenas. Queremos trasladar este talante nuestro del entretenimiento a la ficción: una buena idea tratada con cariño y respetando la autoría.

¿Te preocupa que los gigantes como Netflix, HBO y Amazon dicten unas normas que estrangulen las singularidades como El Terrat?

— No me preocupa, pero me ocupa. No tenemos que ver a los operadores como enemigos. Ahora bien, les tenemos que pedir, y aquí coincidimos todos productores, una relación respetuosa, adulta y equilibrada. Que no nos quedemos como unos residuales que damos unos contenidos, sino que podamos sacar la cabeza y hacer cosas que nos permitan mantener nuestra dignidad creativa. Filmin tiene mucho que decir, pienso: es un operador local con vocación mundial. Le tenemos que apoyar, que hace diez años que están remando.

¿La compra de El Terrat por parte de Mediapro tiene algún inconveniente?

— Pues mira, todo son ventajas. Hace un año te habría dicho "Estoy preocupado, a ver cómo sale"... Pero dejar de sufrir por la parte económica y centrarme en la creativa... pues mira, creo que me lo merecía. Y pienso que estamos ante el mejor año de los últimos quince o veinte de El Terrat.

La entrevista se titula Los primeros 30. Esto hace pensar que piensas en Los segundos 30. Tú tendrás 85 años, entonces.

— Me ha animado ver que Anthony Hopkins ha ganado un Oscar a los 83 años. ¡Es mi objetivo [ríe]! No sé qué puede pasar, pero creo que estaré dando por saco muchos años. ¡Así que preparaos!

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